En el verano de 2025, volví a Noruega para otro viaje de calidad. En esta ocasión, a la mitad sur, la parte gorda del país, para recorrer la divisoria de aguas, Norges Ryggrad. Empecé en Jotunheimen, la principal región montañosa, para seguir por Skarvheimen, Hardangervidda, las mesetas de Ryfylke y finalizar en la cabecera de Lysefjord, ya en la región de Stavanger.
Esta es la historia de los días 4 a 7, en los que caminé a través de la región de Skarvheimen.
He pasado por tantos episodios meteorológicos en Noruega en el pasado que casi me cuesta creer lo favorable que ha sido el tiempo en este viaje desde el día 1. Según salgo del saco en la mañana del día 4, no hay ninguna señal de cambio en la meteo y esto me mantiene en pleno subidón emocional.
Me encuentro a poco más de 1000 m según camino a lo largo del represado lago de nombre Tyin y, a esta altitud, el terreno me recuerda a rutas previas con largos tramos comparables: vegetación herbosa y los inevitables fangales. En esta ocasión, no voy a pasar mucho rato a esta altitud y consigo escapar con pies casi secos para llegar a la presa, la carretera 53 y una multitud disjunta de chalets vacacionales.
Elaborando en la foto previa, me resulta interesante pensar que ese vacío detrás de la nube rastrera lleva a Ardalsfjorden, agua salada en los últimos confines del gigantesco Sognefjord, y recuerdo un viaje anterior en aquella zona, tan anterior como 2014, cuando recorrí la región de los fiordos en bici. Me gusta esto de unir puntos en el mapa y verlos, o casi, en el terreno.
En esta ocasión, la ruta caminera me lleva hacia el sur en ascenso progresivo de vuelta a las tierras altas. En la cota 1300, la vegetación aún domina sobre la roca y comparto mi punto de parada para comer con las ovejas locales. Comparto sólo el sitio, no la comida.
Una vez en las tierras altas, el relieve es suave, como de costumbre. Una ascensión de apenas 100 metros verticales para cambiar de cuenca es suficiente para revelar vistas amplias hacia el norte y las montañas de Jotunheimen, por las que he caminado en los días previos.
Es una divisoria muy menor la que cruzo pero la sensación es de decir definitivamente adiós a lo que ha sido la primera sección del viaje y concentrarme en lo que queda por delante, rumbo sur. Para empezar, una corta travesía por zonas altas antes de descender a un valle con la altitud justa para sostener algunos árboles. También hay una carretera y un grupo de casas más bien disperso pero lo suficientemente denso como para parecer un pueblo. De hecho, el lugar tiene incluso nombre propio, Kyrkjestolane, y la carretera es la E16, la principal ruta este/oeste del país. Me cruzo con ella a tiro de piedra de la divisoria y apenas por debajo de la cota 1000.
Éste será el sitio habitado más grande por el que pasaré hasta final de viaje en Lysefjord y ésta será también la carretera más importante que cruzaré. Hay algo de tráfico pero, en una tarde de martes, no cuesta mucho ver sólo asfalto vacío. Es un buen ejemplo de lo que significa Noruega.
Tenía cierta esperanza de que hubiera algún tipo de café y estaba listo para darme un pequeño homenaje así que me llevo la primera e insignificante desilusión del viaje cuando encuentro que, efectivamente, hay uno pero está cerrado los martes. Es demasiado obvio que no tiene importancia, la meteo sigue siendo casi perfecta y tengo todas las razones del mundo para seguir adelante y parar a descansar, comer o lo que se tercie cuando y donde quiera. Era sólo un capricho.
Continúo camino con un poco de bosque de abedules que aquí están cerca de su límite altitudinal.
La siguiente sección de montañas es de acceso sencillo en suave subida hasta la cota 1300 sobre un buen sendero a través de terreno herboso. Se pone un poco más alpino en la subida a un collado desde donde tengo una última vista al norte hacia los picos de Jotunheimen.
