Inicio: Loch a Garbh-bhaid Beag
Fin: Strathchailleach
Distancia: 26 km

Pasar la noche ahí fuera tiene un efecto reparador. Encontrarse con una mañana tranquila y de tiempo acogedor invita a sentirse bien. Es una de las mejores sensaciones del viaje a pie. Te despiertas porque sí, porque ya es el momento. Compruebas que la terrible oscuridad no era tan terrible y que nada castastrófico ha sucedido; muy al contrario, todo sigue en su sitio, tal cual estaba ayer, y el nuevo día invita a caminar y seguir viaje.

No importa cuántas veces haga esto, la sensación es recurrente y es siempre igual de potente.

Ya no va a haber más montañas en lo que queda de viaje, no hay ninguna entre Arkle y Cape Wrath. Esto es ya la fase final de la ruta, el tramo imprescindible para llegar al cabo, el último empujón para, siguiendo la línea de costa, llegar al fin del mundo.Va a ser una sección muy especial.

El tiempo, por fin, es estable y, además, lo parece. Hace frío pero no mucho viento, está mayormente despejado y ¡hace sol! La ruta de las próximas horas no puede ser más sencilla: por la carretera. Los autores de la guía se disculpan tímidamente por ello pero razonan la decisión: es la carretera o el páramo pelado, inexpresivo y fangoso. “Quien quiera, que lo intente…” dicen… así, en bajito, reconozco que me alegro de tener una buena excusa para ir por la carretera sin remordimientos.

Voy a sonar como un disco rallado pero es que es una sensación recurrente: me queda poca energía emocional para afrontar el resto del viaje. Ni siquiera en las condiciones más ideales posibles -las de hoy- me siento animado y si sigo adelante es por inercia y porque ya queda poco.

El proceso es muy interesante: hubiera esperado que, pasadas las dificultades y con casi todo hecho, me hubiera sentido como en un paseo triunfal pero no es así. O no van por ahí las cosas hasta que algo me saque del atolladero.

Tras 11 días de viaje, madrugar a lo bestia ya no es madrugar, es lo natural. El tramo que queda hasta Rhiconich -próximo enclave habitado- es ya por un senderito y tardo muy poco en llegar a la carretera. Allí, el ambiente es nuevo y evocador: colinas parcialmente verdes gracias a los prados drenados, granjas y hasta algún grupo de árboles, todo ello en torno a loch Inchard, agua salada. La orografía de la Gran Bretaña se va suavizando según se acerca a su final.

Loch Inchard, con luz. Arkle y Ben Stack, al fondo

Rhiconich es el hotel y cuatro casas más. La carretera principal se dirige a Durness por el interior y la de la costa es un callejón sin salida de 11 kms. que constituirán la primera parte del camino de hoy.

La tarea no puede ser más sencilla así que aparco mi agotamiento moral y me centro en disfrutar del paseo.

No hay poblaciones pero sí casas dispersas a lo largo de la carretera. Sólo Kinlochbervie es un pueblo de verdad y, curiosamente, resulta sorprendentemente grande, hasta tiene un par de tiendas. También un cierto aire de última frontera.

Kinlochbervie

Pasado Kinlochbervie, la carretera ya bordea el mar abierto. Más granjas con sus prados y fin del asfalto en Blairmore.

Últimos confines habitados del noroeste

La carretera da paso a una pista, 6 kms. en la popular ruta que lleva hasta Sandwood. La progresión sigue siendo sencilla, la pista es amplia y de piso seco y el ambiente es más acogedor para caminar que en la carretera: aquí, ya sólo quedan caminantes. Y un buen número, para los estándares locales, aunque ya es media tarde y me les encuentro de vuelta. Mientras, el tiempo no se ha aguantado más y se ha empezado a torcer: viento frío y cobertura continua de nubes oscuras. Eso y la típica sensación de inestabilidad que todo lo llena. No es una situación difícil, objetivamente, en absoluto, pero es suficiente para cortar el pequeño hilo que me mantenía emocionalmente equilibrado. Ya no lo estoy.

Sandwood es un lugar muy especial: es el primer lugar donde, por fin, la ruta a Cape Wrath se encuentra con el mar abierto y es, además, una espectacular playa. Una playa de verdad, con dunas y su vegetación asociada, además del toque escocés de tener un hermoso loch de agua dulce a escasos metros del océano de agua salada. Una playa auténtica y no uno de esos engendros semi-urbanos en los que hemos convertido la mayoría de las playas de la tierra media.

