Inicio: Byrness
Fin: Hen Hole
Distancia: 31 km

Entre Byrness y Kirk Yetholm, final de viaje, El Pennine Way deja definitivamente de ser Penino y recorre otras montañas: los montes Cheviot son quizá lo más parecido a una cadena montañosa “de verdad” que se puede encontrar a lo largo de esta ruta. No dejan de ser poco más que colinas romas en alineación simple pero la orografía es un pelín más compleja que a lo largo de los montes Peninos. Hay más “ambiente”.

La ruta recore la cresta de los Cheviots durante bastantes kilómetros, en la típica disyuntiva de los viajes por sitios muy humanizados: la cresta es el mejor sitio en el que estar pero también el más expuesto. Si el tiempo se tuerce, el viaje también.

La literatura avisa repetidamente: búscate una ventana de buen tiempo para atravesar los Cheviots. Si no, prepárate para un mal rato.

El pronóstico no es bueno pero tampoco catastrófico, o no lo suficiente como para dejar correr un día. Podría hacerlo pero me parece anticlimático. Salgo pronto, con tiempo frío y cielos plomizos pero, por el momento, sin lluvia.

Primeros y últimos claros del día

La subida es pronunciada y eso quiere decir que también es corta. Enseguida te coloca en la cresta y, una vez ahí, no hay mucho que pensar. El terreno es sencillo y agradable para caminar, sin ciénagas, sin grandes desniveles, con panoramas amplios. No hay apenas camino pero, mientras haya visibilidad, eso no es problema. El tiempo se deteriora y hace frío pero aún no llueve.

The Cheviots crest

Camino en un estado de calma tensa, por lo que pueda pasar. Si el tiempo se aguanta así, todo irá bien pero está a un soplo de ponerse feo de verdad. La inestabilidad es evidente, hace un frío del carajo, viento, el nublado es sombrío. Calma tensa.

Se puede completar la travesía de los Cheviots en un solo día pero no necesito hacerlo –me sobra tiempo– y me apetece acampar por ahí. Así como en Inglaterra, teóricamente, no se puede, en Escocia sí. La cresta de los montes Cheviot es la frontera entre dos mundos, la acampada libre y la acampada prisionera, así que, aunque acampe del lado inglés, será sólo por unos metros y seguro que a ninguna autoridad le importa. El plan es acampar por ahí.

Por si acaso, hay dos refugios a lo largo de los Cheviots, estratégicamente situados a 1/3 y 2/3 de travesía. Son dos cabañitas minúsculas pero hacen la importante función de dar abrigo del mal tiempo en un recorrido sin apenas abrigos naturales. Llevo ya un buen rato pensando en la cabaña situada en Yearning Saddle y en lo bien que me va a sentar meterme ahí un rato, reponer fuerzas y, sobre todo, sentirme protegido. Aunque sólo sea un rato.

Yearning Saddle Hut, un bienvenido respiro

Me paso un buen rato en el refugio. Me resulta un auténtico alivio. Allí me encuentro con dos de los viajeros que conocí ayer y me llama la atención lo bien integrados que les encuentro con el ambiente. Son ingleses así que supongo que para ellos esto es la normalidad. Yo estoy más que acostumbrado a afrontar tiempo difícil pero para mí no es “la normalidad”. No es lo mismo; espero que se entienda el matiz.

Quizá también influya el hecho de que, para ellos, la jornada tiene menos incertidumbre porque, a mitad de cresta, planean bajar al valle para que les recoja un vehículo que les llevará de vuelta al alojamiento de anoche. Un tanto anticlimático, en mi idea del viaje, pero una buena solución para quien no quiera llevar material de acampada o hacer una jornada muy larga. El caso es que les veo tan felices mientras yo estoy un tanto angustiado cuando, por fin, afronto el hecho de que tengo que salir ahí fuera otra vez.

Y no del todo sin razón: el tiempo empeora y la lluvia no tarda en llegar. Menos mal que me pilla ya en marcha… es difícil sentirse cómodo en estas condiciones y recurro a la estrategia “death march”: agachar la cabeza y seguir adelante como sea. No es tan dramático como la expresión pueda hacer parecer; es, más bien, lo que digo al principio: que es difícil sentirse cómodo. Toca resignación.

