Porque tenía que hacer algo con todas las fotos que saqué…

Recién llegado
Llegué a Cuenca a media mañana de un sábado y comencé a caminar directamente. Cuenca está muy bien para empezar un viaje a pie, la ciudad es pequeña y mi ruta prevista tomaba un sendero nada más cruzar la muralla. Desde la estación de tren, tenía que empezar por cruzar el casco viejo, que es muy atractivo, situado en un cerro en la confluencia entre el Júcar y su afluente Huécar. En el talud de este último es donde se encuentran las famosas casas colgantes. El conjunto de la parte vieja es muy interesante, con mucha cuesta, calles adoquinadas y arquitectura tradicional, culminando en la plaza y la catedral.

Cuestas del casco viejo

Catedral

Plaza Mayor
El ambiente es raro, como corresponde a tiempos de pandemia. Hay algo de turismo pero supongo que mucho menos de lo habitual. Quizá lo extraño de la situación esté también en mi mismo, que no me siento cómodo pasando por aquí en estas circunstancias. Cruzo la ciudad a buen paso y sin parar, llevando mi ultra-pesada mochila como si no fuera el monstruo peludo en el que se convertirá en las próximas horas/jornadas. Aún puedo con él.
Nada más salir de la muralla, puedo ya tomar un sendero marcado. Al contrario de lo habitual en zonas de montaña populares, los senderos aquí no parecen estar construidos ex-profeso sino más bien, preferentemente, señalizados sobre pistas y caminos existentes. También parece que, cuando hay algún hueco sin cubrir, quienes hayan diseñado las rutas no parecen tener problema en mandarlas por una carretera asfaltada, lo que no es agradable, aunque sea sólo un rato. Es aquí donde la ausencia general de vallas en el territorio empieza a resultar útil en la práctica porque puedo evitar un tramo de asfalto tomando un bosque-a-través fácil. El piso puede ser irregular pero, a no ser que tengas mucha prisa, resulta mucho mejor que caminar por una carretera.

El Sendero Castellano-Manchego, con el que coincidiré en varias ocasiones a lo largo del viaje

Bosque a través
La ruta sube directamente a la meseta. Se aproxima un frente que no llegará hasta el día siguiente pero ya se nota la inestabilidad, está nublado y hace frío. Buen tiempo para caminar pero no para estar parado. Hay breves momentos soleados pero no duran mucho. El paisaje es abierto y con vistas amplias, a pesar de ser boscoso, pero los árboles son pequeños y no están muy juntos. En lontananza, más mesetas y más bosque.

Las tierras altas
Esto es la Serranía de Cuenca, un lugar maravilloso que durante muchos años, para mí, sólo fue un nombre en los libros de texto. Desde que lo visité por primera vez y le puse cara, se convirtió en algo importante.
Hago un tramo bosque a través entre pinos, sabinas y arbustos, trazando un rumbo en línea recta hacia una pequeña laguna que aparece en el mapa, y aprovecho el momento para recordar una pequeña historia: justo un año antes, en octubre de 2019, me encontraba recorriendo el Continental Divide Trail en Nuevo México, pensando recurrentemente cuánto se parecía el paisaje nuevo-mexicano al de las zonas de montaña de interior de nuestra península y recordando, concretamente, sitios como la Serranía de Cuenca. Ahora, un año más tarde, vivo el proceso inverso y me siento transportado a las mesetas y montañas de Nuevo México, especialmente cuando llego a la lagunilla y veo que es un depósito de agua, supongo que para el ganado. Esto, que no he visto mucho en España, es muy común a lo largo de la divisoria en Norteamérica y me ayuda a cerrar el círculo. Grandes recuerdos.

Un poco de campo a través

Depósito de agua
Tomo una pista, una de las muchas que cruzan la zona. A pesar de lo relativamente humanizado del ambiente, esto es muy solitario, queda lejos de pueblos y carreteras. Según se va poniendo el sol y la temperatura cae en picado, busco refugio en algún árbol frondoso que me proteja del viento y la condensación y elijo una sabina grandota aunque no sirve de mucho: en cuestión de minutos, el toldo está empapado.

