Nordkalottleden ya es oficial

Según la literatura local, Abisko es un lugar especialmente seco; al menos, en el contexto de una zona más bien húmeda como ésta y, de hecho, las cifras de precipitación anual son sorprendentemente bajas. Dicen que a causa de que las montañas bloquean la humedad que traen los vientos dominantes. Nadie lo hubiera dicho ayer, con ese cielo tan oscuro y toda la lluvia que me tuve que tragar pero hoy la cosa tiene mejor pinta. No como para cantar victoria pero hay casi tantos claros como oscuros y aparece el sol. El pronóstico, disponible en el tablón de anuncios, es tan ambiguo que es como no decir nada así que, para variar, no sé qué esperar para los próximos días pero, por el momento, la cosa ha cambiado a mejor.

En cuanto a los otros pronósticos, los cronológicos, los he superado todos. Eso son buenas noticias: ahora sí que veo posible terminar la ruta; no sólo posible sino al alcance de la mano, sin apreturas, lo que es importante de cara al momento en que pase por mi última vía de escape y el siguiente punto en el mapa sea Kvikkjokk. Sería terrible llegar a tal punto con prisas y dudas sobre si me dará tiempo a completar la ruta pero, si todo sigue como hasta ahora, me va hasta a sobrar tiempo. Aún así, y viendo como las gasta el clima lapón, me tranquilizaría tener un cierto colchón que, al principio del viaje, me habría sonado casi a lujo inalcanzable pero ahora ya no. O sea, que, sí, voy sobrado pero… para seguir sobrado tengo que evitar remolonear. Y eso implica que las “vacaciones” se me acaban hoy mismo.

De todas formas, me permito tomarme las cosas con calma. La cena de ayer no fue el único capítulo de la celebración y el desayuno de hoy es la también merecida segunda parte. El salón del restaurante es ese lugar donde dejar correr los instintos y las pasiones que, en estas circunstancias, tienen todo que ver con ese oscuro objeto de deseo que es la comida. Ninguna de las comodidades terrenales puede saber bien si falla la comida.

Los “deberes” que me quedan por hacer son las compras. Este es un tema delicado y sobre el que tengo que tomar una decisión algo comprometida: Abisko es la última civilización por la que pasaré. Desde aquí hasta final de trayecto en Kvikkjokk, sólo encontraré refugios. Son aproximadamente 400 kms. para los que dispongo de un máximo de 15 días pero el factor limitador no es ya el número de kms. que pueda cubrir por jornada sino la cantidad de comida que estoy dispuesto a llevar. Quince son muchos días. Demasiados. Llevar tanta comida es técnicamente posible pero, aparte del machaque físico durante las primeras jornadas, tanto para mi cuerpo como para la mochila, correría el riesgo de entrar en ese círculo vicioso de mala solución: si cargo mucho peso, no puedo avanzar al mismo ritmo, con lo que los quince días pueden ser más y, aparte de que me salgo del calendario, necesitaría más comida… hay que encontrar el punto de equilibrio.

Por otra parte, desde Abisko y hacia el sur, Nordkalottleden comparte traza durante bastantes kms. con Kungsleden, ruta mucho más popular y provista de ciertos servicios e infraestructuras ausentes en aquella. Ya iré viendo cuáles pero, por el momento, lo que me interesa es eso que dice la literatura sobre que algunos refugios pueden vender algo de comida pero es sólo una frase perdida en algún papel y, obviamente, no suficiente como para fiarme. En el mostrador de información me aclaran algo más pero… no mucho. Sí me aclaran qué refugios tienen provisiones en venta y cuáles no pero no me saben decir qué encontraré en los que sí.

Con todo esto, decido jugar sobre seguro: planeo un recorrido de 13 días y voy a llevar provisiones para 12. Espero complementarlas con lo que pueda comprar en los refugios pero, estrictamente hablando, seré independiente de ellos. En el peor de los casos (que no encontrara nada de comida), tendría que racionar y no sería muy agradable pero llegaría al final sin mayor problema. Doce días suponen mucha comida, casi 10 kgs, pero es algo que ya he hecho antes con esta misma mochila.

