Inicio: Shenavall
Fin: Ullapool
Distancia: 20 km

Ahora explico lo de esta foto…

Después de lo de ayer, y por primera vez en lo que va de viaje, me lo voy a tomar con calma. Necesito un descanso, tanto físico como mental. Ni aunque hiciera sol me estaría levantando a las 6 para salir a caminar a las 7 pero es que, además, el pronóstico para hoy es de más frío y lluvia… o así era ayer, ¡vaya ud. a saber cómo amanece! Espero cualquier cosa desde medio metro de nieve hasta cielo azul.

El descanso tiene mucho, muchísimo de mental. La paliza física de ayer se arregla enseguida con comida y descanso (y he tenido de ambos) pero mentalmente no me puedo permitir seguir adelante como si nada. Sería como si el esfuerzo del día anterior no hubiera tenido ningún significado… durante varias horas, caminé como pude y uno de los pensamientos que me daba fuerza para continuar era llegar a Shenavall, guarecerme allí y estar el tiempo que hiciera falta. Ahora, necesito cumplir esa última parte para que la próxima vez que me auto-prometa algo pueda creérmelo.

Fuera, hay relativa calma. No ha nevado. El cielo sigue gris aunque menos oscuro.

La cámara sigue sin funcionar. La única forma de que vuelva al mundo de los vivos es secarla pero en este ambiente tan húmedo va a ser difícil. Necesito proporcionarle calor y la única fuente de calor que tengo es el hornillo así que monto un “andamio” para poner el objeto al calor pero no al fuego. No sé si funcionará pero me divierto un rato.

El resto, está todo bien, aunque la ropa sigue mojada. Aprovecho que no llueve para tenderla fuera.

Shenavall, a todo esto, es un lugar precioso: en el borde de una gran explanada, confluencia de dos valles, con un gran loch aguas abajo y enfrente de un pequeño grupo de montañas de perfiles notablemente alpinos. Todo ello, al más puro estilo inhóspito escocés, intimidante y evocador. El teléfono era sólo para emergencias pero ésta es una; siento la falta de calidad de la foto pero no hay más:

Shenavall y Beinn Dearg Mor

No habrá más fotos por hoy.

El nublado se aclara y hasta hay un momento en que se cuela un poco de sol. No dura mucho pero da moral. Entre esto y el aire, la ropa tendida casi se ha secado.

Adelante

A media mañana, ya no me quedan razones objetivas para seguir en el bothy y, aunque un tanto a rastras, decido salir. Una parte de mí desearía que el tiempo fuera horroroso para tener, así, la excusa perfecta para quedarme en Shenavall un ratito más… con tiempo sólo regular, permanecer aquí sería alta traición. Lo tengo claro.

Uno de los premios que gané ayer es la paz mental de haber completado todo lo más difícil y saber que lo que viene a continuación no debería serlo: todo por camino, luego pista, para bajar a Dundonnel y la carretera de Little Loch Broom. Con los caminos, en Escocia, nunca se sabe y, efectivamente, éste se vuelve borroso en cuanto alcanza zonas de páramos pero avanzo confiado en que mi trayectoria terminará encontrándose con la pista que va por otro lado. Y así es.

Mientras, se vuelve a poner oscuro. No me sorprendo de nada pero me pesa. Al menos, consigo llegar a la carretera justo antes de que se ponga a llover de verdad.

Dundonnell

Veo un cartelito junto a una casa y me acerco esperando que sea un café. Lo deseo de verdad, señal clara de que estoy para muy pocos trotes. Se trata de venta de artesanía, no hay café en el que meterse, pero noto que algunos árboles del lugar mantienen seco el suelo debajo así que me acurruco allí, relativamente cómodo, para descansar y comer algo. Es ya mediodía. Hace frío y llueve pero bajo los árboles me encuentro bien y, en cierto modo, me alegro de que no haya habido un local en el que resguardarme. Me alegra ver que no era estrictamente necesario.

Sale una señora de la casa que se interesa por mi viaje y me cuenta que el siguiente tramo cuenta con buen camino, lo que agradezco: hay que cruzar una zona alta y expuesta para cambiar de valle.

Según recojo, la señora vuelve a salir; esta vez, con un café y unos trozos de bizcocho. Acabo de terminar de comer pero siempre hay sitio para un postre, que me sienta estupendamente, tanto por el calor del café como el de mi improvisada anfitriona.

Este tipo de gestos me levantan mucho el ánimo. Compruebo, una vez más, cómo el estado mental es tan, tan importante, ¡es lo único que ha cambiado en este último rato! porque la lluvia y el frío siguen igual; y, sin embargo, mi sensación ahora es mucho mejor.

El poder de las emociones

La lectura es inmediata: si consiguiera gestionar adecuadamente mis emociones, sería mucho más fuerte. Sería una herramienta potentísima. Estoy trabajando en ello.

La travesía entre este valle y el siguiente no es larga ni hay que subir muy alto pero sí hay que atravesar una amplia zona de páramo sin referencias, con lo que la existencia de un sendero fácil de seguir es importante. Más aún cuando, haciendo caso al frío reinante, la lluvia se empieza a transformar en nieve y todo se empieza a poner blanco.

