Inicio: Glen Ling
Fin: Glen Coulin
Distancia: 32 km

Glen Ling

En la vida urbana, me gusta la lluvia, me gusta ese tiempo que la ortodoxia etiqueta como “malo”. Me gusta, entre otras cosas, porque pone un poco de adversidad en nuestra acomodada vida donde parece que todo da igual, climatológicamente hablando.

En el aire libre, y cuando espero ser autónomo, acepto la lluvia o el “mal” tiempo con más o menos buen humor.

En Escocia, las dificultades climatológicas me aplastan. Parece que no lo puedo evitar.

“Mal” tiempo

Por la mañana, el tiempo es -permítaseme el juicio de valor- malo. Es la combinación habitual, de libro: cielo gris oscuro, viento frío, lluvia intermitente. En las highlands, hay pocos entornos que ayuden a sentirse cómodo en estas circunstancias y Glen Ling no es uno de ellos: tiene algunos árboles, bastante raquíticos, pero están todos en la margen izquierda del río; en la derecha, donde estoy, sólo se encuentra la típica desolación, en su peor versión, porque ni siquiera es especialmente atractivo o evocador: colinas peladas, páramos inexpresivos.

Recojo rápido, aprovechando un momento en que no llueve, aunque la frontera entre llover y no hacerlo es un tanto difusa. Todo parece mojado, o frío, o ambas cosas. Como mi ánimo.

La parte que sí me ayuda en el plano emocional es que el terreno a continuación no puede ser más sencillo: pendiente suave, desnivel escaso, una traza que seguir… y, una vez arriba, la ladera del otro lado está cubierta de bosque y la ruta va por una pista amplia para bajar a Loch Carron y la carretera 890.

El bosque es la típica plantación de coníferas abigarradas, poco atractiva y menos acogedora pero, al contrario de lo que me había indicado el granjero de ayer tarde, hay terreno seco y relativamente agradable para acampar. Habría estado mejor aquí que abajo, en el glen, donde he estado mucho más expuesto al viento.

La bajada es fácil: una buena pista, el abrigo del bosque y hasta con señales en los cruces. Esto ya ni parece Escocia… salvo por el tiempo, ese sí que no descansa. A mitad de descenso, empieza a llover. Saco el paraguas con resignación. Justo entonces, me cruzo con una persona que sube: va en bici y lleva una mochila con un piolet en el porta-material. El tipo debe estar aprovechando la pista y la bici para hacer la aproximación a las montañas, aunque no hay grandes picos en esta zona pero algo de hielo habrá… el caso es que el ciclista le echa moral: ni siquiera va muy abrigado y, además del frío, como siga lloviendo, se va a poner fino. Lo mejor es que no parece preocupado. Le envidio un poco pero sé que yo puedo ser -emocionalmente- como él: depende de mí. El problema no es la lluvia; el problema soy yo.

Loch Carron

Loch Carron es otro loch marino. Es muy amplio, quizá no tanto por su anchura como porque las montañas que lo flanquean son menores. Lleva una carretera en cada orilla y una vía de tren acompaña a la del lado sur. Dicho así, parecería un gran corredor de comunicaciones pero no es para tanto: el tren es de vía única y las carreteras tienen tramos mono-carril. Sólo hay una población a la vista que merezca tal nombre; el resto, casas aisladas. Con todo, Loch Carron es una de esas islas de habitación humana en el por lo demás mayormente vacío panorama de la costa oeste escocesa. Hay trozos de bosque y prados drenados en las cotas bajas, en un entorno general de orografía relativamente amable. Esto me hace sentirme protegido y me da ánimos, al mismo tiempo que me obliga a vivir con la contradicción de venir a Escocia a disfrutar de la naturaleza y alegrarme de estar cerca de la civilización. Porca miseria

Loch Carron

El tiempo, a todo esto, está más revuelto que malo. Deja de llover y hasta aparece algún claro; al rato, surge desde el oeste -esa cuna de todos los males meteorológicos- una masa gris compacta que lo ocupa todo: baja la temperatura, se levanta viento y vuelve a llover. Y así.

