Durante el verano de 2022, caminé de estación de tren a estación de tren entre Oppdal, región Trondelag, y Hamar, región Innlandet, siguiendo una línea por las zonas montañosas de tres áreas protegidas: Trollheimen, Dovrefjell y Rondane, completando viaje a lo largo de las tierras altas de Hedmarksvidda.
La primera parte consistió en 3 días más un medio día de aproximación en un arco anti-horario a través de Trollheimen. El nombre significa Hogar de los Trolls, vaya ud. a saber por qué. Es un área de ambiente alpino, con picos escarpados, valles profundos y mucha precipitación.

Sección de Trollheimen
Día 1
El primero fue un día de aproximación, con 10 km. por carretera (8 de ellos en una vía de servicio peatonal/ciclista) y 12 más por pistas de grava, todo ello para llegar a las montañas. Caminar por carretera no es atractivo pero ninguna de las alternativas me pareció mejor: buscar un taxi, hacer dedo o echar la tarde en Oppdal para, a la mañana siguiente, coger un autobús que sólo me cubría los 10 km. de carretera. Preferí empezar a caminar directamente y me lo tomé como una introducción sencilla a la vida en el sendero.
A Oppdal había llegado en un tren que había cogido a primera hora de la mañana en el aeropuerto de Oslo, donde había aterrizado la noche anterior. Oppdal es una ciudad pequeña / pueblo grande situado justo al norte de la divisoria norte-sur en la ruta principal entre Oslo y Trondheim. No eché mucho rato allí, pasé por una tienda de montaña para comprar gas y comencé a caminar directamente.
La carretera que tengo que seguir es la que comunica el interior con la cabecera de un fiordo costero y es una ruta importante pero, en un sábado por la mañana, no tiene excesivo tráfico y puedo mantenerme al margen durante la mayor parte del trayecto gracias al carril bici/peatonal. Camino entre granjas y hacia las montañas.

Hacia las montañas
El pronóstico del tiempo da lluvia intensa al final del día así que considero que tengo una buena excusa para pasar una primera noche en un refugio guardado que me pilla de camino y a una distancia que supone un buen objetivo, ambicioso pero no demasiado, para haber empezado a andar pasado el mediodía. Hago un esfuerzo consciente por llegar a tiempo para la cena y camino sin apenas parar durante los 22 km.

Refugio para esta noche
La cena mereció el esfuerzo y, aunque la lluvia prevista nunca llegó, me alegré de empezar con una noche bajo techo. Los refugios guardados noruegos se parecen más a un hotel que a la idea clásica de un refugio de montaña y los tomo como un lujo del que echar mano cuando haga falta pero sin abusar. Por esta vez, lo doy por merecido, teniendo en cuenta que sólo 24 horas antes estaba aún en mi mesa de trabajo.

Gjevilvasshytta

Gjevillvatnet desde el refugio
Día 2
Por la mañana, está nublado y bastante oscuro aunque el pronóstico no da lluvia hasta la tarde y no mucha, espero que sea más preciso que el que había consultado el día anterior. El camino empieza detrás del refugio y salgo con la confianza que da empezar siguiendo un tramo de uno de los circuitos de Trollheimen, con lo que espero buenos senderos y que haya gente por ahí. Desde los 700 metros de altitud iniciales, atravieso un bosque de abedules pequeñitos, que llegan hasta los 1000 m. Después, ya sólo roca, poca vegetación y, en esta ocasión, mucha nube y escasa visibilidad.

El bosque de abedules

Casi todo gris
La niebla va desapareciendo según bajo hacia la cabecera de Svartadalen (eso es el nombre de un valle, como siempre que la palabra lleva esa terminación), donde toco el extremo norte de ruta y giro hacia el oeste; al principio, valle abajo, luego por la arista que lleva a la cima de Geithetta, una de las montañas que flanquean Svartadalen. Todo ello, según el cielo se va poniendo más oscuro.

