En la parte final del verano de 2024, caminé de St. Moritz a Zermatt a lo largo de los Alpes suizos/italianos. El contenido a continuación es una crónica de los tres últimos días de viaje, en los que mi ruta coincidió con la mitad norte del bucle conocido como Tour de Monte Rosa.
Desde el confort de mi litera en el refugio Oberto-Maroli, oía el viento aullar y me podía imaginar que el ambiente en el exterior no era acogedor pero lo que no esperaba es la escena invernal que me encontré al asomarme fuera:
Había nevado ligeramente durante la noche, la niebla era aún más densa que en la tarde anterior y el viento terminaba de redondear el panorama invernal. No era lo que esperaba, partiendo de un pronóstico meteo mayormente favorable que advertía de temperaturas frías pero cielos despejados y ningún evento importante. Será un fenómeno local en las cimas, pensé entonces, pero sólo eso podía ser suficiente para hacerme reconsiderar mis planes.
En capítulos previos, he comentado repetidamente cuánto me importaba completar ruta llegando a Zermatt y todo lo que había trabajado para, según progresaba el viaje, mantener ese objetivo dentro de lo posible. En el punto en el que estaba, en Monte Moro, y con tres días de camino por delante, Zermatt estaba a tiro. A la vista del terreno que me quedaba por recorrer, necesitaría una ventana de tiempo razonablemente bueno. Mi idea era recorrer la mitad sur de la ruta conocida como Tour de Monte Rosa y llegar a Zermatt vía la divisoria alpina a través del paso Teodulo, de 3295 m de altitud.
Nunca me había gustado la idea de dejar para las últimas horas de ruta el punto más elevado y, potencialmente, más delicado de todo el viaje, teniendo en cuenta que, a continuación, había que volver a casa, pero no preveía problemas mientras la meteo no fuera muy rigurosa. Lo malo era que, en caso de problemas, corría serio riesgo de quedarme atascado sin ninguna alternativa viable para llegar a Zurich a tiempo de coger mi vuelo de vuelta.
La buena noticia es que la alternativa más viable estaba en el paso del Monte Moro, a 10 minutos de mi refugio. En lugar de bajar hacia el lado italiano y recorrer la mitad sur del Tour de Monte Rosa en sentido horario, podía desandar el último tramo del día anterior, bajar hacia Suiza y llegar a Zermatt por la mitad norte del bucle sin necesidad de cruzar ningún otro paso elevado. El propio guarda del refugio me recomienda esta opción mientras monta la mesa para el que será, por gran diferencia, el mejor desayuno de todo el viaje.
El cambio de planes no es catastrófico pero me disgusta. La nueva opción es una distancia similar y, según me comenta el guarda del refugio, de mejor calidad paisajística pero no es lo que yo quería hacer y soy consciente de que me estoy echando atrás por precaución. Es lo mejor, me digo, pero no lo más emocionante.
Volveré al lado suizo, bajaré al Saastal y llegaré a Zermatt sin salir del que para mí en aquel momento era el lado bueno de las montañas.
El cambio de planes incluye también dificultades extra nada más empezar en la vuelta atrás por Monte Moro. Las condiciones son similares a las de la tarde anterior pero con más frío, visibilidad más baja y, lo peor de todo, roca resbaladiza. Los escalones metálicos de los últimos metros que me habían parecido un poco exagerados con la roca seca, ahora me vienen muy bien.
Menos mal que, por lo menos, el viento no es excesivo en la cresta y, aunque lo que me pide el cuerpo es salir de aquí cuanto antes, puedo permitirme tomarlo con calma. Con una ligera harinada, la montaña se ha convertido en una pista de patinaje y no es momento para prisas. Sería muy fácil darse una torta con alto potencial para liarla parda. La ruta es fácil de seguir a pesar de la niebla, está la señalización permanente, que es bastante densa, y la señalización temporal de una carrera pasada que aún no ha sido retirada.
Me lleva una hora salir de la roca, la nieve y la niebla, prácticamente todo al mismo tiempo. Me alegro de poder volver a caminar sobre suelo uniforme.