Éste es uno de los pocos tramos en los que la ruta aparece descrita sobre una carretera. Según la guía que sigo, buscar un itinerario por el monte habría obligado a un rodeo considerable para poder cruzar el río Carron aguas arriba y, total, la carretera tiene muy poco tráfico. La ruta resulta, así, de un trazado mucho más lógico.

Tras dos kms. de asfalto, paso al lado de un café y me meto para adentro.

Tiempo muerto

Tenía la mente puesta otro par de kms. más allá, en el hotel de Strathcarron, donde esperaba hacer una parada para reflexionar y, ya que estaba, comer algo pero pienso que más vale bareto en mano y que éste me servirá igual. Fue así a medias: era un café pintón y resultó un poco frugal para el hambre que llevaba. Para reflexionar sí que me sirvió, así como para ver entrar y salir clientes motorizados que me producían una sensación extrañísima, como si fueran de otro planeta aunque, sin duda, el marciano, en todo caso, era yo.

The Carron Restaurant

Repaso mentalmente los próximos pasos: varios kms. de carretera, sin problemas, hasta la base de las montañas de Torridon. Después, un buen sendero, fácil de seguir, en zona montañosa no demasiado expuesta, para bajar a un valle relativamente protegido. ¡No tengo razones para sentirme depre! Y, quizá, eso es lo peor: que no tengo razones objetivas para no estar animado pero el hecho es que no lo estoy.

Cuando salgo del café, es como si hubiera cambiado de dimensión: ¡hace sol! Cielo azul con algunas nubes residuales estilo Simpsons. No hay apenas viento y hasta hace algo así como calor. Las montañas de Torridon parecen una postal, cumbre nevada y todo. La luz es espectacular, todo brilla.

¿Todo?

¡No!

Mi ánimo sigue bajo. Quizá necesita tiempo, quizá es consecuencia de una sensación de derrota moral. Es fácil sentirse a gusto ahora que hace bueno y camino por terreno fácil pero eso lo doy por supuesto. El reto era otro.

River Carron y las montañas de Torridon

Remontar Glen Carron está chupado: no sólo hace buen tiempo; además, es por la carretera. 12 kms. hasta Achnashellach, donde hay una estación de tren. Nuevamente, esto parecería un pedazo de corredor de comunicaciones pero nada más lejos: la carretera es de las de un solo carril ¡para los dos sentidos! y apenas tiene tráfico y la linea de tren es tan discretita que casi cuesta darse cuenta de que está ahí.

Torridon

Las montañas de Torridon son el ambiente más alpino que he encontrado hasta la fecha en este viaje: paredes de roca y una especie de valle de altura estilo anfiteatro rocoso en lugar del típico valle glacial. Además, un sendero de calidad super-extra, construido para drenar bien el agua, ¡todo un lujo! Incluso a esta ya tardía hora, aún queda algo de tráfico senderista; está claro que es un destino popular. La luz sigue siendo espectacular.

Escocia inédita: cielo azul y buenos senderos

El descenso hacia Glen Coulin es suave y ofrece vistas amplísimas hacia el norte. Casi pareciera que la vista puede abarcar todo el ancho de la isla -de la Gran Bretaña- y, seguramente, no le falte mucho. Grupos de montañas con faldón nevado ponen el punto postal a un fondo de cielos azules.

Beinn Eighe

Camino en paz conmigo mismo, sin prisa, disfrutando del momento. El único gusto amargo es que se han tenido que dar condiciones realmente ideales (buen tiempo, buen sendero…) para llegar a este punto emocional. Aún tengo mucho que mejorar en este aspecto.

Glen Coulin es precioso y la luz especial de un atardecer luminoso lo hace aún mejor. Hay numerosos grupos de pinos caledonios, el río es amplio y espléndido, como lo es el valle también. En tal ambiente acampo y todo es estupendo.

Campamento en Glen Coulin

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