El suelo calizo y el tapete verde

Puesta de sol

Sabina y toldo
El segundo día amanece oscuro y frío, como anunciaba el pronóstico, aunque no se espera lluvia hasta la tarde. La zona que viene a continuación es de las que espero con más ganas y me gustaría que fuera una parte memorable del viaje pero no consigo adaptarme bien al tiempo desapacible. Es raro porque las condiciones no están mal para caminar pero tengo que aceptar que no me encuentro cómodo. En ocasiones así, ya sé lo que tengo que hacer: seguir adelante y esperar momentos mejores. Los habrá.
Tengo que bajar de las mesetas para cruzar el valle del Júcar y luego subir de nuevo a la siguiente sección de tierras altas. El Júcar está aquí en su curso alto, fluyendo hacia el sur antes de torcer hacia el este y dirigirse al Mediterráneo. Mañana cruzaré la divisoria Atlántico-Mediterránea hacia la cuenca del Tajo. Por el momento, un área recreativa junto al Júcar me viene muy bien para descansar porque tiene un pequeño techado de tres paredes que me protege del viento. Es pronto aún pero comer, descansar y entrar en calor es justo lo que me hacía falta.

Descenso hacia el valle y mi única compañera en este viaje

El Júcar
Durante la parada, echo un vistazo al mapa y veo un refugio que coincide con mi ruta y al que llegaría hacia el final del día. No hay muchos refugios forestales en esta zona y no tengo claro que vayan a ser de uso público pero éste, concretamente, cae al lado de un GR y, por la representación, tiene pinta de serlo. Si no, la zona me serviría para acampar tan bien como cualquier otra.
La perspectiva de un sitio protegido al final del día me anima mucho y retomo el camino con buena motivación para subir a la meseta de nuevo, caminar a buen ritmo e intentar llegar a cubierto antes de que se ponga a llover.

Vista atrás, sureste
Alterno algo de bosque a través con pistas de calidad variada, cruzando pinares, algunas zonas de prado y otras aclaradas de árboles por la explotación forestal. El sol se asoma un momentín pero no da ni para decir hola, es evidente que las nubes van a ganar hoy. Atravieso una cresta con vistas amplias hacia el suroeste.

Pinares

Pradera

Explotación forestal a lo largo de la pista

Vista atrás
Pasada la cresta, desciendo a una zona muy bonita de prados bordeados por pinar o chopera. Sería estupenda para plantar la tienda pero, en las circunstancias del momento, me alegro de encontrar el refugio y verificar que está abierto y es de uso público.

Prado y pinos

Prado y chopos

Refugio forestal
El refugio es básico pero está en buen estado, seco y limpio. Media hora después de llegar, empieza a llover, una lluvia densa y gélida. Caería durante buena parte de la noche. También sopló el viento, con rachas que aullaban entre los árboles, momentos en los que me alegré especialmente de estar bajo techo. Pernoctar al aire libre es una de las partes que más me gustan del viaje pero no tengo ningún problema en acobardarme e irme para dentro si hay ocasión y las circunstancias se ponen difíciles.
La mañana siguiente sigue siendo oscura y gélida pero al menos ya no llueve. Según asciendo al que va a ser el punto más elevado de la ruta, a unos modestos 1700 metros, la temperatura desciende por debajo de cero y la única forma válida de estar en el mundo es en movimiento. Llevo una buena pista y el bosque me mantiene protegido.

Sigo por la Serranía de Cuenca
La siguiente bajada de la meseta al valle es en el borde norte de la Serranía de Cuenca, que ya dejo atrás, listo para la siguiente unidad geográfica de este viaje. Camino a lo largo de un prado que tiene pinta de ser natural y me recuerda mucho a paisajes parecidos de montañas similares pero mucho más silvestres, como las de Norteamérica, en línea con los recuerdos de mi viaje de 2019 y otros anteriores.
Por fin, dejo atrás las tierras altas para tomar un estrecho valle donde vuelvo a coincidir con un sendero catalogado. El ambiente es radicalmente diferente, cerrado y de vegetación densa, la vista no va mucho más allá de unos pocos metros. Me alegro de tener un buen sendero en este tramo.

