Si en toda ruta es importante, en el WCT lo es más. No ya por la orientación, que es muy sencilla (el mar es una referencia infalible) sino por las consecuencias de ser una ruta popular. El sistema de reserva es estricto: 52 personas por día, 26 en cada extremo, consiguen permiso para iniciar el sendero. El resto del plan es a gusto del consumidor. Para quien, como nosotros, no cuenta con flexibilidad alguna (disponemos de un sólo día de colchón al final de la ruta, por si algo va mal, antes de coger nuestro avión de vuelta a casa), es fundamental reservar con la mayor antelación posible, lo que implica, e implicó en nuestro caso, una hora de reloj de intentar comunicar con un teléfono siempre ocupado en el primer día, desde el primer minuto, hábil para hacer reservas de cara al mes de agosto. Al final, todo fue bien y conseguimos la reserva tal como la queríamos.

Se recomiendan no menos de cinco días para completar el WCT sin convertirlo en una carrera y no menos de siete para hacerlo con la holgura necesaria para tomarse el tiempo de disfrutar de él, además de padecerlo (que eso va implícito, en cualquier caso). Siete días encajan perfectamente en nuestra planificación global para el mes, así que tenemos claro que ese es nuestro objetivo, y con esa cifra nos casamos desde meses antes cuando reservamos nuestra plaza en el autobús de vuelta (imprescindible, también, si no quiere uno quedarse tirado en medio de la nada en el extremo del laberinto de carreteras de grava que llevan a Bamfield). Decidido esto, hay que ver cómo repartir el kilometraje. En el WCT no hay zonas de acampada oficiales por ley (en teoría, se puede acampar en cualquier sitio, salvo en las reservas indias), pero sí de facto, por una sencilla razón: en la selva no puedes ni soñar en encontrar un lugar donde plantar una tienda de campaña, por muy mínima que sea (recordar reiterados comentarios sobre el concepto de “suelo” en el bosque), así que sólo queda la opción de las playas. Estas son amplias y abundantes en la mitad norte del recorrido pero se reducen a unas pequeñas y esporádicas calas, a menudo de difícil acceso, en la mitad sur. Además, se cuenta con la limitación obvia de la disponibilidad de agua dulce, algo muy a tener en cuenta en una ruta en la que el 50% de tu horizonte está hecho de agua salada. El resultado es que, a lo largo de los años, se han popularizado varios puntos a lo largo de todo el recorrido, hasta el punto de que muchos de ellos cuentan incluso con wáteres químicos y contenedores para la comida (en la isla Vancouver también hay osos). Estos puntos definen los lugares más adecuados para pasar la noche y la mayoría de los senderistas se acogen a ellos (muy a menudo, no hay más remedio, en realidad).

La otra gran decisión, o conjunto de decisiones, consiste en tomar la ruta por el bosque o por la playa o plataforma costera, cuando es posible elegir. El sendero, como tal, discurre siempre por el bosque, salvo algún pequeño tramo donde las mareas, ni siquiera las más vivas, llegan nunca a interrumpir el paso por la playa. Pero, en muchos otros tramos, y contando con recorrerlos durante las horas de marea baja, se puede intentar pasar por las playas, donde las hay, o la plataforma costera. Esta suele ser la opción más popular, ya que el bosque, aún siendo espectacular, resulta más monótono y hay que cruzarlo en largos tramos, de cualquier forma, allá donde la costa forma acantilados infranqueables. La playa y especialmente la plataforma costera ofrecen un espectáculo mucho más variado que empieza por el horizonte infinito del mar y va hasta la exhuberancia de la zona intermareal, pasando por la visión, desde “fuera”, del espeso bosque y la sensación de estar caminando en el borde, sobre la frontera entre dos mundos… como en realidad es.

Sentido de marcha

Como todo sendero lineal, se puede empezar por uno u otro extremo y, en el WCT, esta elección determina fuertemente el carácter de la excursión: pasamos lo más difícil al principio o lo dejamos para el final: lo hacemos cuando estamos menos cansados, física y moralmente, con la fuerza moral que da saber que, después, todo va a ser más fácil… o lo dejamos para cuando nuestras mochilas pesen menos…

En nuestro caso, pensamos que el peso moral de saber que lo peor está aún por venir iba a ser mayor que el peso físico de toda la comida que necesitamos para siete días, así que decidimos empezar en Gordon River, el extremo sur. Los tres primeros días ofrecen todo lo que ha hecho famoso al WCT: el terreno más accidentado, el primero; la travesía costera más dura, el segundo; y las escaleras más largas, el tercero. Después, todo es más apacible: llegan las largas playas y el bosque pierde parte de su carácter selvático y hasta se tiene la sensación de que lo que se pisa es suelo de verdad. Por otra parte, a pesar de que 7 días (en realidad, 6 y medio) parece mucho para tan sólo 75 kms., las ridículas medias de los tres primeros días obligan a un sobreesfuerzo en los cuatro restantes pero, para entonces, esperamos poco menos que considerarlo ya como un pequeño paseo triunfal hasta Pachena Bay.