Hay una pequeña tienda en el mismo vestíbulo del hotel. Es cláramente temática y dirigida a un público muy concreto. ¿Qué pueden necesitar los inquilinos de Abisko? Pues… comida y material de montaña. Y eso es lo que venden, mitad y mitad. Sé que hay una tienda más grande, generalista, en la otra “sección” de Abisko pero intento evitarme la media hora de camino hasta allí: ¿podría reaprovisionarme en la tiendita del hotel? pues no pero ¡por poco! Les faltan un par de elementos clave. En una emergencia, me habría apañado pero doce son muchos días y es importante afinar bien con ese ratio múltiple: peso / calorías / gusto personal. Y la opción es tan sencilla como tomar las cosas con calma y caminar esos dos kms. hasta la otra zona de Abisko. Me llevo la mochila vacía; volverá llena.

Esta otra zona consiste en el típico combinado de gasolinera, bareto y supermercado más unas pocas casas y la estación de tren. El supermercado es grande y está muy bien, encuentro de todo lo que busco. En realidad, mis pretensiones son siempre modestas y es fácil dar con todo. No es casual: con el tiempo, he ido ajustando la comida que llevo de forma que sea fácil de encontrar en cualquier sitio. Lo único que suelo necesitar variar es la parte de mediodía, donde me gusta incluir algo de queso, embutido o carne seca, que no es lo mejor en cuanto a calorías por peso pero da un punto de variedad que me gusta tener. Esta mañana, los dependientes del supermercado reciben la que seguramente es la pregunta más rara que les han hecho en todo el verano: a ver, dime cuales de todas estas cosas se supone que son para comer crudas, tal cual…

En Abisko, encuentro un jamón de reno que, según me dicen, es un manjar y tiene pinta de ser lo que busco. Más vale que esté comestible.

Al igual que en Kilpisjarvi, dentro del propio supermercado hay servicio postal. No lo sabía de antemano pero he tenido la precaución de traerme los mapas usados, por si acaso, y me alegro de poder mandarlos para casa; especialmente, ahora que voy a tener que cargar mucho.

La mochila, efectivamente, vuelve llena hasta los topes pero ¡no apurarse!… una vez retire todos los embalajes, el volumen se me queda en menos de la mitad. Tengo tan automatizada la operación de re-empaquetado que ya lo hago sin pensar.

Estoy ya en horas centrales del día y Abisko se ha quedado un poco triste, lejos del trasiego constante de botas y mochilas de ayer por la tarde o de esta mañana, ahora está todo el mundo pateando por ahí y esto está muy tranquilo pero va llegando mi hora de salir también… no sin antes peregrinar una vez más por el pasillo hasta el salón del trono, esto es, el restaurante, para esa última comidota que ya no sabe tan gloriosa como las anteriores pero se hace psicológicamente imprescindible: van a pasar muchos días para que pueda repetir algo así. No es que eso sea malo pero, ya que tendré que cargar mucha comida, mejor meter cuanta más posible para dentro, donde no pesa tanto.

Es inmediato encontrar el paralelismo entre Abisko y Kilpisjarvi: el plan de estancia ha salido calcado y son lugares muy similares, poco más que un alojamiento junto a una carretera. Quizá Abisko ha resultado más compacto y acogedor, más enfocado al senderista. Aquí, había lavandería, una tienda bien provista, teléfono público y servicio de información sobre senderos, pronóstico del tiempo… montañeros bien atendidos. Y, al igual que en Kilpisjarvi, a la hora de salir, el sol gana sobre las nubes.

El pronóstico, de todas formas, es más bien regular. No catastrófico pero no va a hacer bueno. Aún así, soy consciente de que, al menos durante los dos primeros días, mientras me mantenga en el tramo compartido con Kungsleden, todo va a ser fácil, en comparación con lo visto hasta ahora, y voy dispuesto a continuar “de vacaciones” un rato más.

La mochila se lo ha tragado todo sin protestar mucho y, tras esperarme en ese vestíbulo que casi parece un parking de mochilas, se sube a mi espalda para retomar camino. No parece que pese mucho pero es que ahora estoy descansado. Es hora de salir otra vez ahí fuera, a enfrentarme con el inhóspito clima boreal y empaparme de todos esos sitios tan bonitos.