Un prado como los de Norteamérica

Sendero a través del bosque cerrado
Emerjo de la reclusión en un valle somero y amplio en la cabecera del río Cuervo, lo que confirma que ya he cruzado la divisoria de aguas y ahora miro al Atlántico. El Cuervo es afluente del Tajo, que no está lejos. El valle está completamente ocupado por campos de cultivo. A 1300 metros de altitud, imagino que el clima no es ideal pero supongo que una zona llana de ribera bien vale un poco de frío en invierno. En el lado opuesto del valle hay una hilera de pequeños pueblos.
Las nubes empiezan a romperse, se cuela el sol y yo puedo empezar a quitarme capas.

Campos de cultivo

Vega del Codorno
El valle se estrecha de nuevo mientras sigo el curso del Cuervo aguas abajo y vuelvo a la reclusión. El río ha excavado un notable cañón de paredes calizas y, de nuevo, me veo caminando por las montañas de Nuevo México en el Continental Divide Trail un año antes; esta zona me recuerda mucho a la Black Range y al cañón del río Gila y, aunque el Cuervo y su entorno no son tan silvestres y remotos como todo aquello, el ambiente es sorprendentemente similar. Tengo incluso episodios de árboles caídos atravesados, aunque mucho más modestos que en Norteamérica.

Bloqueos modestos

Paredes calizas
Hice un esfuerzo consciente por alejarme del fondo de valle para acampar un poco más arriba, en la ladera, para evitar el aire frío que se suele acumular en condiciones de meteorología estable. Entre eso y la protección de los árboles, esperaba mantener el toldo seco pero, qué va: en cuanto se fue el sol, la temperatura descendió mucho y empezó a aparecer la condensación por todos los sitios, se mascaba en el ambiente y, por supuesto, toldo mojado en minutos. Hay veces que no hay más remedio que aceptar que es inevitable.

Bajo los pinos
Por la mañana, la temperatura había vuelto a bajar por debajo de cero y tuve que recordarme todas las buenas razones de estar haciendo esto para animarme a salir del saco y recoger campamento.

Frío mañanero
Continúo río abajo, el valle se amplía y aparecen robles que van tomando el sitio de los pinos y llenan el ambiente de colores de otoño. La inestabilidad de días anteriores ha desaparecido por completo y se percibe una calma inédita hasta ahora en el viaje. Sigue haciendo frío pero ahora resulta mucho más llevadero y puedo anticipar que, en cuanto empiece a dar el sol directo, la temperatura será mucho más templada.

Cañón en el río Cuervo

Colores de otoño
Por primera vez en el viaje, voy a pasar por un pueblo. No me agrada hacerlo pero es la forma más sencilla de conseguir agua potable en una zona en la que no me puedo fiar de la del río, después de que haya pasado por zonas de cultivo. Santa María del Val, en el norte de Cuenca, es muy pequeñito y no espero encontrarme con mucha gente, quizá nadie. Me pongo la mascarilla y voy directo a la fuente, donde lleno botellas antes de terminar de cruzar el casco urbano y continuar camino.
Después de tanto tiempo sin salir de donde vivo y en la relativamente nueva situación, por entonces, de la Segunda Ola, me intrigaba, a la vez que me intranquilizaba, saber qué me iba a encontrar en los pueblos, sitios como éste donde no creo que reciban muchas visitas, ni siquiera en un año normal. ¿Se enfadaría la gente al verme? ¿Me lo harían ver? La actitud de la población local no iba a cambiar los riesgos objetivos, ni para bien ni para mal, pero sí afectaría a mi estado de ánimo. En Santa María del Val, no me acerqué a nadie, vi a algunas personas mayores dando un paseo y la única interacción verbal fue con una señora que, desde la puerta de su casa, me saludó e hizo un comentario sobre el tamaño de mi mochila, algo de lo más normal. El ambiente parecía muy relajado y salí del pueblo algo más tranquilo de lo que estaba cuando entré.
Pasado el lugar, mi ruta dejaba el valle para volver a las mesetas y ofrecer una buena vista de Santa María del Val en su emplazamiento y bajo una bonita luz de mañana de otoño.