Una vez de vuelta en un sendero, no me lleva mucho tiempo llegar a la vegetación y al Mattmark, el lago glacial represado en la cabecera del Saastal, con el típico color lechoso en unas dimensiones a las que no estoy acostumbrado.
En el extremo opuesto del Mattmark y desde la presa, tengo una primera vista del fondo del Saastal que llega hasta el primer pueblo del valle, Saas-Almagell. De la nada, se abren algunos claros en unas nubes que parecían inamovibles.
Pasada la presa, el TMR1 desciende a la par que la carretera, atravesando bosques de coníferas, y acaba desembocando en la propia carretera para entrar en Saas-Almagell. El pueblo es turístico-modernillo y tiene muy poca actividad en lo que parece la temporada baja de septiembre.
Subiendo hacia un valle lateral, el TMR visita el más conocido y de extraño nombre Saas-Fee, flanqueado por glaciares y picos de cuatro mil metros que no puedo ver porque las nubes se han hecho fuertes de nuevo.
No parece que haya temporada baja, o no del todo, en Saas-Fee. Hay mucha gente por las calles, entre montañeros, visitantes urbanos y profesionales del esquí preparando la temporada. Esto último encaja bien en el frío que hace.
Aquí me reúno con la ruta número 6 del sistema suizo, la Alpenpässe-Weg que seguí durante la primera semana del viaje y de nuevo ahora durante unos kms según comparte sendero con el TMR a lo largo del flanco del Saastal. Se abren claros de nuevo mientras las nubes gordas se agarran a las cumbres.
El TMR flanquea el valle manteniéndose cerca de la cota 2000 recorriendo laderas empinadas pero el sendero está bien trazado, como sería de esperar en una ruta tan popular.
Seguiré caminando hacia el norte hasta la confluencia del Saas y el Mattertal pero ese punto concreto será para el día siguiente. No hay muchos sitios en los que sea obvio plantar una tienda en el TMR y he identificado sobre mapa uno que me medio-obliga a parar relativamente pronto, para lo que venía siendo estándar en el viaje. Estoy acampado para las 19:30 h y puedo ver los colores del ocaso mientras ceno.
Por la mañana, hace mucho frío. No esperaba menos pero sí me sorprende ver temperaturas negativas de dos dígitos en el termómetro.
Dudo de que la temperatura fuera tan baja y me imagino que el aparato estaba dando una lectura incorrecta, por lo que fuera, aunque luego pasé junto a arroyos congelados con hielo grueso. Fuera cual fuera la temperatura, hacía frío.
Siento el aire frío, veo las nubes condensadas en torno a las cumbres y me alegro de saber que no tengo que hacer ningún puerto más. El resto del cielo visible está despejado y la luz de la mañana es muy bonita. Saliendo de la relativa reclusión de la vaguada donde había acampado, puedo ver lo que tenía monte arriba.
El TMR es un flanqueo sin fin; a menudo, sobre laderas empinadas. Por ejemplo, ésta:
A última hora de la mañana, llego a la confluencia del Saastal y el Mattertal. Aquí, giro hacia el sur y enfilo la última parte del viaje.
Ha caído nieve nueva en las zonas altas y las nubes son gruesas en torno a las cimas. Es la típica situación consecuencia de una masa de aire frío instalada en la región y, una vez más, me alegro de no tener que subir más a zonas expuestas. Veo Zermatt al alcance.
La sección del TMR sobre el Mattertal está identificada como Europaweg. Sigue el mismo patrón que en el Saastal pero con un sendero tan sobre-construido que a veces ya ni parece un sendero.
Pensé que sería una excepción para salvar un tramo difícil sin alternativa clara pero hubo varios casos a lo largo de la tarde, hasta el punto de que empecé a pensar que, si todo esto era necesario, quizá esta ruta no debería ir por ahí.
El caso es que, ya que estoy, no me queda más que apreciar la calidad panorámica, empezando por las estupendas vistas a los glaciares en el lado opuesto del valle:
Están también los alerces de montaña, preciosos, cuyo límite superior la ruta bordea:
Y las formaciones de hielo, que no se están fundiendo durante el día.
