Si me pregunto a mí mismo por este viaje, esto es lo primero y lo que más a menudo me viene a la cabeza.
Paisajes
Casi sobra decirlo pero dejadme que me recuerde a mí mismo lo bonito que es Noruega. En prácticamente ningún sitio hace falta buscar una razón para que te guste un paisaje o acudir a detalles o matices, es todo precioso, sin margen para la discusión. Añadamos a esto la variedad que fui encontrando según regiones para que tampoco haya hueco para la monotonía. Sobre esto último, amplío información en el siguiente subtítulo.

Aguas abajo en Grovudalen, Dovrefjell
Diversidad
Estructuré el viaje a través de 4 áreas diferentes. Durante la planificación, sólo eran diferentes para mí en sus nombres y resultó muy interesante ver, una vez sobre el terreno, lo distintas que eran unas de otras.
En mi recorrido de norte a sur, primero fue Trollheimen. Resultó la región más alpina y también la más húmeda. Perfiles escarpados, lagos de montaña, bastante nieve restante aún del invierno y constante sube-y-baja. A continuación, Dovrefjell, de mayor altitud media pero perfiles más suaves, no tan húmedo y de aspecto más desolado, con largos tramos sin mucha vegetación en el piso rocoso. Después vino Rondane, más continental y seco, hasta el punto de que en algún momento hasta pisé tierra suelta en los senderos. Montañas grandes de roca oscura con panoramas más abiertos que en Trollheimen y de aspecto tan desolado como Dovrefjell.
Pasado Rondane, ya no había más montañas grandes y la ruta recorría tierras altas de páramos herbosos y, a menudo, fangosos. Durante los dos últimos días de viaje en Hedmarksvidda, llegué a caminar lo suficientemente bajo en altitud como para recorrer tramos largos en el bosque de coníferas.

Altiplano en Hedmarksvidda
Entraré en detalles sobre cada región en próximas entradas.
Soledad
Consciente de la tradición senderista y montañera de Noruega y de que mi ruta iba por zonas relativamente populares, en su mayoría, me sorprendió la poca cantidad de gente que me encontré en los senderos. Resultó un viaje muy solitario. Casi todo el tráfico con el que me crucé correspondía a gente en rutas de día y sólo me encontré con gente mochilera de varios días al principio, en los circuitos de Trollheimen, y al final, en la región de Lillehammer donde, al parecer, mi camino coincidía con una ruta con nombre, de refugio en refugio. Incluso entonces, poca gente y sólo tuve cierta sensación de que por allí había alguien en algunos de los refugios. Gente acampada sólo vi una jornada de sábado a domingo en Rondane.
Inesperado por mi parte pero ningún problema al respecto, casi al revés. Me encontré a gusto.
Naturaleza
No estaba seguro de qué esperar sobre las sensaciones respecto a cómo percibiría el entorno, su calidad natural o su falta. A posteriori, sigo sin estar seguro de cómo calificar lo que encontré.
Por un lado, como digo arriba, hay poca gente, las infraestructuras (senderos, puentes, refugios) son muy discretas y la sensación general es de vacío y desolación, en el buen sentido de la expresión. Por otro, los valles están habitados y es difícil estar realmente lejos de algo humano. No crucé carreteras con frecuencia pero en un día normal pasaba junto a un par de refugios, guardados o no, de media. Os hacéis a la idea.
Refugios
Lo primero que se me ocurre al pensar en los refugios es cuánto aumentaría la dificultad de una ruta de larga distancia en Noruega si no estuvieran ahí. En un entorno tan expuesto y donde las condiciones se pueden poner feas, los refugios te pueden sacar de un auténtico apuro. Lo siguente que me viene a la cabeza es lo cómodos, agradables y acogedores que son.
Aunque yo contaba con acampar cada noche por defecto, contaba también con el comodín de los refugios por si la cosa se ponía fea, para lo que me apunté al Den Norske Turistforening, el equivalente aproximado a nuestra federación de montaña, y llevé conmigo la llave maestra de los refugios no guardados, de los que encontraría muchos en mi camino. Al final, pasé bajo techo 7 de las 14 noches de ruta y en 4 de ellas los refugios me salvaron de lo que habría sido un mal rato.

