Mi viaje en Terranova dio un giro inesperado casi antes de empezar, cuando tuve que asumir que había perdido todo mi equipaje facturado en el vuelo de ida, es decir, casi todo mi equipaje. Una de las cosas que perdí fue el kit de mapas. Una de las cosas que salvé fue el smartphone.

Podría haber intentado conseguir mapas (en papel) nuevos antes de empezar a caminar pero tenía tantas cosas que reponer que ésta quedo muy abajo en la escala de prioridades: tenía una alternativa válida.

Ésta es una pequeña historia de cómo me vi forzado a actualizar mis estándares de orientación: por primera vez, haría una ruta de larga distancia sin otra cosa que un smartphone en el bolsillo. Iba a ser un buen test porque la ruta era mayormente monte a través sobre terreno complejo y en zonas bastante remotas.

El texto que sigue no pretende ser una comparación exhaustiva entre orientación digital y tradicional, no repasaré los pros y contras de cada tecnología. Es una comparación enfocada en un caso de uso concreto y que incluye mi propio sesgo.

El nuevo kit de orientación

Contaba con un smartphone moderno y, además, montañero: un Crosscall Trekker M1 Core. Se anuncia como dispositivo específico para actividades montañeras, lo que se traduce en una serie de características que le diferenciarían de los smartphones urbanos: a prueba de golpes y de humedad, batería grande (3500 mAh) y una buena antena GPS. Lo había comprado hace poco y era la primera vez que me lo llevaba a una ruta larga.

Croscall Trekker M1 Core

Como software de navegación estaba usando la aplicación AlpineQuest junto con mapas topográficos descargados en el dispositivo y tracks de todas las secciones de mi ruta prevista. Lo típico.

Aspecto de la aplicación AlpineQuest

La batería externa para mantener todo esto en funcionamiento se quedó con el equipaje perdido. Aproveché que la tenía que reemplazar para comprar una de más capacidad, dado que ahora el smartphone necesitaría estar encendido permanentemente. Compré una batería de 7800 mAh, en lugar de los 5200 mAh de la que llevaba originalmente.

Batería externa ladrillo

Localización y Navegación

En esencia, los seres humanos deberíamos ser capaces de movernos por el territorio y hacerlo con criterio sin más herramientas que nuestros propios sentidos y las cuatro cosas que sabemos sobre cómo usar la información que nos da el medio natural pero, si pretendemos movernos eficientemente en un entorno que no conocemos, nos vendrán bien algunos instrumentos adicionales que nos facilitan la rueda típica de tareas: localizar la posición propia, localizar rasgos distintivos del territorio, identificar los que nos interesan y averiguar cómo llegar a ellos.

La localización y navegación clásicas emplean mapas y brújulas para esto. Un mapa te muestra todo lo que no puedes ver desde tu posición sobre el terreno. En muchas ocasiones, leer el mapa es todo lo que necesitas para proceder con el ciclo de localización y navegación pero no es raro que la diferencia de perspectiva entre lo que ves en el terreno y lo que ves en el mapa sea tanta que resulte difícil hacer una correspondencia entre ambas. En esos casos, utilizamos la brújula, que nos permite hacer mediciones precisas de direcciones tanto en el mapa como en el terreno; así, es mucho más fácil y preciso emparejar ambos.

GPS y Cartografía Digital

Un receptor GPS te dice dónde estás en un cierto sistema de coordenadas y te posiciona en la pantalla. Junto con la cartografía digital, te proporciona una vista de pájaro de tu posición y tu línea de viaje según te vas moviendo.

Estrictamente hablando, podrías, probablemente, seguir el puntero sin más y llegar a destino pero eso sería sólo la mitad de lo que significa la orientación. Para una experiencia de localización plenamente consciente, es necesario relacionar lo que ves en la pantalla con el terreno que pisas.