Poco antes del final de la jornada, puedo llegar a ver la cabecera del Mattertal, con Zermatt parcialmente visible en el fondo de valle y el trasfondo de la divisoria alpina. En algún punto de aquella cresta está el paso Teodulo, que tendría que haber cruzado desde el sur en el plan original.
A continuación, Europahutte, donde había previsto pasar la noche, a la vista del frío que hace y las limitadas opciones para acampar en Europaweg. Vista la última experiencia en refugio, había llamado por teléfono el día anterior para verificar que éste seguía abierto y el caso es que estaba ya casi lleno y pillé sitio por poco.
No era consciente de que este tramo no tenía nada que ver con nada de lo que había recorrido durante las dos semanas de viaje, en las que, salvo excepciones puntuales, apenas me había cruzado con gente y podía presentarme en los refugios sin avisar y contar con encontrar sitio. Esta zona parece extremadamente popular e incluso con la temporada ya casi terminada el refugio está lleno.
Es viernes noche y, según me dicen, es el último fin de semana de apertura.
Y así me presento en el último día de camino con apenas 22 km para llegar a Zermatt. Es el día 15 de viaje. Por primera vez desde que salí de St. Moritz, me siento relajado.
Nada más salir de Europahutte, veo en el mapa otra línea extrañamente recta, no tan larga como los 3,5 km del túnel de hace unos días pero igualmente impropia del trazado de un sendero. Es un puente colgante. Según la literatura, el más largo del mundo de su categoría con una longitud entre soportes de casi 500 m.
El puente salva una amplia canal de purga cuyo ángulo no es excesivo pero debe estar tan expuesto a desprendimientos que justifica la infraestructura mastodóntica. Está bien primar la seguridad pero igual había que repensar la localización de la ruta si el terreno es tan poco propicio.
La meteo sigue con el mismo patrón de los dos días previos, nublado y frío. El cielo encapotado hace la luz más uniforme que en la tarde previa y facilita las imágenes de los glaciares:
Valle arriba, el panorama dominante vira hacia el Hohlichtgletscher y el Zinalrothorn.
Las laderas por las que va el sendero no son particularmente empinadas pero, por alguna razón, parece que sí propensas a desprendimientos. Hay tramos acotados por señalización que avisa del peligro y pide a la gente que pase sin pararse. Hay otros trozos protegidos con techado o incluso tunelados.
Definitivamente, no parece un buen sitio para un sendero.
Es una tarde nublada y fría de mediados de septiembre cuando por fin puedo ver en directo la icónica silueta del Matterhorn/Cervino:
Es su prominencia y relativo aislamiento de otros picos lo que lo hace tan especial. En clave ombliguista, pienso en todo lo que me ha costado llegar aquí.
Como símbolo de lo intenso que ha sido este viaje, este último día es el primero en el que echo algún rato para auto-fotos. Hasta ahora, no había tenido tiempo de hacer nada más que caminar.
Aunque el Matterhorn es la estrella, hay muchas otras montañas a la vista. Es un lugar espectacular.
Contra todo pronóstico, las nubes se rompen y el ambiente cambia radicalmente. Me puedo quitar los guantes y caminar en camiseta de nuevo, además de contemplar el gran pico bajo una luz diferente.
Todo lo que queda desde este punto es bajar a Zermatt, donde llego a media tarde. Cruzar la localidad es un shock. Hay muchísima gente y casi nadie tiene aspecto montañero. No parece que Zermatt tenga temporada baja o, si la tiene y es ésta, prefiero no pensar cómo será la alta.
El camping está en el extremo opuesto de la localidad y en el extremo opuesto del glamur pero es probablemente el único sitio donde pernoctar cuyo precio no es de tres cifras. Es muy básico pero hace el apaño.
Me costó hasta encontrar un sitio donde cenar. Que no es tanto por la comida propiamente dicha como por el simbolismo. Me lo había ganado.





































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