En el verano de 2024, caminé de St. Moritz a Zermatt a lo largo de la frontera entre Suiza e Italia. Ahora que los recuerdos han tenido tiempo para reposar, los que quedan han de ser necesariamente los más importantes.
Es difícil promediar 30 km al día en septiembre
Puede ser fácil hacerlo un día, incluso con una mochila grande a la espalda y cifras de desnivel en los 4 dígitos, pero promediarlo es otra cosa. En septiembre, a diferencia de la primavera o el inicio del verano, hay poco colchón para cubrir la posibilidad de que haya algún día corto. Un sólo evento meteorológico que fuerce un retraso puede arruinar la media y la escasez de horas de luz complica recuperarla.
El viaje acabó convirtiéndose en una carrera contra el tiempo. Me van bien las distancias largas y los esfuerzos prolongados pero no la sensación permanente de ir con prisa, lo que me lleva al siguiente argumento.
¿Aún me gusta hacer esto?
Historias de la diversión de tipo-2 sostenida
Es la auto-pregunta más típica de una actividad como ésta y casi siempre acaba surgiendo pero incluyo aquí un comentario sobre esto porque tengo la sensación de que, en este viaje, la cuestión ha estado presente más que ninguna otra vez. Fui con la lengua fuera, física y metafóricamente, cada día, todos los días salvo el último, en el que me quedó una distancia que me permitió relajarme.
Nunca tuve claro si tanto esfuerzo era lo correcto. Según escribo esto, sigo sin tenerlo. Durante el viaje, me decía a mí mismo que tenía que apretar el culo un día más para dar sentido a todo el esfuerzo anterior. Puede ser un caso típico de no darse por vencido. Puede también ser un caso típico de insistir en el error porque ya has pasado mucho tiempo cometiéndolo. Supongo que nunca lo sabré.
En varias de las jornadas, apenas hice paradas, ni para descansar, ni para comer, ni para nada, realmente. Iba trotando cuesta abajo cuando el terreno era favorable. Trotar con una mochila grande a la espalda es un horror pero necesitaba el tiempo que ahorraba lo suficiente como para hacer que mereciera la pena el esfuerzo extra.
Lo que no hice fue variar la ruta, mucho menos coger atajos, y hubo ocasiones pero ninguna que me pareciera mejor que el dibujo original. Más corta o fácil, sí, pero no mejor y no quería comprometer en calidad de ruta. Esa fue mi línea roja.
¿Aún puedo hacer esto?
Y no me refiero al viaje a pie sino a los promedios de distancia a los que estaba acostumbrado. Es el segundo viaje seguido en el que no cumplo expectativas e intento justificarlo por factores externos. Quizá sea más razonable aceptar que ya no doy para tanto, bajar expectativas y dejar de comentar sobre ello.
Meteo inestable de septiembre
Septiembre puede ser genial para caminar por las montañas, por lo que respecta a la meteo, dependiendo de la localización. Mi experiencia previa en la región era muy buena, con tiempo mayormente estable, pocos momentos tormentosos y temperaturas agradables pero no ha sido así en este último viaje. Al contrario, hubo mucha lluvia, a veces de larga duración, y un episodio intenso en los últimos 4 días, en los que una masa de aire frío se instaló en la zona, trayendo inestabilidad, temperaturas bajas, viento gélido y sensación general de no querer estar ahí fuera.
Por otra parte, septiembre es muy tranquilo y baja mucho la presión sobre las infraestructuras. Me sigue pareciendo un buen momento para caminar por los Alpes.
La lluvia como una batalla perdida
Soy consciente de que, cuando la lluvia insiste, no puedo ganar si el objetivo es mantenerme seco. Hace mucho que cambié el objetivo por otro más modesto, mantenerme confortable.
En este viaje, tuve dos buenas ocasiones de batallar. La primera, fracasé estrepitosamente. Cuando llegó la segunda, decidí dejarlo para el día siguiente y ponerme a cubierto. Eran las 10 de la mañana.
La gestión del tiempo lluvioso en las actividades de larga distancia es algo que me tomo como una tarea pendiente en la que tengo mucho que avanzar todavía.
La grandeza de los Alpes
A pesar de todos los esfuerzos humanos por estropearlo, el lugar sigue siendo grandioso. Paisajes inabarcables, preciosas montañas por todos los sitios. Nada que no sepamos ya pero no quería dejar de mencionarlo.
Una cara muy diferente de Suiza
Diferente de la que vi en mi previa y hasta ahora única visita a la región, en la que también caminé de este a oeste pero en una línea más al norte, a lo largo de la Via Alpina 1, donde encontré un ambiente híper-turístico, sin apenas trazas de su pasado rural.
No esta vez. A pesar de que los puntos de inicio y final presagiaban lo peor, resultó que había mucha diversidad por el camino, incluyendo aldeas con mucho más barro que plástico y cabañas de pastores en uso por pastores. Fue un alivio y, sobre todo, muy interesante.
Llegué a donde quería pero no por el lado que quería
Ésta duele un poco. Trabajé duro para llegar a Zermatt. Por lo que respecta a distancia, lo hice posible pero el tiempo invernal me hizo cambiar de ruta en los últimos tres días.
Mi idea era llegar a Zermatt desde el sur, lo que implicaba cruzar el punto más alto de la ruta en las últimas horas de viaje. Es el collado Teodulo, de más de 3000 m. con una corta sección sobre glaciar en la cara norte. Nada complicado en condiciones favorables pero con el potencial de convertirse en un problema en un momento en el que no tendría posibilidad de esperar a una ventana mejor. Tenía que llegar a Zurich al final de viaje para desde ahí volver a casa.
En la mañana del antepenúltimo día, al despertar, en zonas altas, me encontré con un panorama desolador: niebla, viento y nieve recién caída en la vertiente italiana. Estaba también al alcance del último paso para cruzar a Suiza antes del Teodulo. En ese momento, decidí cambiar de lado de las montañas y llegar a Zermatt por el lado suizo. Si la cosa se ponía fea, ya estaba en el lado bueno.
Durante dos días, la meteo se mantuvo inestable, las cumbres y collados estaban cubiertos por nube y no pude dejar de pensar en lo que me alegraba de no tener que cruzar ninguno más. El último día de viaje, el patrón se relajó un poco y, aunque seguía haciendo frío, ya no parecía tan amenazador y había visibilidad. Pude ver el Teodulo al fondo según me acercaba a Zermatt desde el norte y fui consciente de que podría haberlo hecho por allí. La línea de viaje dibujada en el mapa habría tenido un aspecto más lógico.
Recorrer territorio. La belleza del viaje a pie
Aventura, estilo centro-europeo
Esto no es más que la vieja historia del viaje a pie: empezar a caminar en un sitio y dirigir la brújula mental a otro punto tan lejano que resulta hasta raro pensar en llegar allí. Lo siento así en un viaje relativamente corto como éste, de dos semanas, casi tanto como en las rutas realmente largas de varios meses. Es el mismo proceso mental: pensar en el siguiente collado o el plan del día en curso, apenas más allá, y mantener el punto final como ese objetivo místico que es más una emoción que un lugar.
Independientemente de la escala, la aventura es exactamente esto: salir ahí fuera y ver dónde te lleva el viaje, tanto en lo físico como en lo emocional. Incluso en el entorno controlado de las montañas europeas, hay siempre elementos de incertidumbre, responsabilidad y comunión. Ambición y humildad. Todo ello, al ritmo del viaje a pie, algo que la mente humana comprende. Chúpate esa, vida moderna.




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