Hacia el sur, veo terreno relativamente resguardado en la base de una montaña de paredes verticales y es fácil intuir que será un buen sitio para acampar. A todo esto, sigue haciendo mucho viento y conviene buscar un sitio protegido para pasar la noche.
Será el campamento más frío de todo el viaje.
Por la mañana, la tienda estaba cubierta de escarcha y la lectura del termómetro era concluyente:
Ya me conozco a este termómetro y sé que se le va la olla cuando la temperatura es inferior a cero. Por experiencia previa, estimo que habría unos -4º C, que no está mal y fue, de hecho, la cifra más baja de todas las noches de acampada. Me mostró los límites de mi aislamiento nocturno, con el que ya he pasado noches como ésta y más frías, pero que está, probablemente, empezando a perder capacidad. Cosas del uso y de la edad (del material, no la mía). Con todo, conseguí descansar bien, la mañana era espléndida y yo, un montañero contento.
Poco después de retomar el camino, y para mi sorpresa, mayúscula, veo un camión a no mucha distancia. Si no hubiera sido por el camión, probablemente no habría ni notado la pista de grava que iba por el otro lado del drenaje. Como suele ser el caso en Noruega, la pista es para acceso a infraestructuras hidráulicas. Será por agua. Aunque la pista y mi sendero bajan al mismo valle, enseguida divergen para alcanzar Morkedalen y la carretera 52 en puntos diferentes. Mi ruta baja a la altura del hotel Breistolen.
A poco más de 1000 m de altitud, hay algunos abedules de pequeño tamaño en las laderas y poco tráfico en la carretera. El hotel está en funcionamiento pero, aparentemente, en modo reserva previa y sin personal permanente y me lo encuentro cerrado. Otra oportunidad perdida de un almuerzo rico. No pasa nada.
Hay antena móvil en la zona y aprovecho para consultar el pronóstico del tiempo. Hay novedades. Tenía que pasar en algún momento: frío, viento y cubierto con probabilidad de lluvia la próxima noche. Por el momento, sigue mayormente despejado pero, según voy subiendo hacia la siguiente sección de montañas, se nubla y es como si se hubiera apagado la luz. Me pongo los guantes por primera vez. Van a ser una pieza imprescindible durante los próximos días.
Por encima de los 1500 m, la ruta se mete en la típica pedrera interminable donde el progreso es lento. Para primera hora de la tarde, llego al refugio Bjordalsbu.
Aunque aún no demasiado riguroso, el tiempo meteorológico es ya intimidante. Sólo he caminado 24 km, muy por debajo de la media diaria que necesito, pero he conseguido algo de superávit en las jornadas previas y, técnicamente, podría permitirme parar aquí sin caer en déficit. Seguir adelante significaría acampar necesariamente porque el siguiente refugio estaba demasiado lejos.
Hago una valoración rápida de cuánto tendría que avanzar para llegar a terreno de menor altitud y a sotavento y me salen unos 12 km. Es algo que podría hacer y la cuestión entonces es qué leches es lo que quiero.
Es más que probable que haya ocasiones durante el viaje en las que la mejor opción, quizá la única, sea la difícil. En ésta, me resulta sencillo ver que lo que quiero es quedarme en el refugio. Oigo las voces que me dicen que quizá más adelante me arrepienta pero tengo argumentos para contestarlas. Por lo que respecta al rendimiento a lo largo del viaje, puede ser muy fácil caer en querer marcar el tercer gol antes que el segundo. Además, a veces, un poco de gratificación inmediata puede ser clave para elevar la media de rendimiento. El partido es muy largo; concretamente, 15 días. Será la primera noche de refugio del viaje.
El refugio es típicamente DNT1, más pequeño que los de Jotunheimen. Cuando llego yo, hay ya algunos montañeros instalados e irán llegando bastantes más; entre ellos, el responsable local, que me contará historias interesantes sobre el lugar y el sistema de refugios noruego. Pasaré una tarde muy agradable.