Aquí es donde encuentro que la cartografía digital se queda corta. A mí, desde luego, se me queda corta. Soy consciente de que hay gente cuya experiencia es diferente. En mi caso, encuentro difícil y engorroso intentar relacionar la representación del mapa con el terreno a mi alrededor. Ampliando el mapa, consigo mucho detalle pero pierdo perspectiva; ampliando el área, veo mucho terreno pero el nivel de detalle es tan pobre que sólo me sirve para identificar características del terreno que sean muy prominentes.

Hay ocasiones en que puedes llegar a una interpretación aceptable y, entonces, te encuentras que no tienes forma de verificarla. Al menos, no con mi smartphone, que no tiene función de brújula. Mi única forma de verificar algo es ponerme en movimiento y ver si lo que pasa en la pantalla es lo que hubiera esperado.

Papel y aguja

En un mapa de papel, tienes área y detalle, ambas cosas, a la vez. Me parece mucho más sencillo identificar características y traducir entre mapa y terreno que usando mapas digitales en una pantalla portátil. Quizá sería diferente si la pantalla fuera tamaño home cinema pero entonces no sería práctico para llevar encima.

En un mapa de papel con cobertura y detalle adecuados, aún puede ser difícil encontrar esa correspondencia con el terreno que pisamos, sobre todo si éste último es difícil porque carezca de características prominentes o porque nos falte visibilidad pero entonces podemos usar la brújula para que haga de árbitro que resuelva la mayor parte de las disputas.

El mapa debe estar siempre a mano para una correcta navegación

El caso de uso de Terranova

En mi viaje por Terranova, empecé usando los mapas digitales sin intervención de GPS, es decir, navegando como haría con los mapas de papel. Funcionó razonablemente bien mientras caminé por terreno con elementos evidentes y fáciles de identificar. Cuando me metí en sitios de orografía menos definida y más compleja, como iba a ser durante el grueso del viaje, empezó a ser más difícil hasta el punto de resultar frustrante y acabar manteniendo el GPS activo la mayor parte del tiempo, aunque fuera sólo para consulta esporádica.

En esas condiciones, acabé con la sensación de no tener una clara conciencia de por dónde estaba yendo, era algo así como si me llevaran de la mano, un tanto agnóstico de mi propia ruta. Esto me disgustaba profundamente, me sentía como si no tuviera control sobre lo que estaba haciendo. Soy consciente de que esta misma sensación se puede dar durante el uso de mapas convencionales; por ejemplo, si estoy siguiendo un sendero bien marcado y relajo un poco el nivel de conciencia sobre dónde estoy pero sé que puedo volver a estado consciente cuando lo necesite estudiando el mapa. Los mapas digitales me resultaban incómodos para esta operación y me desanimaban a intentarlo siquiera.

El mismo lugar hace 14 años y ahora

Resultó especialmente interesante comparar este viaje con el de 2003, cuando visité Terranova por primera vez. En aquella ocasión, la orientación fue enteramente por mapa y brújula. Llevaba también un pequeño receptor de GPS:

Pequeño Geko

Visto ahora, parece un juguetito. Puede almacenar tracks pero no mapas. En 2003, lo llevé como plan B, por si acaso la orientación clásica me dejaba dudas. No necesité usarlo.

En el viaje de 2017, pasé por algunas de las zonas por las que ya había caminado en 2003. Fue interesante comparar cómo fue el asunto de la orientación en ambas ocasiones: qué hice, cómo salió y cómo me sentí al respecto.

En 2017, me encontré con mi ruta de 2003 en dos ocasiones. La primera fue un tramo corto a través de las montañas Blow-me-Down que resultó sencillo de navegar en condiciones de buena visibilidad en ambos casos así que no pude sacar ninguna conclusión importante.