El pico Geithetta, centro izquierda, con su nube
Cerca de la cumbre, empieza a llover. No muy fuerte pero sí lo suficiente para dejar claro lo feo que se puede poner, con poca cosa, en las montañas de Noruega. Las vistas del lago Grasjoen y del mar de montañas hacia el oeste compensan parte de la sensación de vulnerabilidad que me hace sentir el tiempo adverso en un sitio expuesto.

Vista al noroeste hacia el lago Grasjoen y la lluvia inminente

Hacia el oeste, montañas de Trollheimen
De todas formas, estaba tranquilo porque tenía la opción Trollheimshytta, otro refugio guardado, al final del día, y así cualquiera se moja a gusto. Durante el descenso de Geithetta, sin embargo, paró la lluvia, se abrieron claros y el viento me dejó seco en un ratín así que me quedé sin excusa para elegir la opción cómoda. Planté la tienda en un balconcito con vistas al valle aunque evité la primera línea porque hacía bastante aire y busqué un poco de sotavento. Una vez dentro, fue una noche tranquila y confortable.

Primer campamento en Trollheimen
Día 3
Siempre tengo la sensación, es habitual y recurrente, de que pasar una noche ahí fuera es el factor número uno para ayudarme a sentirme parte de un sitio y ayudarme a sentirme cómodo en él. Cuando llega la mañana y todo sigue ahí, es como si yo ya perteneciera también al lugar. Con todo, ayuda mucho que las primeras horas sean tranquilas, sin viento y con claros entre las nubes mientras retomo el camino, ya en ascenso para cruzar Mellomfjell. No tarda mucho en nublarse, pasando a paleta de grises. Enormes panoramas de mar de montañas hacia el oeste.

Mar de montañas
Mellomfjell es una zona elevada con lagos, picos, paredones, mucha roca y bastante nieve restante del invierno. Es un lugar espectacular, accesible pero con un aire remoto. Lo más intenso de cruzar Mellomfjell a primera hora de una mañana oscura es el silencio.
Tras varias cuencas lacustres, salgo de Mellomfjell por el otro lado para iniciar el descenso hacia Storlidalen (eso es otro nombre de valle) mientras se abre la vista hacia el suroeste para mostrar otro grupo de montañas y más cielos oscuros.

