En el verano de 2025, volví a Noruega para otro viaje de calidad. En esta ocasión, a la mitad sur, la parte gorda del país, para recorrer la divisoria de aguas, Norges Ryggrad. Empecé en Jotunheimen, la principal región montañosa, para seguir por Skarvheimen, Hardangervidda, las mesetas de Ryfylke y finalizar en la cabecera de Lysefjord, ya en la región de Stavanger.
Con este viaje, y juntándolo con viajes previos, casi he terminado de recorrer la longitud de Noruega, de la que sólo me faltarían los extremos norte y sur. En esta entrada, comento sobre los que, en restrospectiva, me han parecido los aspectos más destacados de haber caminado desde Jotunheimen hasta Lysefjord.
Plan ambicioso
A riesgo de volver a tropezar con la misma piedra o con el mismo troll, volví a planificar a lo grande o, por lo menos, lo que es grande para mí, léase, una media diaria por encima de los 30 km. Al contrario que en otras rutas previas por la región, esta vez no había mucha opción para un Plan B: una vez pasado el punto kilométrico 343 en el cruce con la carretera Haukelivegen, quedando aún 128 km más, no había mejor opción que seguir adelante.
Esto implicaba un reto interesante: tenía que llegar a ese punto con un colchón suficiente para sentirme seguro de continuar y no liarla. En Noruega, es relativamente sencillo que una combinación de terreno y meteo complicados fuercen retrasos. Siendo un viaje relativamente corto, de sólo dos semanas, fui a por todo desde el primer día y, especialmente, aproveché una ventana de tiempo estable y el terreno propicio de Hardangervidda para conseguir ese colchón. Había previsión de tiempo lluvioso para los últimos días pero lo vi posible.
Todo fue bien y llegué a Lysefjord a tiempo.
Un trato
El plan de ruta era demasiado redondo como para no intentarlo pero era consciente de que podía hacer del viaje algo más agónico de lo que me hubiera gustado. En algún momento, durante la planificación, empecé a usar la idea de que, para mantener mis opciones de completarlo, necesitaría que todo fuera bien. En ese «todo», incluía cualquier aspecto del viaje: meteo, potenciales obstáculos, posibles lesiones, rendimiento del material o adecuada toma de decisiones. Si todo eso iba bien, lo podría conseguir aunque aún haría falta trabajar duro.
En algún momento del propio viaje, empecé a formularlo como un trato entre yo y el universo: si todo iba bien, por la parte que me tocaba no iba a quedar. Eso implicaba trabajar mucho, mantener la calma y tomar buenas decisiones.
No iba a dirigirme a los elementos externos, sean la meteo, los fangales o las pedreras porque no me iban a escuchar pero sí que mantuve un diálogo fluído con mi equipo: pies, hombros o cuádriceps; mochila, zapatillas o bastones para pedirles que aguantaran hasta el final y no me la liaran. Todo el mundo respondió.
Sólo unos días después de volver a casa y durante una ruta corta en terreno fácil, me lesioné la rodilla izquierda1
La Divisoria
No es una divisoria de aguas muy evidente la de la mitad sur de Noruega porque, hacia uno de los dos lados, las montañas llegan prácticamente hasta el mar pero no deja de haber una línea de montañas y tierras altas desde las que el agua fluye hacia este u oeste. Tradicionalmente, una divisoria de aguas es terreno de primera para caminar.
Las gentes de Noruega han señalizado rutas en torno y a través de las montañas de su divisoria; yo me limito a seguirlas. Norges Ryggrad.
El enlace que no era obvio
La idea central de este viaje era cruzar Jotunheimen y Hardangervidda, montañas y mesetas que aún no había visitado, pero mi ventana temporal permitía y casi pedía ir más allá así que, sobre mapa, continué siguiendo senderos hacia el sur hasta que encontré un posible punto final atractivo y que parecía alcanzable. Durante la fase de planificación, no fui consciente de que estaba enlazando áreas que podían estar más lejos entre sí de lo que parecían estarlo físicamente.
Jotunheimen es una unidad evidente, también lo es Hardangervidda y unir ambas en una sola ruta parece natural. Cuando, durante la ruta, mencioné a otros montañeros que me fui cruzando que mi plan era llegar a Lysefjord, el comentario que recibía de vuelta era siempre sobre lo lejos que estaba eso. En retrospectiva, creo que era una distancia más emocional que física.