La segunda sección común a ambos viajes fue en la travesía Long Range en el Parque Nacional Gros Morne, el tramo final de mi ruta en 2017. Esta travesía cruza las mesetas de las montañas Long Range a lo largo de orografía compleja, rocosa y montañosa pero sin apenas puntos prominentes que pudieran servir de referencia clara. Los innumerables lagos sí servían como referencia pero casi exclusivamente para verificar localización, no tanto para planificar rumbos porque están en el polo opuesto del concepto de prominencia. Se trataba de terreno complicado para navegar, con muchos obstáculos que apenas aparecían en los mapas 1:50.000 y, en teoría, sin senderos que marcaran el camino. Nada que un montañero competente no pueda hacer sin problemas en condiciones de buena visibilidad pero ciertamente requería atención.

Terreno complejo en la travesía Long Range

En 2003, la orientación fue estrictamente con mapa y brújula. Teníamos un punto de inicio, otro de final y una ruta orientativa pintada a lápiz sobre el mapa. Mi recuerdo es que todo salió muy fluido, nunca tuvimos la sensación de habernos desorientado, siempre fuimos conscientes de nuestra posición y sólo una mañana con niebla nos generó algo de incertidumbre y presión.

En 2017, usé el smartphone. Fue bien, no me perdí. Mi recuerdo más vivo es de pensar cómo leches hice aquello sin GPS.

Había secciones sencillas de navegar pero también otras de orografía compleja, de progresión penosa sobre terreno agreste o vegetación densa en las que podía pasar bastante rato hasta encontrar referencias válidas. Me impresionó haber podido hacer todo eso con mapa y brújula y me impresionó especialmente la sensación de que ni siquiera me hubiera parecido difícil.

Interpretación

Mi posible explicación de lo observado es que tendemos a adaptarnos a los instrumentos con los que contamos y encaramos la tarea de forma natural a partir de ahí. Adaptamos nuestra implicación con la tarea de orientación a lo que puedan hacer los instrumentos y lo que dejen en nuestras manos.

Otro posible factor es la libertad que tienes para elegir tu propio camino cuando navegas por terreno «libre», algo muy evidente si usas mapa y brújula frente a la rigidez de seguir vía GPS un curso marcado en un mapa digital, además de seguir también la incipiente traza que se forma en el terreno por el paso continuado de gente que sigue el mismo curso GPS. La ruta digital puede ser la más óptima en el terreno pero quizá no la más evidente cuando pasas por allí, incluso si te ayudas de mapa y brújula. ¿Qué hacíamos, entonces, cuando no había GPS? Seguramente, elegíamos la ruta que nos parecía mejor y nos quedábamos tan felices mientras consiguiéramos llegar a destino. Si había una ruta más óptima, lo sabríamos a posteriori o, probablemente, ni siquiera llegaríamos a saberlo.

Conclusión

El mundo digital te da más trabajo hecho que el de la orientación clásica. Esto no es malo, en sí mismo; de hecho, está muy bien: te puede ayudar a conseguir un mejor rendimiento y, en según qué casos, te puede salvar el culo. El problema potencial principal que veo y que afecta especialmente a gente experimentada es el peligro de hacerte olvidar aquello de lo que eres capaz y generarte una falsa sensación de necesidad.

Usa las herramientas digitales por la comodidad que proporcionan y no olvides que puedes resolver las situaciones con los instrumentos clásicos también.

Aclaraciones

En el último momento, antes de empezar a caminar, conseguí mapas topográficos que cubrían prácticamente todo el recorrido del viaje pero, con escala 1:100.000, resultaban inadecuados para orientación en terreno complejo. Prácticamente, dejé de usarlos, después de intentarlo en los días iniciales. A efectos prácticos, navegué sin mapas en papel.

También encontré mapas topográficos, esta vez, ya sí, de escala adecuada (1:50.000) para la última sección del viaje, justo en la zona a la que aplica la comparación comentada un poco más arriba. Aquí sí, podría haber navegado con mapa y brújula pero me dejé llevar por la comodidad de las herramientas digitales. Me repetía a mí mismo que lo hacía en el nombre de la ciencia para así poder escribir este artículo.