Renovando los panoramas
Llego al valle a la altura de un complejo de casas con pinta vacacional al final de una carreterilla, también hay un refugio DNT (de los que puedo usar con la afiliación) no muy lejos y un pronóstico de lluvia para la tarde con lo que está presente la tentación para quedarme en la zona pero aún quedan muchas horas de luz y, por lo que sea, es justo el momento más luminoso del día, hasta se abre algún claro que me tienta en el sentido opuesto, el de seguir adelante. Si lo hago, aún me queda una opción de llegar a otro refugio, caso de necesitarlo, al final del día a costa de una jornada muy larga, no especialmente por distancia pero cruzar Mellomfjell me ha llevado más tiempo del esperado y se me ha hecho tarde. Decido seguir adelante y ahí es donde empiezan los problemas.
Problema número uno: una molestia en la bola del pie, en los dos, perfectamente simétrica, idéntica en ambos. Me cuesta un rato identificarla porque es la primera vez que me pasa esto en un viaje, ¡son ampollas! No me lo puedo creer, ¡yo nunca tengo ampollas! Ni idea de por qué han aparecido esta vez. Aparte de la molestia inmediata, tengo claro que, en un viaje de dos semanas, van a estar ahí hasta el final, lo que es una perspectiva deprimente. Sigo adelante porque tampoco puedo hacer nada más.
Problema número dos: empieza a llover. Además, hace viento y bastante frío. Para cuando llego a la cabecera de Storlidalen y cambio de valle hacia Innerdalen, estoy empapado y congelado y empiezo a echar de menos los refugios que he dejado atrás hace un par de horas.
Mi plan para el día era iniciar el descenso por Innerdalen y, sin bajar mucho, abandonar el valle para subir por la ladera del flanco sur, cruzar las montañas por un punto débil y bajar al siguiente valle, con la opción de llegar al refugio Eiriksvollen si la cosa se ponía difícil, y se ha puesto. No parecía un plan muy ambicioso, sobre el papel, pero ahora sí lo parece, Eiriksvollen queda lejos y el terreno que habría que recorrer es complejo. Reviso mapa para verificar que valle abajo en Innerdalen hay otro refugio, Innerdalshytta, similar distancia que para llegar a Eiriksvollen pero terreno más fácil y menos expuesto. Significaría salirme de ruta y hacer un arco más amplio pero, pensando en acabar el día de la mejor forma posible, parece la opción más sencilla y segura y empiezo a hacerme a la idea de que ese es el nuevo plan.
Cuando llego al que habría sido mi cruce, veo que no hay cruce, no se ve camino en la ladera por la que tendría que subir y, con mucho, lo peor, no se ve ningún puente sobre lo que más arriba era un arroyo y ahora es un torrente furioso con pinta invadeable. Es raro porque esta ruta está dibujada en los mapas topográficos noruegos y estoy acostumbrado a que sean de fiar pero, por mucho que busco, no veo nada que indique que hay una ruta por ahí. Se podría hacer campo a través pero lo de cruzar el torrente no parece posible, al menos en este punto. Si aún tenía alguna duda, era lo que me faltaba para decidir cambiar de planes y seguir valle abajo para intentar llegar a Innerdalshytta al final del día, ya iba a ser lo suficientemente difícil. Seguía lloviendo.
No hice muchas fotos en las horas siguientes. Innerdalen es un valle espectacular pero caminar por él no es fácil, el sendero es un infierno de barro y cenagales de los de agua hasta el tobillo, una ruta para hacer con paciencia y tiempo, dos cosas que no tengo. Lo que sí tengo es un cansancio extremo y lo único que me mantiene motivado es la posibilidad de llegar al refugio y ponerme cómodo allí y me agarro a eso para seguir caminando con dignidad.
Llego a Innerdalshytta tarde y agotado pero con la sensación de alivio de que ya ha terminado el castigo. Innerdalshytta es un refugio guardado al final de una pista y, al igual que el de la primera noche, está más cerca de un hotel rústico que de lo que típicamente entendemos por un refugio de montaña. Me puedo duchar (que me daba casi igual, pero bueno) después de cenar a toda leche porque es muy tarde y ya recogen (esto sí que era importante) y usar la habitación de secado para tender todo lo mojado. Es raro el contraste entre tantas comodidades y el desamparo que he sentido a lo largo de la tarde. Hace sólo un rato de aquello pero parece ya muy lejano. A descansar.

Los edificios de Innerdalshytta
Día 4
Por la mañana, presto especial atención al tiempo, tanto a lo que veo en directo como al pronóstico publicado en la pared del vestíbulo de Innerdalshytta. El cielo está cubierto y oscuro pero no se espera lluvia hasta media tarde. «No tiene mala pinta», dice el señor que atiende la recepción. A mí sí me parece que tiene mala pinta, con la salvedad de que, si se cumple el pronóstico, podría llegar a Eiriksvollen sin haberme mojado mucho. Incluso si no se cumple y es a peor, lo más grave que podría pasar es llegar a Eiriksvollen habiéndome mojado mucho, que es una perspectiva más que aceptable. El único problema es que me obliga a un día corto pero, después del (permitidme la expresión) calvario del día anterior, no me veo con fuerzas para repetir y sí me veo con una (permitidme también esta expresión) excusa aceptable para tomar la opción fácil.
Parece incluso demasiado fácil: sólo tengo que cambiar de valle a uno paralelo, de Innerdalen a Sunndalen, cruzando las montañas por un punto débil. Eiriksvollen está a unos 15 km, menos de la mitad de lo que suelo caminar por jornada. En un día normal, incluso con pronóstico de lluvia, seguiría adelante y contaría con otro refugio a unos 30 km. en total por si lo veo feo pero hoy esos 30 km. se me hacen demasiado.
Parte de ello es que Sunndalen no es un valle cualquiera. No sólo es muy profundo (tendré que bajar a menos de 100 m), es que, además, es un valle glacial, de paredes verticales, y ya preveo que bajar allí y volver a subir por el otro lado va a ser costoso en esfuerzo y en tiempo. Quizá no el mejor día para planear mucho kilometraje. La representación del sendero en el mapa no muestra ningún gran zig-zag así que tiene pinta de que va a ser empinado. 800 metros en 3 km. en la parte de descenso. Al otro lado, aún peor, 3 km. también pero 1000 metros de desnivel. Podría ir por ello pero me obligo a prometerme que no lo haré salvo que cuando pase por Eiriksvollen luzca el sol, cosa que no es de esperar.
Con todo esto en mente, me preparo mentalmente para un día corto y sencillo. Resultó no tan corto y, desde luego, nada sencillo.
Salir de Innerdalen sí que fue fácil, primero a través del bosque de abedules pequeñicos, con estupendas vistas del valle una vez pasado el límite del bosque mientras las nubes ocultaban todos los picos. El camino cruza por un valle colgado a 1000 m. de altitud. Todo es gris.
Al otro lado, el abismo de Sunndalen. La niebla oculta la vista y tengo que ser rápido con la cámara cuando se despeja durante unos segundos.

