La noche ha sido tranquila pero la mañana está lejos del típico patrón de calma chicha y esplendidez; muy al contrario, el cielo está parcialmente nublado pero lo peor no son las nubes sino la sensación de que algo feo va a pasar: viento, frío y ambiente general de inquietud.

Siguiendo ese pequeño crescendo de las travesías alpinas, lo que viene a continuación va un poco más allá que las ocasiones anteriores: ya no se trata de subir y bajar ni de subir, crestear un poco y bajar; en esta ocasión, hay que coronar Searle Pass y caminar 5 kms. por las alturas hasta enlazar con Kokomo Pass y empezar a descender desde ahí. La franja horaria es perfecta: primera de la mañana, el mejor tramo del día en las montañas de Colorado, pero el tiempo hoy parece más el de media tarde y, según veo las nubes más bajas empezar a cubrir picos, siento que no las tengo todas conmigo.

Echo un vistazo a los diques pero esta vez no aparece el castor. Aún así, me despido de él y salgo rápidamente para arriba.

Lleva poco rato alcanzar el límite del bosque, del que emerjo para encontrarme en la cabecera del valle que he estado remontando desde media tarde de ayer, un amplio circo sin cubeta glacial pero con el sabor de la alta montaña, cuando los árboles quedan atrás y sólo un último escalón te separa de saber qué hay al otro lado. Searle Pass está en la pared de la izquierda y un par de cómodos zig-zags me dejan en su cima.

Searle Pass es un collado situado sobre una cresta transversal a Elk Ridge, la cordillera principal de dirección norte-sur que me separa del siguiente valle troncal, por lo que, por el momento, sigo en la vertiente este, a pesar de haber coronado. El CT recorre la base de Elk Ridge hasta encontrar un punto “débil” en Kokomo Pass, por donde empezará a descender hacia el lado oeste. Desde este primer collado, veo las nubes cubrir Eagle Ridge y descender hacia el pequeño rellano por el que debo pasar, con lo que me preocupa especialmente comprobar si el sendero está bien marcado; puede no estarlo, en estas zonas tan altas. Por el momento, es una traza mucho más tenue de lo habitual pero fácil de seguir y, además, hay postes de más de medio metro de altura de cuando en cuando que supongo que tendrán su mayor razón de ser cuando la nieve se empiece a hacer fuerte, allá por octubre.

La niebla cubre Elk Ridge

El lugar es muy bonito y me voy tranquilizando según veo que las nubes no parecen progresar más ladera abajo y hasta se retiran parcialmente de lo que ya habían ocupado, dejándome paso libre, a pesar de que el tiempo sigue muy revuelto pero, finalmente, tendré mi travesía para disfrutarla, no para padecerla.

Si bien las Rocosas en Colorado no tienen mucha población ni una densidad de infraestructuras como es habitual en las montañas europeas, hay un buen número de vías de comunicación y estaciones recreativas cuya presencia es bastante intrusiva pero sólo puede haber una cosa aún más molesta y capaz de llevar engendros urbanos aún más lejos (o, desde el punto de vista desde el sendero, más cerca): ¡las minas! Colorado fue un emporio minero en el pasado, hoy mayormente sustituído en su función económica por la industria turística pero las huellas de aquel entonces siguen presentes. En el valle que aún tengo a los pies, y a lo largo de la última carretera que crucé ayer, se distinguen enormes desmontes y extrañas estructuras de pinta muy poco natural que, según el mapa, son temas mineros pero eso, al menos, está lejos, allí abajo… lo que me deja de piedra es que, en medio de la ladera y a relativamente poca distancia de mí, veo ¡un camión!!! que se mueve, y todo… y esto ya me deja bastante planchado. Estaba yo disfrutando de mi pequeñez y mascando mis temores escénicos en un ambiente de alta montaña y me encuentro con un camión maniobrando a menos de medio km… en el mapa, veo la red de pistas que cubre la zona, claramente asociada a los filones de mineral y me ha tocado el rato en el que el camión se ha subido por la más alta para recordarme lo cerca que estoy del mundo urbano. Pues vaya…

No puedo evitar pensar que el Colorado Trail no acaba de despegar. Promete pero no cumple del todo. Seguiré esperando.