Jammerdalsbu
Soy consciente de que necesito darle una vuelta a mi equipo, habilidades y confianza para ser más autónomo en regiones complicadas como las montañas de Noruega.
Ampollas
Éste es un capítulo nuevo para mí. Quién lo iba a decir: a mis años, ha sido la primera vez que he tenido ampollas en los pies. Alguna cosilla había habido en el pasado por hacer el bruto con botas rígidas de alpinismo pero nunca por caminar con botas normales, mucho menos con zapatillas, independientemente de la distancia. Por qué hasta ahora no y ahora sí, no tengo ni idea. En este viaje, no hice nada inusual, usé zapatillas y ni siquieran eran nuevas, llevaba ya muchos kilómetros con ellas. El caso es que ni siquiera puede ser casualidad porque tuve la misma ampolla en el mismo sitio (centro de la bola, detrás de los dedos) en ambos pies.
Las ampollas se revelaron por la tarde del día 3. Ya entonces fui consciente de que, en una ruta de dos semanas, eso significaba que me iban a dar el viaje hasta prácticamente el final y así fue. Soy consciente de que todo viaje tiene momentos de gloria y otros de dolor, del tipo que sea, y que hay que aceptarlo con deportividad. El problema aquí es que todos los buenos tiempos, con serlo, estaban marcados por esa molestia constante de la que no podía escapar. Lo que son unas ampollas de toda la vida. Saber esto desde el día 3 fue un peso importante pero no me quedaba más que perseverar.

Casi curada
Caminos pedregosos
Quizá fueron las ampollas las que me hicieron fijarme en lo pedregoso que era casi siempre el camino, probablemente ni siquiera estaría escribiendo sobre esto de no ser por lo doloroso que me resultaba caminar en cualquier terreno y más si era tan irregular. Así, me pasé los días esperando que fuera algo coyuntural y que quizá al cambiar de región la cosa cambiara. Lo hizo puntualmente pero siempre volvía al muestrario de piedras. La única excepción fue hacia el final de ruta, en Hedmarksvidda, donde encontré largos tramos de terreno pantanoso, que resulta muy pesado para caminar pero a las ampollas les venía muy bien. Para entonces ya me molestaban menos.

El camino de piedras
Aparte del problema añadido para progresar con ampollas, este tipo de terreno no está para hacer grandes distancias diarias a ritmo alto.
La tiranía del plan
No tenía un punto final de viaje definido más allá de tener controlados la distancia y el tiempo que me costaría bajar al valle principal de la zona para coger un transporte a Oslo a tiempo de enlazar con el viaje de vuelta. A la hora de planificar desde casa, pensé, como de costumbre, que tenía sentido hacer un plan de máximos para que en ningún caso me sobrara tiempo o, lo que es lo mismo, me faltara distancia. Ya sabía lo que iba a pasar: una vez he dibujado ruta sobre mapa y he visualizado por dónde pasa, me he visto ahí y ahora quiero verlo in-situ, es decir, que quería caminarlo todo. Llegar a la localidad de Hamar se convirtió en el objetivo. Esto me puso mucha presión.
Una vez terminado, me quedé satisfecho pero consciente de que hubo momentos y periodos en los que eché de menos poder tomarlo con más calma y en los que me forcé a no hacerlo. La reflexión aquí es cómo un plan intencionadamente sobredimensionado acabó convirtiéndose en «el plan» y cómo esto, para bien o para mal, condicionó mi viaje.
Acampar
Aunque no acampé tantas noches como pensaba que lo haría, ésta siguió siendo una parte clave de la experiencia, probablemente la que me trajo más satisfacción, mejor sensación de pertenencia al lugar y mayor sentimiento de logro. Añadamos a esto el atractivo estético de prácticamente todos los sitios de pernocta, algo que no hacía falta buscar, daba casi lo mismo donde ponerse, todo era bonito.

Primer campamento en Trollheimen
Solía hacer viento pero nunca tuve que acampar en condiciones muy rigurosas. La mayor parte de los episodios de lluvia, eso sí, los pasé en refugios. Con todo, mi sensación recurrente era que acampar en las montañas de Noruega tenía mucho de conseguir sentirse cómodo en un entorno a priori poco hospitalario.
Viajar a pie mola (mucho)
Esta ruta ha sido un reto para mí. Nada que no haya hecho antes pero desde luego no ha sido un viaje despreocupado de los de sólo disfrutar. Y, aún así, mi primera sensación nada más terminar fue la de un profundo aprecio por lo que acababa de hacer. Es el viejo juego mental, alguna hormona de la felicidad ligada al esfuerzo físico, a la experiencia del viaje o a ambas cosas, ese proceso según el que la mente tiende a olvidar todo lo feo o a mantener un recuerdo bucólico. Sea como sea, tenía ya entonces una idea clara: viajar a pie es una de las cosas que mejor me hace sentir y no puedo esperar al siguiente episodio.
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Mikel
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