El WCT fue un espectacular colofón a un periodo de vacaciones en el que empezamos caminando por las montañas, como suele ser habitual (aunque ¡no en unas montañas cualquiera!) y terminó con este brutal cambio de decorado. Caminar junto al mar es algo muy especial pero hacerlo en un sitio donde la naturaleza aún es virgen es algo inédito. Nos trajo sensaciones nuevas, que no conocíamos, fauna que nunca habíamos visto y, en definitiva, experiencias distintas de las que aprendimos mucho.

Tuvimos, además, la inmensa suerte de contar con la inusual colaboración del buen tiempo a todo lo largo del viaje, con lo que este, dimensionado con la cabeza puesta en el casi seguro mal tiempo, resultó muy relajado, sencillo y agradable. Todo salió bien y todo fue bueno. El sabor de boca no pudo ser mejor.

No puedo terminar de describir la que, probablemente, es la sensación clave en esta historia: el placer que significa montar tu campamento al final de la jornada en una playa solitaria, frente al mar; caminar unos metros para darte un baño entre las olas, recoger madera seca para hacer un fuego y disfrutar de su luz y su calor, charlando de todo y de nada en particular en buena compañía mientras ves la puesta de sol sobre el mar. El fuego y la conversación se extinguen para meterte en el saco y dormirte escuchando el rumor del mar. No puedo evitar pensar en todo lo que hemos perdido en los sitios del mundo en los que esto ya no es posible y no puedo, por ello, dejar de recordar todo lo que aprecio que aún haya sitios en el mundo donde esto sí sea posible.

Marea baja y fuego de campamento en Michigan

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