Santa María del Val

Santa María del Val, Cuenca
La siguiente sección es por meseta pero no tan elevada como en días pasados y el ambiente es diferente: es una zona habitada, con varios pueblos en un radio corto y cultivos a la vista. Quedan trozos de bosque pero el entorno es principalmente páramo seco, muy bonito a la luz otoñal, con la atmósfera recién lavada.

Los páramos
La zona tiene una pequeña red de senderos locales montados alrededor de varios puntos de alto interés, una serie de dolinas enormes. Las dolinas son formaciones típicas del terreno calizo, agujeracos que se formaron por disolución de la roca, inicialmente en el subsuelo hasta que se desplomó el techo y han quedado a cielo abierto. Paso por un par de ellas pero no os las voy a enseñar, su diámetro requeriría una imagen aérea o al menos un gran angular, que no tengo. Las fotos que hice no consiguieron captar la esencia del lugar.
Durante un rato, tengo señalización abundante.

La franja blanca es común
Alrededor de mediodía, paso por mi segundo pueblo, Masegosa, todavía en Cuenca. Sólo veo a un par de personas a lo lejos. Lleno botellas para lo que queda del día y sigo adelante.

Masegosa
Ya no habrá más pueblos hasta pasado el Tajo y la frontera provincial entre Cuenca y Guadalajara. Al norte de Masegosa, el terreno se vuelve a elevar y retorno a un ambiente más montañero, solitario y boscoso. Será también la última zona de alta meseta antes de bajar al Tajo, cuyo valle aparece ya como una profunda muesca en el terreno.

Me alegro de estar entre pinos grandes otra vez

Mesetas y el valle del Tajo
Cruzar el Tajo será para el día siguiente. Según se pone el sol y la temperatura desciende, busco un hueco confortable en el pinar.

En el bosque se duerme muy bien
El Alto Tajo es, sin duda, la zona más conocida de esta región desde el punto de vista recreativo y una que conozco de visitas previas. En esta ocasión, lo afronto desde una perspectiva nueva, perfectamente adecuada a su nombre: en mi tránsito por las tierras altas, me encuentro con un corte de 400 metros de profundidad que el río ha excavado en las mesetas. Eso es, un tajo.
Mi camino de bajada es una amplia pista que tiene hasta pretil. En las laderas, los robles acompañan a los pinos, poniendo, una vez más, color en el ambiente.

La pista de bajada

El valle del Alto Tajo
Llego al cauce a la altura de un puente peatonal que me encuentro cerrado por riesgo de desplome, de acuerdo a las señales. A la vista, no se aprecia nada roto o en mal estado pero vaya ud. a saber. Unos metros río abajo, hay un buen vado donde el agua no pasa de la rodilla, la corriente es suave y el piso, regular y firme, con lo que puedo cruzar descalzo y mantener las zapatillas secas.

Puente clausurado sobre el Tajo

El Tajo Verde
El río marca la frontera entre Cuenca y Guadalajara.
Una vez en la otra orilla, me reencuentro con el GR 66 que, aquí, durante un tramo, comparte camino con el 10. Pronto me separo de ambos para tomar un curso monte a través en la subida que me lleva de vuelta a las mesetas.

Senderos GR 10 y 66

Bosque a través
El siguiente hito en la ruta es Terzaga, mi primer pueblo en Guadalajara, pequeñito, situado a 1200 metros, rodeado de campos de cultivo. Ya es media tarde y, como de costumbre, mi objetivo es la fuente. Lleno botellas para el resto del día y lo que haga falta del siguiente.