Espectacular Sandwood

Ver la playa es una cosa; pisarla, otra. Atravesando el cordón de dunas, los pies se empiezan a hundir en la arena, que amenaza la línea de flotación de las zapatillas… pues ¡fuera zapatillas!

Arena de playa. Al fondo, el océano

El cambio de tercio es un tanto desconcertante, en el buen sentido de la expresión: estar pisando arena fina no es lo que el cerebro tenía en la programación. Resulta muy curioso.

La zona inter-mareal es muy amplia y perfecta para caminar. Esto no es un desvío: la ruta a Cape Wrath pasa por la playa de Sandwood.

Las únicas pisadas desde la última marea

La otra parte que hace de Sandwood una playa de verdad es que está vacía -de gente. Hay alguna otra figurita humana visible a lo lejos pero, prácticamente, es toda para mí. Es una sensación muy especial. Me presento ante el océano.

Tocando Atlántico

Cape Wrath ya está al alcance. Desde Sandwood, es menos de una jornada de camino. Eso significa que ya puedo plantearme plantar campamento en cualquier momento y la opción es inmediata: ¡en Sandwood!, ¿no?

Pues no. El miedo escénico se ha instalado en mí y el lugar, con todo lo bonito que es, no me resulta acogedor. Desde la distancia y el tiempo, yo tampoco me lo explico pero sí recuerdo que, aquel día, allí, percibía el sitio desapacible y no quería siquiera plantearme acampar allí, al margen de lo fácil o difícil que pudiera ser encontrar suelo sólido o abrigo del viento; es que no quería ni planteármelo. Prefería seguir adelante y buscar algo menos expuesto o, directamente, ir a la opción segura: el bothy en Strathchailleag.

En cierto modo, es una ruina tener este tipo de opciones por la tentación que suponen y por que, en la práctica, pueden implicar una cierta renuncia pero hoy ni siquiera me siento ni medio mal por ello, lo tengo clarísimo. Me siento intimidado por el lugar, llevo días estándolo y cada vez me pesa más. Acepto mi derrota moral y voy por el bothy.

Desde Sandwood, ya no hay senderos aunque la orientación no debería ser problema porque hay un “pasamanos” inequívoco: el mar. Basta con seguir la costa para llegar al cabo aunque luego, en la práctica, no suele ser tan sencillo porque no se trata de caminar junto al agua sino a lo largo de una línea que pasa sobre colinas costeras y por encima de acantilados. No siempre el mar es visible, siquiera. El territorio entre Sandwood y Cape Wrath es un lugar remoto y aislado. Sandwood es un vínculo visual con un lugar conocido y cuando, por fin, desaparece de la vista, siento cierto desamparo. Ya sólo queda mirar hacia delante.

El tipo de terreno que habrá que pisar es una incógnita, ¿será tan pantanoso como de costumbre? Por el momento, parece que no y es un alivio. Se camina mucho mejor por terreno sólido. Es como si la tierra que está junto al mar necesitara ser más sólida que el resto para, precisamente, contener al mar y mantenerse íntegra… Strathchailleag está tierra adentro, requiere un desvío de un par de kilómetros y, al alejarme de la franja costera, no tardo nada en volver a encontrar terreno cenagoso, como de costumbre. Lo doy por bien empleado; hoy, todo por un techo.

La guía habla de una excelente turbera en Strathchailleag, por la que paso y compruebo que la turba superficial está mucho más seca de lo que es habitual. El bothy tiene una carretilla, palas de las gordas y varios montones de turba puestos a secar bajo un tejadillo, evidencia, todo ello, de que la turba es, efectivamente, utilizada para la chimenea. No me veo yo intentando encender lo que, a todos los efectos, es un trozo de barro seco.

El bothy, una vez más, está vacío. La entrada no es tan dramática como en otras ocasiones pero el tiempo es lo suficientemente desapacible -oscuro, frío y ventoso- como para agradecer sinceramente estar dentro. El lugar no es espectacular, aquí ya no hay montañas, sólo colinas pardas, pero está tan apartado del mundo como de costumbre. Será un excelente sitio para pasar la última noche antes de llegar al cabo.

Strathchailleag

Cuando ya estoy listo para acabar el día solo con mis pensamientos, aparece otro viajero. Robert es de la zona y me contará cosas interesantísimas sobre la región. Entre otras, el uso de la turba como combustible. La chimenea encendida, además de dar calor, crea ambiente y consumiremos unos buenos pedazos del barro seco para acompañar una agradable conversación.

El más curioso efecto será la recarga anímica. Me encuentro mucho mejor. Como tantas otras veces, será el contacto con otras personas un factor clave en el viaje en solitario.

Turba en la chimenea

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