Alguien mencionó que podría nevar durante la noche. Cuando me levanto, a las 5 y media, me encuentro una nueva escena:
Hacía frío pero el ambiente era más pacífico que en la tarde anterior. Cuando se abrió algún hueco entre las nubes, la luz fue espectacular.
La capa de nieve es muy fina y mi única preocupación es que pueda hacer la roca resbaladiza, algo muy delicado en las pedreras. Mientras desayuno, pienso en qué punto del dial entre gloria y miseria va a estar el día. Salgo a despejar la duda y dejo el refugio atrás.
Hace frío pero no mucho aire. El ambiente es silencioso y muy bonito. Por momentos, incluso luminoso.
Una corta subida me lleva hasta los 1700 m y, desde ahí, ya es cuesta abajo. Tras un par de horas desde el refugio, puedo ver el final de la nieve al fondo.
Por fin, dejo la nieve atrás y vuelvo a la rutina según desciendo hacia el siguiente hito en Iungsdals.
También la meteo vuelve a donde estaba, con un nublado sólo parcial y una constante brisa fría. A mediodía, paso por el refugio guardado Iungsdals. La hora da igual mientras les quede algo comestible con lo que hacerme, esta vez sí, un auto-regalo en forma de doble ronda de café y bollería y, no, no una ronda detrás de otra; las dos a la vez.
La siguiente subida es larga y tendida sobre un buen sendero en terreno herboso y puedo progresar a buen ritmo hasta volver a las tierras altas, donde ya es más pedregoso y lento. Camino momentáneamente hacia el oeste, lo que me pone el sol en la cara y las mejores luces, a la espalda.
Con la tarde avanzada y tras 30 km, paso junto al refugio Kongshelleren y me planteo una situación idéntica a la del día anterior, ¿parar o continuar? El tiempo se está volviendo a poner feo, con el ya habitual mix de viento y frío más un reagrupamiento de nubes oscuras. Hecho un vistazo al mapa para ver qué me esperaría por delante.
Me llevaría un par de horas bajar a zonas menos expuestas. Una vez más, decido perder kilometraje y mantener las reservas de energía emocional quedándome a pasar la noche en el refugio. Es el final del día 6 y llevo 191 km en total. Para cuando me acuesto, está muy nublado y me da la impresión de que quedarme ha sido una buena idea.
Me levanto a las 5 h con la intención de compensar, siquiera parcialmente, por lo que había dejado de caminar la tarde anterior. Una vez más, ha nevado durante la noche, en un calco del episodio previo hasta el punto de que quizá la única diferencia es 100 metros menos de altitud y algo menos de nieve en el suelo.
La ruta desde Kongshelleren es más sencilla que la de la mañana anterior, con un breve ascenso hasta la cota 1500 para luego descender progresivamente. La nube libra por poco el nivel del suelo, con lo que la visibilidad es buena. Me concentro en evitar resbalones.
El día es una repetición del previo. Para cuando salgo de la nieve, las nubes se abren y el ambiente se hace mucho más acogedor. Empiezo a encontrarme con tráfico senderista de subida, un flujo regular de montañeros proveniente del refugio Geiterygg, al que llego un rato después. La carretera de acceso y el tendido eléctrico hacen que el lugar parezca menos acogedor de lo habitual.
La meteo vuelve a ser agradable pero no va a durar, el pronóstico para el resto del día es de inestabilidad y lluvia a última hora. Esto me va a ayudar a tomar decisiones. Desde donde estoy, son 16 km a Finse, el principal hito intermedio del viaje. Finse está cerca del punto medio, supone un cambio radical de ambiente al dar paso a la meseta de Hardangervidda y es el sitio al que he enviado por correo una caja con provisiones. Todo esto lo hace el mejor candidato para un descanso parcial. Parar en Finse en el día 7 me dejaría ligeramente por debajo de la media diaria necesaria, que no es lo ideal, pero me reconozco que, emocionalmente, sería duro llegar allí y limitar mi estancia a recoger la caja, reempaquetar todo y seguir adelante.