Bajando hacia Terzaga

Terzaga

Fuente en Terzaga, Guadalajara
Lo he utilizado como nombre para este viaje: el hecho de que, en esta región, el territorio no está vallado, algo importante y cuyo valor es fácil de comprender desde la perspectiva de otras muchas zonas donde no es así. La ausencia de vallas contribuye a la conexión con el lugar, seguro que desde muchos ámbitos y, sin duda, desde el del viaje a pie. La sensación de libertad de poder caminar por donde elijas es de un valor sutil y, al mismo tiempo, incalculable. Es en este contexto cuando, al final de mi quinto día de marcha, me encuentro con ¡una valla! que, además, delimita algo tan feo como una finca de caza y cuya puerta corta la pista que iba siguiendo.

Una valla
Tuve que rodear la finca, alterando mi ruta prevista por lo que quedaba de día y parte de la mañana siguiente, aunque nada dramático. El resto de la jornada, de hecho, me llevó por mi terreno favorito en esta región, una meseta boscosa con mezcla de pino, encina y sabina. Al ponerse el sol, busqué, como de costumbre, un árbol frondoso que me protegiera de la condensación y, como de costumbre también, en este viaje, no sirvió de mucho: toldo empapado por fuera y por dentro ya antes de irme a dormir.

Sombras largas en la meseta boscosa

Hoy toca encina
Amanece con el páramo envuelto en niebla, lo que le da un ambiente místico y frío. Lo místico me gusta y a lo frío ya me he acostumbrado. De todas formas, el pronóstico da sol para más tarde y, con la confianza de saber que la niebla es un fenómeno local y no va a llover, sigo adelante.

Amanecer gris

Me gusta la niebla
El próximo hito es la comarca de Molina de Aragón, el único pueblo grande por el que voy a pasar en el viaje. A estas alturas, tengo diseñada ya una última actualización de la ruta que me permitirá mantenerme dentro de los límites de la Comunidad Autónoma, de acuerdo a las regulaciones del momento, y llegar a una estación de tren al final del día 9, con lo que aún me queda mucho por caminar. La región del Señorío de Molina va a ser la más baja en altitud y más poblada de la ruta, con varias pequeñas aldeas a la vista. Aún hay niebla cuando paso por Tierzo para hacer la obligada visita a la fuente.

Tierzo

Agua limpia

La iglesia de Tierzo
Es un valle amplio, somero, alrededor de los 1000 metros de altitud y con un paisaje dominado por los cultivos, radicalmente diferente de las colinas boscosas que, hacia el norte, marcan la divisoria de aguas Altántico-Mediterránea. Cuando de disipa la niebla, el paisaje se ilumina.

Tierras del Señorío de Molina
A pesar del nombre, Molina de Aragón está en Guadalajara; formalmente, Castilla. Fue una ciudad importante, como evidencia el pedazo de castillo que corona la colina que domina el pueblo:

El castillo de Molina de Aragón
El casco viejo es muy interesante, con sus calles estrechas de otros tiempos; aquí, el número 24 de una de ellas:

Molina de Aragón
Tengo provisiones para llegar hasta el día 9 pero todavía falta mucho para entonces y prefiero aprovechar ésta mi única oportunidad de reaprovisionar así que hago una breve incursión en una tienda antes de retirarme discretamente. Si no me sentía cómodo en pueblos pequeños, podréis imaginar que, aquí, en uno grande, menos aún.
Nada más salir de Molina, subo a una línea de colinas que marcan la divisoria. Al sur, la cuenca del Tajo; al norte, los ríos fluyen al Ebro. En esa dirección, tengo a la vista tierras de Aragón y una de las típicas estampas ibéricas: campos de cereal, pueblos donde vive la gente que trabaja en los campos y montes al fondo. Siempre hay montes.

Campos de cereal entre Castilla y Aragón
Camino rodeado de árboles, con los robles tomando paulatinamente el sitio de los pinos, y es en un denso pinar donde encuentro hueco para ponerme cómodo y pernoctar.

