Inicio: Crowden
Fin: Mankinholes
Distancia: 41 km

El tiempo luminoso acostumbra a durar poco en la Gran Bretaña: el día 2 amanece gris, húmedo y frío. La introducción no-traumática al sendero ha durado una jornada y no hay más tiempo para trámites de “sólo caminar”. Hay que empezar a disfrutar del paquete completo.

Niebla en el ascenso a Black Hill. Enlosado útil por partida doble

Tras la estrecha zona de transición en Crowden, la siguiente gran colina es Black Hill. El nombre representa bien la desolación del paisaje. Además del gris y el frío, una vez fuera del valle, hace un viento de mil demonios. Para completar el cuadro, me envuelve la niebla. Se puede estar en pleno centro de Inglaterra y sentirse uno pequeño y vulnerable. Eso está muy bien.

Por suerte, una vez encaramado a los páramos, el sendero está casi completamente enlosado y la orientación no es problema.

Black Hill. Otra cima que no lo parece: con niebla, menos aún

Una vez comprobado que la traza es fácil de seguir, me relajo y me adapto mejor al tiempo desapacible. Descendiendo de Black Hill, salgo de la niebla, el viento amaina y el ambiente es algo más acogedor.

La parte central del día discurre a lo largo de páramos de baja altitud. Hasta tres carreteras locales tengo que cruzar, varios pequeños embalses y hasta un pub de carretera próximo en el que consigo no entrar. Aún no me lo he ganado.

El ruido de la M62 llega antes de que aparezca a la vista, escondida en su zanja entre dos colinas. No es una visión agradable pero, al menos, es fácil de cruzar por un puente peatonal ex-profeso. Será la única autopista que tenga que ver en todo el viaje.

La M62 comunica ambos lados del norte de Inglaterra y éste es su gran collado

El día se aclara mientras bordeo un poco de roca (todo un acontecimiento, en esta región) en Blackstone Edge. Aiggin Stone tiene el encanto de lo antiguo en lo que era un ancestral paso en la ruta este-oeste. Yo sigo hacia el norte.

The Aiggin Stone, marcando el camino desde épocas medievales

Antes de comenzar la ruta, me creía indestructible. Hacia el final del día 2, me empiezo a sentir un despojo. Estoy muy cansado y no sé por qué aunque uno de los elementos que se me está empezando a hacer inaguantable es el viento. En el cruce de la siguiente carretera de “altura”, hay un pub y esta vez sí que me lo he ganado: me meto dentro.

La Casa Blanca, pub de carretera

El objetivo principal era un abrigo momentáneo del viento. No podía más con él.

Me temo que no era tanto el propio viento como un raro cansancio que no era muscular sino vital. Me sienta muy bien tomarme algo caliente pero, cuando vuelvo a salir fuera, todo sigue igual.

Resultado: me arrastro como puedo por un tramo de Pennine Way que no puede ser más sencillo y, al mismo tiempo, me resulta pesado y difícil.

Mankinholes cuenta con albergue y una granja en la que acampar. Deben ser dos de las aproximadamente 15 casas del pequeño núcleo, visible entre la bruma en medio de otro mosaico de prados verdes.

Mankinholes

Mankinholes, in-situ

El lugar es un encanto. Todo él de piedra. Salvo por los inevitables detalles modernos del asfalto y algún coche aparcado, me transporta a otro tiempo.

No sé si acampar o ir al albergue y decido meterme en lo primero que encuentre. Secretamente, o a voces, deseo que aparezca antes el albergue porque me encuentro fatal. No parece que un pueblín tan pequeño vaya a tener tal establecimiento pero, efectivamente, una de las casonas de piedra oscura era un albergue.

Mankinholes Youth Hostel

Es domingo y no había nadie allí hasta que llegué yo. Lo atienden una pareja de jubilados encantadores que acaban de trasladarse allí y se alegran visiblemente de tener clientela cuando ya no esperaban a nadie esa noche.

Todo a secar y airear: típico maremagnum senderista

Estoy tan, tan cansado que me cuesta hasta moverme. Me pregunto si no me estaré poniendo enfermo pero prefiero pensar que es sólo cansancio y que no era tan indestructible. O que necesito unos pocos días más para coger ritmo. Fijaos si estaba cansado que renuncié a ir a cenar al pub que había en el pueblo de al lado… ¡eran menos de 10 minutos a pie! y me habría sentado fenomenal pero estaba tan desactivado que ni lo dudé, preferí mi insulsa pero aún alimenticia cena sin salir del albergue. Caí redondo.

Reflexión frente al techo de la tienda

Hacer cuarenta kilómetros del tirón no era tan fácil como anticipaba. Al menos, no para empezar. Tendré que ser más humilde.

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