Corto descenso para alcanzar Kokomo Pass y cambiar definitivamente de vertiente; otra cordillera que queda atrás en el viaje hacia el oeste que mayormente sigue el CT desde Denver. A partir de aquí, la dirección general cambia significativamente y apunta principalmente al sur pero antes hay que descender de Elk Ridge. Tampoco ahí abajo espero escapar del asfalto pero esta vez, al menos, es el mío: el próximo valle está recorrido por una carretera, la que lleva a Tennessee Pass y, más allá, a Leadville; y, antes de todo eso, en la zona amplia donde el valle se remansa, Camp Hale, hoy ruinoso recuerdo de lo que en su momento fue un mega-campamento militar. Colorado era el lugar donde mandaban a la gente a entrenar para condiciones duras, en analogía a lo que sucede hoy día con los deportistas, que acuden aquí para su entrenamiento en altura. Colorado, donde los valles están a 3000 metros.

El CT inicia el descenso desde Kokomo Pass

Hoy es el día en el que, por fin, haré caso a la llamada de la civilización y, como suele suceder en estos casos, empiezo a sentir cierta urgencia por llegar pero aún quedan muchos kms. y bastantes horas. Es cuesta abajo pero no es tan sencillo como dejarse caer. Todo ha ido mucho mejor desde que, a partir del cuarto día, mi cuerpo ha empezado a funcionar mejor y ha desaparecido el malestar que me tenía tan físicamente doblado como moralmente tocado pero, aún así, han sido unos días duros, con muchas millas de por medio y mucho esfuerzo puesto en la tarea. Me merezco un descanso y estoy listo para ello.

Es, quizá, por todo esto que el descenso discurre sin mucha gloria ni pena, aunque el entorno es bonito pero me sigue faltando esa sensación de implicación íntima con la naturaleza que tanto echo de menos; siquiera porque eso es lo que vengo a buscar a Norteamérica. Nuevamente, camino hacia el rollo humano.

Al poco de empezar a bajar y junto a los primeros árboles, hay alguien acampado y, por las pintas, parece que usa un simple toldo, lo que me hace sentir cierta conexión inmediata pero queda un poco apartado del sendero y supongo que no era buena idea ir hacia allí para decir hola así que sigo adelante, quedándome con la duda de qué tipo de senderista sería y echando un poco de menos ese ambiente tan sutil pero especial del PCT, donde este tipo de encuentros eran tan comunes y cualquier desconocido era inmediatamente tu hermano de sendero.

El mal tiempo no termina de progresar y, hacia mediodía, la cosa, a base de mantenerse estacionaria, ya se va pareciendo a lo habitual a estas alturas del día. Como ayer, no llega llover aunque sí caen algunas gotas en los momentos más oscuros. Una vez dentro del bosque protector, ya me da más igual.

El descenso culmina en el fondo plano de un ensanchamiento del valle. Es aquí donde, en algún momento del pasado siglo, cuando las fotos aún eran en blanco y negro, a alguien se le ocurrió aprovechar la explanada resultante y la elevada altitud para construir ese campamento militar que llamaron Camp Hale. Entre otras lindezas, desviaron el curso del río, destruyendo los meandros que había formado y que siempre resultan en un paisaje tan bonito. Poco más que ese destrozo queda hoy día de Camp Hale: un par de pistas amplias y, además, abiertas para vehículos a motor y una hilera de ruinosos cubículos de hormigón que uno no sabe si eran celdas de habitación o de castigo… me asomo a uno y pienso que no me metería ahí aunque empezara a llover, pensamiento nada trivial habida cuenta que podría ponerse a hacerlo en cualquier momento.

Mi valle desemboca seguidamente en el valle principal por donde discurren la carretera 24 y una vía de tren. Tennessee Pass está aún a unos cuantos kms. al sur, lo que evidencia que no todo el resto del día iba a ser cuesta abajo; ahora, hay que subir de nuevo. No es que la cuesta sea dura pero es el momento en que el cansancio psicológico empieza a superar al físico y me cuesta convencerme a mí mismo de que necesito un esfuerzo más y, sobre todo, un poco de paciencia; la jornada aún no ha acabado.

Aún así, maldigo un poco el itinerario del CT, que me lleva a subir por la ladera un desnivel que sé que luego voy a tener que perder parcialmente… subir “pa ná”… sí, ya sé, un sentimiento no muy montañero pero me temo que sí muy humano cuando cuerpo y (sobre todo) mente están empezando a decir basta.

El valle se amplía un poco, se allana, se divide en dos y el perfil plano propicia que los cursos de agua se remansen en multitud de estanques y zonas cenagosas que me recuerdan mucho a los páramos de las tierras altas de Escocia. La carretera se mantiene ahí, como presencia extraña, pero tiene muy poco tráfico y el sendero evita casi siempre acercarse a ella. Lo del poco tráfico es, en este caso, un problema potencial pero ya resolveremos eso más adelante…

Panoramas hacia la cabecera del valle

Tennessee Pass está en la divisoria continental, que aquí toma una inusual dirección este/oeste. Fue en Georgia Pass, dos días atrás, cuando por primera vez cambié de lado, al oeste, y en Tennessee Pass vuelvo al lado este. Esto es así porque el río Arkansas, que nace aquí (en el valle de al lado, más concretamente… pero luego se juntan ambos) fluye hacia el sur, acaba encontrando su paso hacia el mar por el lado de oriente y vierte al Atlántico.