Tiempo sombrío en los Cheviots

Según llueve, el mundo visible se convierte en nube. La niebla puede empezar a complicar la orientación en el momento en que el camino no sea evidente sobre el suelo.

Con el pie derecho en Inglaterra y el izquierdo en Escocia, llego al collado que es, aproximadamente, el punto medio de los Cheviots y donde esperaba acampar. El lugar es de lo más inhóspito en un día como el de hoy pero tengo plan B y hasta plan C.

El B consistiría en acercarme a la mancha de bosque plantado que hay del lado inglés. No sería un campamento idílico pero al menos estaría resguardado.

El C implicaría aceptar que acampar en esta zona y condiciones no es apetecible, habiendo alternativas; una vez más, la tiranía de las alternativas: si no las tienes, no las echas de menos (y acampas); si las tienes, a ver cómo les dices que no… en este caso, se trataría de seguir adelante, ascender las faldas de The Cheviot (el monte más alto del lugar) y empezar a descender, esperando que, mientras, el tiempo mejore o… recurrir al segundo refugio.

La idea del refugio es tentadora, aunque sea tan pequeñín y austero como el otro pero, como sucedía a mediodía –más aún ahora, si cabe– el abrigo que ofrece tiene valor incalculable. Por otra parte, ascender a setecientos y pico en este ambiente no es nada halagüeño. No se va a ver un carajo. ¿Habrá sendero?

Me paro en el collado; miro a la derecha, hacia el bosque, y me imagino acampado allí. Miro al frente y me imagino metiéndome en la nube. No puedo estar mucho rato parado porque me congelo. Decido ir por el que, en ese momento, me parece el camino fácil: continuar.

Cruzo dedos para que camino sea apreciable sobre el terreno porque ahí enfrente sólo hay una mancha gris. Da igual que la ruta vaya por una cresta, eso no garantiza nada: no hay relieve. Me alegro especialmente cuando reaparecen las losas:

Losas y nieblas, viejas compañeras de ruta, de vuelta

Me voy tranquilizando según veo que el camino va a ser fácil de seguir aunque la visibilidad sea escasa. Bastará con poder verse los pies.

Llego al punto más alto. Hay un desvío de un par de kms. para ascender The Cheviot, emblemática cumbre de la cordillera, pero hoy me iba a dar igual, sólo iba a ver 20 metros a mi alrededor, así que tengo claro que sigo adelante y ya, por fin, para abajo. Descenso abrupto: es, seguramente, el tramo más empinado de todo el Pennine Way.

Según bajo, voy saliendo de la parte más gorda de la niebla. Una vez fuera, el panorama mejora mucho: ya no llueve, hay más luz y sólo quedan el frío y el viento como agentes de la autoridad.

Descender para salir de la niebla

La nueva iluminación permite apreciar panoramas montañeros prácticamente inéditos hasta ahora: crestas y valles en varias direcciones.

Lo más montañoso y remoto del Pennine Way

Hen Hole hut está en un collado nada más descender The Cheviot. Es aún más minimalista que el refugio anterior: igual de pequeño pero sin el mini-porche. Para cuando llego allí, el panorama ha mejorado mucho respecto a la fase lluviosa pero sigue haciendo frío y viento así que me siento legitimado para meterme dentro y no querer salir más.

Hen Hole Hut

El interior no está pensado para pasar la noche: el banco corrido no tiene anchura suficiente así que no queda más remedio que irse al suelo. No es la forma más gloriosa de pasar la última pernocta de la ruta, lo sé… algunas veces, me permito coger el camino fácil.

No pongo flash y me sale la foto borrosa pero sea por el documento…

Es casi una tradición que todo viaje debe tener su moménto de épica. El Pennine Way no parecía muy propicio, teniendo siempre la civilización tan cerca, pero, por mal tiempo, desde luego, no será… hoy he pasado un rato delicado; por el tiempo y, sobre todo, por mi miedo escénico.

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