Pasado Hardangervidda, entré en lo que sentí como una etapa completamente diferente en el contexto del viaje, por una zona menos visitada en la que bajé a valles, toqué bosque y, ocasionalmente, incluso granjas. Ascender a las mesetas de Ryfylke fue como emerger en un nuevo mundo con un carácter propio y que parecía a una galaxia de distancia de lo que había dejado atrás.
Una vez en las tierras altas de Ryfylke, volví a encontrar tráfico senderista.
Noruega popular
De todos mis viajes por Noruega, éste ha sido en el que me he encontrado con más gente, tanto en los senderos como en los refugios, con mucha diferencia. No es que me haya cruzado con muchedumbres, salvo en la ruta Bessegen, en Jotunheimen, por la que pasé en una mañana de buen tiempo en sábado, pero esto fue una excepción.
Lo que en el fondo quiero decir es que el resto de mis viajes por Noruega habían sido muy solitarios y éste no lo ha sido tanto. Ya contaba con que Jotunheimen es popular pero el flujo regular de caminantes continuó en Skarvheimen, Hardangervidda, Haukelifjell e incluso Ryfylke. También me encontré con cierta frecuencia con gente acampada, algo muy poco frecuente en viajes previos.
Es muy posible que lo que comento en el siguiente punto tenga algo que ver.
Pies secos
De todos mis viajes por Noruega, éste ha sido el único en el que he mantenido los pies mayormente secos de principio a fin. Vistas las experiencias previas, partía de la idea de que los pies mojados es el estado natural y los ratos de pies secos, la excepción. No ha sido así esta vez.
Se me ocurren dos factores principales para este cambio de escenario: uno, que el terreno ha sido consistentemente elevado y rocoso pero es que no me he encontrado ni con la típica mini-drepresión a medio drenar e imposible de rodear tan común en viajes previos. Incluso las mesetas de Hardangervidda, mayormente llanas y con poca roca, tenían suelo firme y las pocas zonas fangosas que crucé estaban equipadas con tablones de madera, lo que me lleva al segundo factor, el mencionado más arriba de la relativa popularidad de la zona. No es que sea una serie de autopistas senderistas, los caminos siguen siendo austeros, pero sí que hay infraestructuras como puentes sobre prácticamente todos los ríos y los mencionados tablones en los fangales.
La lluvia, ella sola, puede encharcar completamente casi cualquier terreno, si cae lo suficiente, pero, también a diferencia de otras veces, éste no ha sido un viaje especialmente lluvioso.
Frío y seco
Grosso modo, las condiciones que me he encontrado en este viaje han sido las opuestas a las típicas del verano noruego de ocasiones previas, en las que el modelo fue templado y húmedo. Además, creo que puedo decir que éste ha sido el viaje de verano más frío que haya hecho junto quizá con la travesía de Islandia. No se ha tratado de frío profundo pero sí sostenido.
Ratos de frío ha habido siempre y es algo habitual en zonas de montaña pero esta vez ha sido diferente. Más allá del recuerdo que me haya quedado de las condiciones, hay un indicador objetivo en el uso que he hecho de la ropa. Elementos como un jersey de forro polar o los guantes son estándar en mi equipo porque sé que, cuando hacen falta, son clave pero, en la práctica, su tiempo de uso suele ser limitado. En la divisioria noruega, los he llevado puestos un porcentaje alto del tiempo.
Y digo «seco» en términos relativos a otros viajes en la región. En esta ocasión, sólo han sido lluviosos los cuatro últimos días e incluso entonces la lluvia no ha sido continua; al menos, durante el día.
En conjunto, han resultado las mejores condiciones de todas las rutas que he hecho por Noruega.
Fluír mejor, sufrir menos
Mis últimos viajes de larga distancia, en Noruega y otros sitios, habían compartido un rasgo que ya me empezaba a preocupar: la sensación de ir siempre con la lengua fuera, consecuencia de una mezcla de planes ambiciosos, condiciones difíciles y mis propias limitaciones. En 2025, tenía pinta de que iba a ser igual y, sin embargo, para mi sorpresa, este viaje ha ido mucho mejor en ese aspecto. Puedo ciertamente agradecérselo a las condiciones relativamente favorables que comento en el punto anterior y que sólo se pusieron difíciles en las últimas jornadas, cuando ya me podía permitir tomarlo con más calma, pero creo que también me lo tengo que agradecer a mí mismo. Me concentré en mantener la confianza y en tomar buenas decisiones y salió todo bien.
El mejor resultado del viaje fue no tanto llegar a donde quería sino mejorar el proceso que me llevó allí. Supuso mucho trabajo, qué menos, pero todo fluyó sin sobresaltos, lo que me dejó un sabor de boca muy bueno.








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