Tennessee Pass es, por fin, el final de mi primera etapa en el Colorado Trail. Cuando doy mis últimos pasos, siento la expectación propia de ese ya típico momento en el que extender el dedo en el arcén de algún collado. Siempre es un episodio interesante y parte integrante del viaje; especialmente, en Norteamérica.

Tennessee Pass. Continental Divide

Para mi sorpresa, tengo compañía: un señor mayor con pinta inconfundiblemente senderista, barba y todo, ejemplo perfecto de ese eslabón perdido entre montañero e indigente del que yo mismo tampoco ando nada lejos. Ni siquiera recuerdo su nombre y, probablemente, ni se lo pregunté pero sobra decir que teníamos mucho de que hablar. Según me cuenta, también está haciendo el CT completo aunque con un plan diferente al mío. Éste es uno de esos personajes que se toman el senderismo casi como forma de vida, no tiene más límite temporal en su viaje que el de las propias estaciones climáticas y, literalmente, vive en el sendero, a fondo perdido y sin más meta que disfrutar de la experiencia. Yo también vivo en el sendero pero mis objetivos son algo más concretos y mi marco, más rígido. Esto condiciona mucho, entre otras cosas, nuestra experiencia en civilización: yo procuro “bajar” poco y, cuando lo hago, tomarlo como unas pequeñas “vacaciones” con, al menos, una noche que me permita recargar pilas (nunca mejor dicho, por todo lo que como…). El señor barbas, en cambio, según me cuenta, visita pueblos más a menudo, sin un plan, cuando se cruza con una carretera y siente que le apetece una hamburguesa… baja al pueblo, se come la hamburguesa y se vuelve al sendero inmediatamente. en Leadville, espera hacer la colada, darse una ducha y comerse la hamburguesa para regresar a Tennessee Pass esa misma tarde.

– ¿te importa que haga dedo aquí mismo?
– no, qué va… en realidad, es más fácil que nos lleven si somos dos…

Pues es verdad, parece que un autostopista solitario siempre da más desconfianza… pero supongo que tenía que preguntar, siquiera por cortesía.

El caso es que parece que traigo suerte porque el señor barbas llevaba ya un buen rato sin éxito y, a pesar del poco tráfico, a poco de llegar yo, bingo, coche que para. Como suele ser en estos casos, una señora local (no por lo de señora, que eso da igual, sino por lo de local) que conoce el CT y sabe qué somos. Leadville está lejos (9 millas o 15 kms.) pero es casi lo primero que hay según se baja desde Tennessee Pass así que cualquier coche va a ir ahí.

La conductora es una entrañable señora de pasado hippie y presente bastante hippie también, que vive en Leadville y da buenas noticias para todos: para el señor barbas, que existe su sitio perfecto, una lavandería donde también puede tomar una ducha y con la hamburguesería al lado. Para mí, que conoce a los dueños del albergue y que es un sitio muy agradable. Nos da un paseo por la calle principal y hace una primera parada en la oficina postal para ir dejando carga: me bajo yo y me despido de ambos.

Es la primera vez en este viaje que entro en la oficina postal y, como toda primera vez, me siento raro. Quizá porque, después de 6 días, no estoy muy pulcro pero, como de costumbre, nadie me mira mal; a fin de cuentas, esto es un pueblo entre las montañas, no debo ser el único mochilero desaliñado de la temporada. Recuerdo cómo, en el PCT, esto de entrar a la oficina postal era ya parte del ritual y ya hasta me sabía dónde estaban los estantes con los sobres y cuáles eran los que me venían mejor; ahora, tengo que volver a empezar y ya no estoy tan fluído… ¿Express, Priority…??? ah, sí, la declaración de contenidos… “Used guidebook pages & maps” es lo que solía poner siempre y lo que pongo ahora. Me pregunto si alguien se lo lee y si se imagina el porqué de tal envío…

Liberado de varias toneladas de papel, salgo a la calle y compruebo que está a punto de ponerse a llover. Pregunto por el albergue y, según alcanzo la calle principal, efectivamente, se pone a llover. Muy fuerte, con truenos y todo. Esto me recuerda mucho al viaje en la HRP, donde las dos tormentas más gordas de toda la ruta me pillaron en Candanchú y Salardú, desde donde contemplé sendos diluvios universales bajo un conveniente tejadillo. Aquí, en Leadville, no avisto todavía el albergue pero paso por delante de una tienda de montaña y recuerdo que me vendría bien encontrar una válvula nueva para sustituir a la que me mordisquearon los ratones así que veo el momento perfecto y voy para dentro. Fuera, se desata el infierno.

