Viajar a pie

Caminar para viajar. El mundo a escala humana

Encuentros con la fauna

A lo largo de los años, me he encontrado con muchos animales, como es lógico. Algunos de los encuentros han sido muy especiales: por el animal, por las circunstancias o por la calidad del momento. Con todo, si tengo que elegir una ocasión de entre estas, tengo claro cuál es. Veréis por qué…

Fue en Yellowstone, EE.UU. El lugar concreto es lo de menos aunque tiene evidente influencia en el tipo de bicho. Estábamos recorriendo una ruta de 8 días por el cuadrante suroeste del parque. Era media tarde de un día seco y de mucho calor en una zona amplia de praderas que, en pleno agosto, amarilleaban cual campos de trigo castellanos, sumando a la sensación de bochorno.

En esas circunstancias, resultó especialmente bienvenido llegar a un arroyo. Nos sentamos a la orilla para descansar, refrescarnos y coger agua. Saqué el filtro, un antiguo filtro cerámico que usábamos por entonces, de los de bombear y, así, sentado junto al agua, empecé a llenar botellas. Era un momento relajado y muy agradable.

En esto, aparecieron aguas abajo dos alces. Uno pequeñito que no se separaba mucho del otro, el grande, con lo que era fácil interpretar que eran mamá alce y su peque. Venían caminando tranquilamente, parándose aquí y allá para inspeccionar cosas o yo qué sé qué cosa que hagan los alces. Parecía evidente que venían al arroyo.

No tuvimos que quedarnos quietos: ya lo estábamos, allí, sentados, junto al agua. Los alces nos vieron pero no demostraron ninguna emoción evidente. Es de esperar que se pusieran alerta (sobre todo, mamá alce) pero, de puertas afuera, se limitaron a mirar. Al cabo de unos segundos, no muchos, el alce grande desvió, por fin, la mirada y, continuando con su tónica parsimoniosa, siguió moviéndose hacia el arroyo. Había decidido que no éramos una amenaza.

Para entonces, yo había dejado de lado el filtro e, intentando moverme despacio y sin brusquedades, eché mano de la mochila, que tenía al lado, y de la cámara para hacer una foto:

Alces

En parte, odié hacerlo. Hubiera sido ideal quedarme contemplando. Mejor aún, hubiera sido ideal continuar con lo que estaba haciendo pero quise tener la maldita foto. A todo esto, perdón por la (falta de) calidad. Es un scan de un revelado en papel. Hace muchos años de esto.

Momentos-foto aparte, actuamos con naturalidad; procuramos no hacer nada que los animales pudieran interpretar como agresivo. Los alces parecían relajados: se acercaron al agua, bebieron, estuvieron husmeando en la hierba por los alrededores; se acercaron a sólo unos pocos metros de donde estábamos mientras seguían con su quehacer. Así, se fueron alejando hasta que, al cabo de un buen rato, desaparecieron entre los árboles.

Lo que hizo este encuentro tan especial no fue ver alces de cerca, que también, pero no; hubo algo mucho más importante y emotivo: normalmente, a los animales te los encuentras en una situación dinámica, mientras te mueves. Es la forma más sencilla de coincidir con ellos. Habitualmente, los animales nos evitan y no se van a acercar a personas… si las detectan. Los encuentros con fauna suelen llevar implícita la sorpresa (por ambas partes) cuando no, directamente, el susto. El bicho sale corriendo todo lo deprisa que puede y ahí se acaba la historia.

Aquella vez, no. Aquella vez, nosotros estábamos quietos, sentados, en silencio, haciendo nuestras cosas. Los alces aparecieron por allí tranquilamente, haciendo las suyas. Ambos, alces y humanos, éramos animales que nos habíamos acercado a un arroyo para beber. La situación fue tan natural que no hubo ni susto ni siquiera sorpresa y todo el mundo entendió que allí no había nada que temer; todo el mundo siguió con su quehacer. Bueno, nosotros no del todo… ya digo que dejé el agua y cogí la cámara pero no hicimos nada fuera de lo esperable por otro animal no enemigo y, probablemente, eso nos ayudó a no ser percibidos como una amenaza.

Jamás me he sentido tan integrado en el entorno natural como en aquella ocasión. Fue un momento muy especial que guardo en la memoria como un tesoro.

Os deseo muchos momentos de comunión con la naturaleza. Es una de las cosas más bonitas que, como animales y terrícolas que somos, nos pueden pasar. En el fondo, la naturaleza es nuestro hogar.

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2 Comentarios

  1. yo

    Uff, cuantos momentos desperdiciados por una (muchas veces mala) foto. Y ahora con los telefonitos pues peor.

    • Viajarapie

      A veces pasa, sí. Es cuestión de buscar el equilibrio entre una cosa y otra. Cada cual debe encontrar el suyo. En el caso de los alces, tuvimos varios minutos para estar con ellos y sólo hice un par de disparos. Ni siquiera era una cámara digital, no se podía gastar película sin más.

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