Sunndalen ahí abajo

Sunndalen
Antes de empezar el gran descenso, empieza a llover. No me importa porque me ayuda a aceptar que va a ser un día corto y que estará bien así.
La ruta aprovecha un tramo de pared un pelín más tendido que el resto. El sendero no es muy elaborado, básicamente va para abajo a base de escalones que hoy, con la lluvia, son extremadamente resbaladizos. Al menos, no tengo prisa y puedo tomarlo con toda la calma que quiera. Pienso en el infierno que hubiera sido intentar esto el día anterior, con la que estaba cayendo, lo cansado que iba y la urgencia de llegar abajo antes de que se hiciera de noche. Al final, lo que el día anterior pareció un problema, la meteo adversa y la dificultad para cambiar de lado de valle en un punto donde el torrente era invadeable, resultó ser lo mejor que me podía pasar.
Digamos que, dado que tengo claro que voy a parar en Eiriksvollen, no me importa mucho mojarme pero sí preferiría no embarrame. Hago un esfuerzo consciente por evitar resbalones y, como no me importa ir lento, me lo tomo en serio: pasos cortos, buenos apoyos, mucho trabajo de cuádriceps. Con todo, conté (literalmente, los conté) 7 resbalones con caída. Aquello era una pista de patinaje con 45º de inclinación. Tuve que hacer otro esfuerzo consciente; éste, para no mandar a Noruega a la mierda.

Bastones tal cual cayeron, el de la derecha sirve de referencia de tamaño de resbalón
Pero iba a un refugio y era como si nada pudiera ir mal. Así me lo tomé hasta que llegó un momento en que estaba tan mojado y tan harto que tuve que aceptar que estaba hasta el gorro y ya sólo quería terminar el día cuanto antes.
Llegué a Eiriksvollen tras 7 horas. Agradecí infinito el porche generoso para poder estar a cubierto mientras me quitaba la mochila y recuperaba la llave maestra de las profundidades. Entonces, abrí la puerta del paraíso.
Estuve solo en el refugio y, una vez me puse cómodo, ya sí, nada podía ir mal. Ropa seca, encender la chimenea, poner todo lo mojado a secar, relax y muchas horas por delante para reflexionar sobre el valor de los refugios y mis propias limitaciones para afrontar condiciones difíciles, sean limitaciones de material, capacidades técnicas, mentales o todo ello junto.
La estancia en Eiriksvollen fue maravillosa y reparadora. No dejó de llover en lo que quedaba de día.
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Felipe
Muy interesante la crónica, como siempre. Muchas gracias!
Pascual
Cuando llega la mañana y todo sigue ahí, es como si yo ya perteneciera también al lugar.
Me identifico con esta sensación, quizás sea por eso que se soportan los momentos más duros.