Prado y robles

Un hueco entre los pinos
La mañana del día 7 reproduce el patrón de baja temperatura y mucha humedad. Para que veáis que no exagero, esta vez, le hice una foto:

Condensación en el toldo
Repito también la tarea diaria de recoger un toldo empapado con temperaturas bajo cero, las manos congeladas y la certeza de que el sol templará el ambiente en cuanto se levante un poco más.

Amanecer en el bosque
Continúo a lo largo de la línea de colinas sobre la divisoria y una amplia pista. Aprovecho un poste solitario para apoyar la cámara y poder hacer una foto en la que salga yo:

No es fácil hacer auto-fotos cuando caminas solo
Es una zona seca y los robles, pequeños y dispersos, alternan con arbustos y algunas encinas. En las laderas, los árboles están más juntos y camino por un túnel de color.

Robles pequeños y dispersos en lo alto

Colores de otoño
Hacia media tarde, llego al punto en el que abandono mi plan de ruta original. Hacia el norte está Aragón y un cierre perimetral, necesito seguir en dirección oeste sin salir de Guadalajara. Abandono la divisoria por última vez en el viaje, aunque seguiré un rumbo paralelo.
Bajo al valle y cruzo Selas, otro pequeño pueblín donde, como siempre, lleno botellas antes de continuar para subir a las tierras altas de nuevo.

Selas
La siguiente sección montañera es una de estas tan bonitas, una meseta caliza con la habitual cobertura de pinos, encinas y sabinas; esta vez, acompañadas de algún roble, ambiente solitario y la preciosa luz del atardecer.

Meseta boscosa y solitaria, uno de mis ambientes favoritos de este viaje
Me encantaría acampar aquí pero la disciplina del viaje me dice que mejor aprovecho el último rato de luz para avanzar lo más posible y esta vez no lo tengo que lamentar, el final del día coincide con un estupendo robledal. Me quedan diez minutillos para airear las cosas de dormir antes de que empiece otra vez el ciclo de condensación masiva.

Pernocta en el robledal
Cambio de entorno para la octava jornada en la que, en lugar de las habituales colinas o mesetas, mi ruta va por un valle. Ésta es la parte de ruta que he tenido que improvisar y el entorno sigue siendo interesante y muy solitario. Los charcos siguen congelados a mediodía si aún no les ha dado el sol y el barro de los tramos húmedos me deja unas buenas colecciones de huellas. Ésta creo que es de zorro:

Probablemente, zorro
Y ésta, más pequeña, diría yo que es de un tejón:

Yo diría que es de tejón
Me encantan las huellas. Son, habitualmente, el contacto más directo con la fauna y la mejor forma de saber que esos animalillos están ahí, aunque verlos sea poco habitual.
El valle se estrecha hasta formar un pequeño cañón. Tiene un pequeño arroyo y vegetación frondosa, comparada con la de las laderas y lo que queda por encima, mucho más seco. Junto al cauce hay chopos y olmos y me gustó especialmente éste:

Viejo olmo

El valle se estrecha hasta formar un pequeño cañón

Agua corriente en tierras de secano

Colores de otoño
Pasada la cabecera del valle, emerjo entre campos de cultivo. Me intriga el pueblo que viene a continuación, Santa María del Espino: sobre mapa, aparece pequeñito, situado al final de una carretera secundaria, aunque luego veo que han asfaltado también la salida por el otro lado. Probablemente, no vaya a ser muy diferente del resto de aldeas por las que he pasado pero ésta, por lo que sea, parece más remota y me mola el nombre.
Situado en un pequeño resalte, la calle principal es del ancho de un carromato y en la plaza fluye la fuente.

Santa María del Espino

Santa María del Espino

Santa María del Espino
A continuación, vuelvo al monte y al bosque de pinos grandes. Estos, concretamente, deben ser ricos en resina porque un poco más adelante me encuentro con trabajos de extracción.

De vuelta al bosque
Una última pernocta en bosque mixto donde, por alguna razón, el suelo está tan suelto que cuesta mucho dar tensión al toldo sin que las piquetas salgan volando. No va a hacer viento ni va a llover pero sí necesito un techo para que, al menos, se quede con la humedad y me mantenga seco a mí.

