LugarParque nacional Gros Morne, Terranova
ÉpocaAgosto
Distancia35 km
Duración5 días

Terranova y, especialmente, sus montañas son un lugar tan remoto que hay muy pocos caminos y ni siquiera en pleno parque nacional abundan. La travesía Long Range toma su nombre de la cadena de montañas que recorre y es, sin duda, la estrella de las rutas senderistas del parque Gros Morne.

Western Brook Pond

Cuatro días a lo largo de la más pura naturaleza que el mundo occidental nos puede ofrecer. Por no haber, no hay ni senderos, ninguna broma en un terreno de atormentada climatología y vegetación impenetrable pero también de una belleza sublime, tan cercano a los paisajes subárticos propios de latitudes mucho más elevadas.

“En base a este mapa, dime hacia dónde está el monte Gros Morne…”. Estamos entre las cuatro paredes del centro de visitantes del Parque Nacional Gros Morne, en la costa occidental de Terranova y, desde aquí, claro está, no veo el dichoso monte. Casi me tiembla la mano cuando reproduzco la operación, básica y mil y una veces repetida, de tomar referencia, corregir declinación y anunciar, finalmente, que la montaña Gros Morne está, señalo, “por allí”.

El pequeño examen es parte de la entrevista con los empleados del parque en la que se aseguran de que dispones de los conocimientos y experiencia necesarios para afrontar con garantías una travesía de, al menos, cuatro días a lo largo de las mesetas de la cordillera Long Range. No hay ningún tipo de infraestructura, ni siquiera senderos; de ahí la importancia de un buen dominio de las técnicas de orientación.

Tampoco hay vuelta atrás, una vez empezado. Nuestra última conexión con la civilización se aleja navegando sobre las aguas del imponente Western Brook pond, el antiguo fiordo ahora convertido en lago, cuyas verticales paredes no nos dan opción: sólo podemos ir hacia adelante.

Las montañas Long Range, mundo verde y azul

Caminar por las montañas Long Range puede ser una experiencia tan gloriosa como terrible, como la naturaleza misma, hermosa y despiadada a la vez. No en vano es eso, precisamente, todo lo que vamos a encontrar: naturaleza, pura e inalterada; de verdad, no sólo como declaración de intenciones. Una disposición mental adecuada suele ser la clave para evitar cruzar la, a menudo, fina línea entre una y otra sensación. Se trata de saber afrontar con solvencia (y una sonrisa, que nunca viene mal) las previsibles dificultades: la más que probable lluvia, los molestos insectos o los ocasionales obstáculos en el avance. Especialmente, cuando el viaje no es el medio para llegar a sitio alguno sino un objetivo en sí mismo; cuando la recompensa no está al final sino durante.

Recompensa que encontramos en el sobrecogedor paisaje subártico, en el intenso verdor, en la infinita serie de lagos y cursos de agua, la mayoría de ellos sin nombre siquiera; en el fantástico despliegue de fauna, desde los esquivos osos hasta los enormes alces, pasando por manadas de caribús que revolotean, tímidos y curiosos a la vez, alrededor de nuestros ojos; en la hermosa simplicidad de la vida en ruta: caminar, acampar, alimentarse, dormir; levantar campamento y volver a caminar, siempre adelante.

Cuando, hacia el final del cuarto día, localizamos el comienzo de la pequeña senda que nos permitirá cruzar la impenetrable maraña vegetal que nos separa de los valles y del término de nuestra travesía, experimentamos los inevitables sentimientos encontrados de satisfacción por todo lo vivido y lástima ante el inminente final. Aún resta, sin embargo, levantar nuestra tienda una vez más junto al enésimo lago y una rúbrica: la ascensión, por un buen sendero ya, de la montaña Gros Morne, el Gran Sombrío, cima señera y emblemática del parque nacional; aquel cuya dirección nos pidieron identificar desde el centro de visitantes hace ahora, o eso nos parece, toda una eternidad.