Ahí es donde el pronóstico del tiempo puede ayudar. Dice que lluvia por la tarde seguido de varios días de tiempo estable. Con esta información y la cobertura telefónica en Geiterygg, hago una llamada a Finse para asegurarme de que hay sitio en el refugio. Serán 16 km.
Está guay tener un plan con un final cómodo, hace más fácil afrontar el siguiente tramo y que no importe mucho que se esté poniendo muy gris otra vez. El estado de la hierba junto a un arroyo deja claro que ha hecho frío por la noche y que durante el día la temperatura no ha subido mucho.
Es un buen sendero que cruza el grupo montañoso entre Geiterygg y Finse a través de terreno expuesto. Una vez en las zonas altas, hace viento y mucho frío pero por lo menos aún no llueve. Abundante tráfico senderista que viene desde Finse.
El ambiente se suaviza mucho una vez que desciendo y dejo atrás la zona cimera y es una bajada sencilla y agradable con vista frontal a los campos de hielo Hardanger.
Finse está a 1200 metros de altitud y tiene pinta de enclave desarrollado alrededor de la estación de tren de la línea principal entre Oslo y Bergen que, aquí, está muy cerca de la divisoria y el descenso hacia los fiordos. Hay también una pista de grava que no parece estar abierta al tráfico público motorizado. Entre los numerosos edificios alrededor de la estación, hay un hotel pero no mi destino, que está medio kilómetro más allá. Son sólo las 3 de la tarde cuando llego al refugio DNT.
Cuando envié la caja con provisiones en una oficina postal de Oslo, antes de salir para las montañas, la persona que me atendía hizo un comentario amable sobre conocer el lugar a donde hacía el envío e imaginarse lo que estaba enviando y me deseó buen viaje. Finse es un acceso popular a las montañas con la notoria ventaja de la línea de tren. Según entro en el refugio, voy directo al mostrador de recepción para preguntar por mi caja, de la que ahora dependo totalmente. El resto correrá de mi cuenta.
Había estado haciendo un esfuerzo consciente hasta ese momento por evitar pensar en la caja de provisiones y en la posibilidad de que aún no hubiera llegado. La había enviado hacía 7 días. Pasé unos minutos tensos hasta que la persona de recepción volvió de su búsqueda para anunciar que la caja aún no estaba allí pero casi seguro sería una de las dos que habían llegado el día anterior y tenían pendiente de recoger en la estación. Tenía que esperar un rato más así que me concentré en la siguiente cosa en la lista de urgencias y pedí algo para comer de la limitada oferta de media tarde.
Solucionado lo del apetito, volví al mostrador en busca de noticias. Cuando la persona que me atendía apareció por el fondo del pasillo con un bulto, no tardé en reconocer mi intenso uso de cinta de embalar:
Finse es un refugio muy grande pero es un viernes en medio de la temporada alta y está lleno. Fue buena idea llamar, aunque fuera sólo con unas horas de margen. Me adjudicaron un hueco y un colchón en el suelo de la habitación de emergencia.
Me consta que nadie se quedó fuera y, de hecho, hubo gente que no cupo en la zona de emergencia y les pusieron un colchón en el suelo del comedor.
Pasar el resto de la tarde en Finse fue muy importante en el marco global del viaje. Me pude dar una ducha, lavar la ropa, tomar una buena cena, un mejor desayuno y relajarme. Al final, sí que llovió a última hora de la tarde.
En una llamada de teléfono a casa, anuncié que iba ajustado pero bien de tiempo y me encontraba sereno y confiado. Pues eso.





































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