Última noche en el sendero
El último día va a ser menos silvestre pero aún atractivo. Estupenda luz a primeras horas de la mañana, con un cielo que es una mezcla perfecta de azul y blanco. Mientras, los ciervos, dejando huella.

Mañana luminosa

Ciervos, supongo
Tengo que cruzar la A2, que merece mención por lo vacía que está. El tráfico viene a ser de dos vehículos por minuto. No echo de menos el ruido.

Autopista vacía
Para el resto del día, cuento con un GR, una de las ramas de la Ruta del Cid. Los caminos son similares a los que he seguido hasta aquí pero ahora tengo señales en los cruces. Campos de cereal, balas de paja apiladas y una sesión de secado de toldo húmedo al sol de media mañana.

Campos de cereal

10 pisos

Secando las cosas mojadas
Sigue habiendo árboles. En este terreno ondulado, las zonas bajas están cultivadas y en lo alto quedan los restos de lo que debió ser el gran bosque ibérico, mayormente encinas.

Dehesa de encinas
Me acerco a Sigüenza, mi destino final. La recordaba, de previas visitas en el tren o en la bici, en un entorno semi-árido así que me sorprende agradablemente el estupendo pinar que cruzo según desciendo hacia la localidad. Más abajo, formaciones rocosas casi arquitectónicas y, como gran novedad, por primera vez en todo el viaje, me cruzo con gente. Es domingo a mediodía y hay varios grupos de caminantes dando un paseo.

Pinares en la aproximación a Sigüenza

Arenisca y chopos
Sigüenza ha explotado en tiempos recientes su carácter medieval y tiene buena base para ello. La ciudad se ubica en la ladera de una colina coronada por un espectacular castillo. Si le pides a un peque (o a mí) que dibuje un castillo, le saldrá algo parecido al de Sigüenza. A mí casi que me impresiona más el trazado urbano, las calles estrechas en cuesta o los edificios de piedra. Todo ello culmina en la plaza porticada y la catedral.
En esta ocasión, y por lo de siempre, el viaje no puede terminar con estilo, léase, un paseo relajado y un plato de cuchara en un bar, pero lo acepto con deportividad, no es momento para todo ello y ya lo sabía cuando salí de casa.

El castillo de Sigüenza

Ciudad medieval

Calle del casco antiguo
El viaje por la Iberia Sin Vallas resultó complicado en múltiples aspectos, mayormente relacionados con la situación sanitaria y el estrés asociado, afectando tanto al plano físico como al emocional. En la parte física, llevé bastante más peso del habitual en una espalda poco preparada, después de muchos meses sin cargar una mochila, y las consecuencias me afectaron a lo largo de toda la ruta. El peso más grande, sin embargo, creo que fue el mental, la carga de estar haciendo algo que sin duda no era lo ideal, pensando en el común, quizá ni siquiera lo correcto, por mucho que me ateniera a las normas que, en el fondo, no son más que un marco general sobre el que tomar nuestras propias decisiones. Salí de casa siendo plenamente consciente de este conflicto y preparado para llevar conmigo la carga emocional pero eso no evitó que fuera pesada y, ciertamente, afectó a mi experiencia viajera.
En retrospectiva, puedo decir que no me arrepiento. El común es un factor fundamental en la toma de decisiones pero no el único y el plano personal también importa. Había llegado un momento en el que realmente necesitaba salir ahí fuera y estar en la naturaleza y aproveché una ventana de oportunidad después de mucho tiempo de abstinencia, igualmente consciente. En un aspecto en cierto modo más retorcido, aproveché la situación para darme a mí mismo la oportunidad de hacer este viaje, hasta entonces sólo una idea postergada por otras con más glamur. Este viaje ha supuesto un hito, por su propio interés intrínseco y por la perspectiva que me da sobre otros viajes, pasados y futuros, en casa y lejos de casa.
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