La tienda está muy bien, como suele ser en USA… súper-amplia y muy bien ordenada y surtida. No tienen mi válvula pero hay otra de otra marca que tiene el mismo diámetro y sirve igual. Cuando termino de curiosear cosas que ahora no puedo comprar, aún llueve y espero un rato más en el vestíbulo hasta que la cosa degenera en un chispeo suave y la mayor parte del agua corre ahora por el suelo, donde las bocas de las alcantarillas no dan abasto.

Menos mal que he esperado a que amaine porque el albergue está en la anteúltima punta del pueblo y habría llegado hecho una sopa o dos. Ya desde su web, The Leadville Hostel aparece como un sitio acogedor y amiguillo donde los senderistas mugrosos son especialmente bienvenidos y tengo la prueba nada más llegar; según me acerco a la puerta, un coche que iba a arrancar abre la puerta y aparece Bill, uno de los dueños, preguntando-afirmando lo obvio: “te vas a quedar aquí…” y Andy, que trabaja en el albergue e iba con él, aborta su viaje para acompañarme adentro y encargarse de hacerme sitio y ponerme en antecedentes. Parece ser que he llegado en el peor momento posible pero parece también que, en este sitio, no hay momento malo para acoger a otro más. Resulta que este fin de semana (hoy es viernes) tiene lugar la ultramaratón de Leadville, de la que había oído hablar pero no recordaba las fechas… y el albergue está lleno de ultramaratonianos y groupies varios (familiares, amigos…) pero me proporcionan una cama que está milagrosamente libre debido a alguna cancelación y la seguridad de que, sea como sea, no me voy a quedar fuera.

The Leadville Hostel

El albergue está lleno, de gente y de un cierto ambiente eléctrico ante el evento: 100 millas (160 kms.) en un límite de 30 horas, buena parte de ello por senderos de montaña que incluyen secciones del CT que yo mismo recorreré en los próximos días. Salen mañana, sábado, de madrugada y tienen como límite las 10.00 h. de la mañana del domingo para completar el recorrido. Me da la impresión de que soy el único inquilino no relacionado, directa o indirectamente, con la carrera y eso me coloca en una cierta posición de outsider que tiene su punto curioso… la gente no me hace mucho caso porque tienen la mente en otro sitio hasta que alguien quiere desconectar de tanta ultramaratón y se encuentra con que hay alguien con una historia diferente que contar.

Para mí también resulta interesante ser parte del momento; comparto habitación con varios de los participantes y puedo compartir, a su vez, lo que significa una prueba de estas. Nunca me ha gustado la competición y menos en la montaña pero les veo tan ilusionados que casi me dan ganas de hacer un paréntesis en el viaje y correr con ellos… uno hasta me lo sugiere, “la forma física, seguro que la tienes…” Pues no sé yo…

Por lo que no les envidio en absoluto es por el tiempo endiablado que les va a tocar sufrir: el cielo está negro y, a ratos, llueve, graniza, truena… y, con el frío que hace, me temo que, arriba, en las montañas, mucho de esto puede ser nieve. De hecho, yo estoy un poco acojonado, como suele ser normal en mí, por otra parte, ante la perspectiva de continuar mañana, como es mi plan, y me ayuda ver que estos están tan felices, concentrados en su carrera y sin darle demasiada importancia a “un poco de nieve”.

Uno de mis compas de habitación es nepalí y dice, así, tan tranquilo, que mejor que nieve; que, como él está acostumbrado a la nieve, le puede hasta dar ventaja sobre los demás. Qué monstruo…

A la hora que es, no me da tiempo más que a adecentarme (que no es poco… esa barba de una semana requiere segadora) y llegar a tiempo de la cena comunitaria en el propio albergue. Lasagna, all you can eat… le advierto a Bill que llevo 6 días por el monte y que me temo que conmigo no van a hacer mucho negocio.

Acogedor salón en el albergue

Los de la carrera tienen que mega-madrugar y se van a dormir enseguida. Yo sé que tengo que salir mañana (después de comer) pero me da respeto el tiempo y ahora vienen los Sawatch, la gran cordillera del centro de Colorado. Difiero mi decisión hasta mañana para darme tiempo a ver cómo evoluciona la cosa.

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