Y afuera salgo. Y, por los dioses nórdicos, afuera hace algo así como buen tiempo. Sol medio-continuo, temperatura medio-agradable y calma general. En mi hoja de ruta, recuerdo, aquella primera etapa, ya lejana, era la de la incertidumbre y el miedo escénico; después, un tramo más sosegado que, a la postre, ha tenido sus más, sus menos y algo más para traerme hasta aquí y, ahora, la tranquilidad de entrar en las autopistas senderistas del norte de Suecia. La seguridad del entorno “controlado” y mi propio bagaje ártico me colocan en esa posición de sentirme invencible… pero sigo siendo consciente de que, 50 kms. más al sur, mi ruta abandona la “seguridad” de Kungsleden para tomar un camino más tortuoso e incierto a través de las montañas que separan Suecia de Noruega, el Báltico del Atlántico, o como quiera que se llame el océano a estas alturas latitudinales. Ya no soy el senderista asustado de hace dos semanas pero, al mismo tiempo, sé que seguiré estando a merced de un tiempo incierto. En las montañas, siempre estamos a merced del tiempo, el atmosférico, el factor número uno que marca lo fácil, difícil o imposible de las cosas. Más, si cabe, en las altas latitudes. Y eso está bien.

Senderista al sol. Nótense los cubremochilas puestos (aquí, no hay sol seguro)

Kungsleden comienza con un bonito portal y letrero, buen lugar para la foto. Tan diferente de aquel austero y perdido comienzo de Nordkalottleden. Detrás, una amplia pista con dirección sur, a lo largo del valle que ocupa el pequeño parque nacional Abisko. Técnicamente, se trata de lo que vengo a llamar un “valle profundo”, esto es, arbolado, pero aquí no encuentro la dificultad que siempre ha supuesto este tipo de terreno: el sendero es demasiado bueno. Me cruzo con algún grupo que vuelve a “Abisko city” pero, para mi sorpresa, no muchos. Será por el día o por la hora pero la ruta sigue siendo austera en público.

La puerta de Kungsleden

Sólo un par de horas me separan del primer refugio, Abiskojaure, que no llego a ver apenas porque queda apartado del sendero. Dos horas que ya me han dejado hombros doloridos que piden un descanso. Por muy indestructible que uno se empiece a creer, doce días de comida son muchos kilos.

Dejo atrás Abiskojaure con creciente sensación de desamparo pero con la convicción de que tengo aún otro par de horas de camino que cumplir. Kungsleden abandona el valle principal y se cuela por otro más pequeño por el que empieza a ganar altura y a dejar atrás los árboles. Y, como no podía ser de otra forma, el cielo se empieza a cubrir de esa ya conocida película gris de nubes altas que, cual telón horizontal, van tapando todo vestigio de buen tiempo. Esta es una imagen ya familiar. No podía ser menos.

El pequeño valle desemboca en el ya tradicional altiplano, ese lugar evocador y espectacular en el que tanto me gusta estar. Las reglas del juego espacial han cambiado un poco, de todas formas: aquí, los páramos de altura están a 700-800 metros, lo que, en etapas anteriores, habría sido el paso alto entre dos valles. Y los montes que me rodean llegan hasta los 1700 y pico de ese que dejo a mi izquierda. Las montañas se van haciendo más grandes.

Empieza a llover. Era cuestión de tiempo, y no mucho. Como en días pasados, me sienta fatal. No ya por la lluvia en sí sino porque llegue en ese momento en que uno se empieza a sentir más vulnerable, con el día acabándose y buscando ya ese momento para hacer la transición entre sendero y campamento. De todas formas, si algo ha cambiado es que llevo casi dos semanas pasando por esto y ya me voy sabiendo el guión: la lluvia es suave, fina y fría… y sé que parará.

Un pequeño descenso me abre panoramas hacia el este, hacia esa serie de lagos que componen la postal perfecta, otra más. Es la hora, ya tengo el marco perfecto y sólo me falta un huequín plano, seco y parapetado. Y una tregua en la lluvia. Y como, en la naturaleza, a menudo, todo fluye de forma suave y no traumática, he ahí mi hueco y mi tregua. Sólo media hora antes, hubiera agradecido un techo; ahora, soy feliz, una vez más, de estar junto a mis paredes de nylon en el sitio más bonito del mundo.

Ahpparjavri

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