Distancia: 22 m / 36 km. Acumulado: 1174.5 m / 1890 km
Es curioso que, en la línea de ayer, todo parece como un paseo por el parque por estas montañas pero no me cabe duda que la sensación viene de la comparación (siempre odiosa) con lo anterior. En realidad, seguimos alrededor de los 2500 metros de altitud y el paisaje es bonito: bosques, lagos… la ruta sube y baja y hasta cruza alguna ladera aérea donde un nevero aconseja un rodeo y otro más obliga a una travesía corta pero delicada. Curioso porque la nieve parecía ya olvidada y, de hecho, encuentro muy poca pero en puntos muy clave.
La Dirty Dozen se va disgregando de forma natural. Rolling Thunder, Three Gallon, Sunny y Tadpole han descubierto algo muy poderoso que les une: a ninguno le gusta madrugar; y ahora caminan juntos. De hecho, me alcanzan a media mañana, y eso que yo tampoco soy de los que sale de campamento en semipenumbra. Lo otro que les une es que a los cuatro les gusta caminar a toda leche. Yo estoy en fase de relajación y prefiero tomármelo con más calma y, hacia mediodía, se me escapan para no verles más.

Tierras volcánicas en Mokelumne Wilderness
Hay que cruzar numerosas pistas y hasta una pequeña carretera y eso fastidia un tanto esa sensación tan bonita del PCT de estar lejos de todas estas cosas. En este caso, es consecuencia de una zona de transición entre macizos contiguos, con menor altitud y muchos lagos, muy bonitos y que atraen público motorizado.
El PCT vuelve a ganar altura y, aunque se mantienen a la vista las pistas que dan acceso a los lagos más populares, ahora ya van quedando lejos. Es más, el sendero afronta la travesía de una zona de perfiles muy alpinos, con mucha nieve aún y, encima, mientras se prepara una tormenta… definitivamente, nada parecido a un paseo por el parque.

Sea como sea, todo sigue siendo bonito
Es necesario cruzar una gran hoya, cabecera de un valle, llena de nieve y la orientación se complica un poco. Nada serio pero, en ese tramo, los truenos empiezan a sonar cercanos y se pone a llover, con lo que la escena se pone un poco fea. Afortunadamente, la tormenta aún no tenía mucha energía, de forma que nunca llega a llover fuerte y, al rato, se detiene, mientras las nubes se empiezan a abrir. En esto, salgo de la mencionada hoya para ver que aún queda una última dificultad: un flanqueo en una ladera empinada cubierta de nieve.
Justo en el momento en que me acerco, veo a otro senderista que sigue la exhigua traza en sentido contrario al mío y me le cruzo al borde de la nieve. Resulta ser un antiguo thru-hiker, de la temporada 2004, que ha salido para el fin de semana (hoy es viernes) y, como sabe que hay thru-hikers por aquí, trae regalitos… on-trail magic. Me llevo algunas cerezas.
Me cuenta, también, que mis ex-compis van sólo como una hora por delante de mí, aunque no me voy a esforzar por alcanzarles.
El mencionado flanqueo es expuesto pero sencillo; hay traza y la nieve no está dura pero doy un último uso al piolet, cuando ya no esperaba volverlo a descolgar de la mochila.
Un poco más allá, alcanzo el lugar donde esperaba pasar la noche y me encuentro, encantado, con que es un sitio precioso: un pequeño lago, colgado encima de un valle, al borde mismo del talud, intermitentemente rodeado de bosque y en un entorno abierto y con preciosas vistas de picos aún parcialmente nevados. Uno de los lugares más bonitos en los que he pernoctado, uno de estos que recarga las pilas para esos momentos que, por la razón que sea, resultan duros. Cuando llegas a un enclave como Frog Lake y pasas el último rato del día allí, contemplando el lugar a las luces del atardecer, es como si todo mereciera la pena. Y es que, de hecho, la merece. Y apenas hay mosquitos.

Frog Lake, otro lugar perfecto
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