Baldosas gigantes

Es la mejor interpretación que he encontrado para lo que en Inglaterra llaman Flagstones.

Nunca sabes cómo son de gruesas hasta que ves una fuera de sitio

En los páramos, el suelo está, habitualmente, enfangado. Es como pisar en una esponja gigante. No es que el agua se acumule aquí y allá, no… es que todo el suelo es así.

Si se tratara del norte de Escocia, no pasaría nada: que la gente pise por donde pueda. En el centro de Inglaterra, es diferente: hay tanta gente, tantos pares de suelas pisoteando el terreno que los senderos se convierten en un maremagnum barroso impracticable. Esto disuade de usar las rutas establecidas y provoca que el daño se extienda a las zonas de alrededor y, al final, a extensiones considerables.

La solución ha sido enlosar los senderos en las zonas de alta presión demográfica. Parece que ha funcionado muy bien.

Sé que suena mal pero, en la práctica, no queda feo. Se trata de colocar losas de piedra “natural” (no hormigón ni similares) de 70×50 cm, aproximadamente, en hilera. Su amplia área les permite “flotar” sobre el cenagal sin hundirse. Proporcionan una plataforma seca y estable sobre la que caminar, además de duradera.

Desde el punto de vista del caminante -el mío, al menos- provocan sentimientos encontrados: es mucho más cómodo y rápido caminar sobre las losas que sobre el fangal pero la experiencia es un pelín artificial y menos auténtica. Desde el punto de vista del medio ambiente, parece que no hay duda: las losas permiten mantener la posibilidad de uso senderista del entorno sin que esto signifique su deterioro. Han conseguido recuperar amplias zonas, devueltas a su estado original tras haber sufrido procesos de erosión catastróficos.

Aparte de esto, las losas marcan inequívocamente el camino mientras no las tape la nieve. En los episodios de visibilidad reducida, tan habituales en estas montañas, pueden convertirse en tus mejores amigas. Lo fueron, para mí.

Con niebla en el páramo, las losas pueden ser tus mejores amigas

Cruzar prados

En las zonas bajas, el territorio es un mosaico de prados vallados. Pequeñas parcelas separadas por clásicos muretes de piedra. No hay grandes extensiones diáfanas. Las rutas senderistas cruzan estas zonas, de forma que vas caminando junto a las ovejas que pastan. Muy bucólico todo pero, a veces, un poco infernal también: hace falta estar cruzando vallas constantemente y, paradójicamente, para tratarse de áreas peri-urbanas, la orientación puede convertirse en un problema.

Los prados, sus ovejas y sus vallas

Los cruces de vallas están todos muy bien apañados, de forma que son practicables para una persona pero no para una oveja. Los hay de muchos tipos pero lo más habitual es alguna versión del modelo escalones. Hay tantos y son tan frecuentes que a veces uno acaba un poco harto.

Cruzar prados tiene una dinámica que se aprende enseguida: no suele haber sendero visible en la densa hierba y el mapa no tiene el detalle suficiente para acertar por dónde ir así que la orientación es un de-valla-a-valla, consistente en que, pasada una, oteas en la dirección de la marcha para ver un posible paso en la siguiente. Con suerte, si está cercana y hay buena visibilidad, hasta intuyes la bellota blanca y ya tienes apañado ese tramo. Y, así, sucesivamente. A veces, es fácil y otras no tanto. Me “perdí” en bastantes ocasiones en el laberinto de los prados aunque siempre sin consecuencias.

Versión escalones