Es curioso lo que en esta parte del mundo entienden por “un buen sendero”… lo era en la subida pero, una vez en los páramos, la traza se empieza a diluir hasta que, entre ello y la nieve, hace falta ir pendiente. La ruta no tiene mucha pérdida, sólo hay que cruzar toda esta planicie hasta llegar al borde del talud y volver a bajar, pero no deja de ser un poco tenso encontrarte aquí arriba, en un ambiente desolado sin horizontes, mientras nieva y te sientes como si fueras el único ser humano en todas las highlands…

El plan es poco ambicioso: bajar a Glen More y buscar allí un sitio cómodo para acampar. El glen es el principal núcleo habitado de la zona, con lo que el reto será buscar un lugar discreto. Podría evitar el valle pero, tal como sigue el tiempo, valoro mucho la protección que ofrece, tanto por la orografía como por los trozos de bosque que he visto en el mapa y que ahora, cuando llego al inicio del descenso, puedo ir identificando in situ.

Catorce kilómetros al norte está Ullapool, la población más grande de las highlands noroccidentales y prácticamente la única de toda la ruta con la entidad suficiente para tener algunos servicios. Visitar Ullapool es una opción que requiere un cierto desvío sobre la línea ideal y, lo que es peor, los catorce kilómetros de carretera. A priori, tenía dudas sobre si visitaría Ullapool o no pero ahora lo tengo claro; tengo la excusa perfecta: es el único sitio donde tengo esperanzas de poder encontrar una cámara de fotos que sustituya a la que ha dejado de funcionar. Espero llegar allí mañana.

Glen More lleva ya el calificativo “strath”, lo que lo define como un valle amplio, de fondo plano, lo que, unido a su altitud casi nula, lo hace un buen lugar para cultivos. Llego al valle a la altura de un mini-pueblo que es, más bien, una granja sobredimensionada. Reconforta encontrarse entre árboles de buen porte y haber dejado atrás los páramos pelados.

Cambio de planes

Es entonces cuando tengo una visión: llegar a Ullapool ¡hoy! Es tarde pero, aquí y en esta época, los días son muy largos y, total, si se me hace de noche, tampoco tiene mayor importancia, sería prácticamente al llegar… la barrera es el esfuerzo físico que costaría, contando con todos los kilómetros y horas que llevo ya encima y el desgaste que suponen el frío y la lluvia. Sé que va a ser una paliza y que, durante el trayecto, me arrepentiré varias veces pero, por otro lado, veo las ventajas: podré pasar la noche en el albergue y, a la mañana siguiente, buscar una cámara nueva y continuar adelante sin apenas penalización de tiempo. Será el espaldarazo definitivo a mi ajustado plan: si consigo llegar a Ullapool en el día 7, el cabo Wrath será una realidad al alcance.

Me resulta curiosa la claridad con la que, tan de repente, lo veo. Hasta hace unos minutos, sólo pensaba en llegar abajo, buscar un hueco y descansar; ahora, tengo un plan: ambicioso en lo físico, sencillo en lo técnico, pero radicalmente diferente de lo que daba por hecho hasta hace nada.

Lo veo tan claro que, a pesar de que sigue lloviendo, paso de largo de una pequeña marquesina de parada de bus que me habría venido estupendamente para quitarme la mochila un rato y descansar, tanto física como psicológicamente, pero ahora tengo una misión y, aunque sé que no aprovechar esa ocasión para parar es un error, lo cometo.

Tentaciones

Camino parapetado bajo el paraguas, relativamente cómodo, por el borde de una carretera que no tiene mucho tráfico para estándares occidentales pero sí para lo habitual en esta región. O sea, que hay tráfico. Paso junto a un Bed&Breakfast y no dudo; paso junto a un B&B que tiene también albergue y ya me lo pienso más… pero la convicción con la que había decidido llegar a Ullapool puede más que la lógica y sigo adelante sin parar. Es el plan: sin parar para no dudar.

Quedarán menos de 10 kms. cuando una camioneta se para delante de mí. El tipo que asoma la cabeza dice “no está el tiempo como para ir caminando por ahí… ¿te llevo?”

Esto ya es demasiado. En ocasiones anteriores y circunstancias similares he dicho siempre que no a una oferta así, por tentadora que pudiera ser, al grito de ¡el viaje es el viaje! y no se pervierte… pero supongo que todo el mundo tiene un precio. Echo la mochila en la parte de atrás y me monto, disculpándome ante mi benefactor por el charco que le voy a dejar y ante mis principios por la flagrante traición. A la mierda.

En unos minutos, estamos en Ullapool. Lo que me hubiera costado un par de horas y mucho esfuerzo, ventilado en un instante. El señor de la camioneta me deja delante del albergue y hasta me indica dónde ir a cenar para una mejor experiencia que, a pesar del final de jornada motorizado, me he ganado.

Es curioso: en esta ocasión, la claudicación ha sido física, no mental. Mentalmente, lo tenía claro, no tenía dudas. El reto era mucho más mundano que en otras ocasiones, estrictamente físico, aunque es cierto que la cabeza también juega, en estos casos, un papel importante para sostener al cuerpo. Lo habría hecho, sé que podía, y quizá eso me desmotivó a luchar por ello.

Ullapool

Por primera vez en todo el viaje, dispongo de civilización a todo lujo: albergue, cama, ducha y cena de plato y mantel. Momentos de estos son de relax infinito. Es un premio. Mañana volveré al sendero y, quién sabe, volveré a mojarme, a pasar frío, a tener dudas… pero, en todo caso, será mañana. Hoy, ya está hecho todo lo que había que hacer y puedo sentarme a reflexionar sobre lo pasado. La cerveza sabe mejor que nunca.

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