| Desde | Pie de Wetterhorn |
| Hasta | Lauterbrunnen |
| Distancia | 29 km |
| Puertos | Grosse Scheidegg, Kleine Scheidegg |
Tras la tormenta de la noche previa, la mañana es freca y limpia. Toma topicazo pero es que era así. El Wetterhorn sigue ahí.

Amanecer en el Wetterhorn
Queda poco para Grosse Scheidegg. El cielo tiene una pinta mucho menos aburrida que en días anteriores:

Vista atrás hacia el recorrido del día anterior
Alcanzar un puerto por primera vez es un hito, tanto físico como emocional. Un puerto es la vía hacia un lugar nuevo y, habitualmente, trae vistas panorámicas. Puede que Grosse Scheidegg no sea el más memorable de los pasos alpinos: no es muy alto, tiene carretera, aunque pequeñita, y un hotel de montaña en el mismo collado, además de unos cuantos chalets en la zona próxima, pero me ofrecerá la primera vista cercana y diáfana de ese icono alpino que es la cara norte del Eiger. Es una de esas imágenes de los libros de texto:

El Eiger, por fin

Un rato de camino y algo de zoom: el Eiger, más cerca
El descenso de Grosse Scheidegg discurre entre la necesidad física de mirar dónde piso y la emocional de contemplar la montaña. Se hace más fácil cuando el sendero pasa a ser pista. Ésta parece que me quiere llevar allí:

Camino a la montaña
Habrá sido por la distracción pero el caso es que pierdo la Via Alpina por primera vez en el viaje, y mira que está bien señalizada pero acabo bajando al valle por otra serie de senderos que, de todas formas, me llevan al mismo sitio mientras la pared oscura se acerca y las nubes van cambiando de forma.

Casitas con vistas
Grindelwald es el pueblo a los pies del Eiger. Si el resto de localidades en la Via Alpina eran turísticas, ésta puede con todas. Al menos, hay muchas botas, bastones y mochilas por las calles.

Grindelwald
Es en Grindelwald donde hago mi único reaprovisionamiento del viaje, aparte de los trozos de queso que me voy comprando en las granjas. En este caso, el paquete completo de visita a supermercado, comprar de todo y sesión de reempaquetado en un banco del parque. Un rato después, estoy listo para continuar.
A continuación, Kleine Scheidegg que, a pesar del nombre, es un pelín más alto que su vecino Grosse1. Tiene mucho sentido, topográficamente hablando, que estos dos sean familia, ambos tienen idéntica configuración, en la base de una arista principal del Wetterhorn, en un caso, y del Eiger, en el otro.
Comienzo a subir a primera hora de la tarde y el sol me aplasta. Camino escondido bajo la gorra, vista al suelo y concentrado en mis pasos pero dejo un resquicio para echar la vista atrás y apreciar el panorama de Grindelwald, Grosse Scheidegg y el lado nuevo del Wetterhorn.
Si las montañas son un icono suizo, los trenes cremallera son otro. Hay uno de estos en el Kleine Scheidegg, con una rama que sube desde Grindelwald y que la Via Alpina cruza varias veces. Es como un tren de cercanías pero en las montañas. Incluso las estaciones están en pendiente.
Parecía que la tormenta de la noche anterior había sido un hecho aislado en esta ventana infinita de tiempo estable por la que estoy pasando hasta que, a mitad de subida, empieza a apreciarse acumulación de nubes y desarrollo vertical. Sobre mí aún estaba soleado cuando, mirando atrás, veo esto:

Nubes de tormenta
El tramo final de subida es una versión no competitiva de una carrera por ver si llego al collado antes de que empiece a llover. Me mantiene entretenido en la sosa aproximación al Kleine Scheidegg.

Llegando a Kleine Scheidegg
Me caen algunas gotas pero, en esta ocasión, los dioses del tiempo se han tirado el rollo y han esperado hasta que esté arriba para empezar con la lluvia de verdad.
Curiosamente para un puerto de montaña, Kleine Scheidegg es un nudo ferroviario sobredimensionado, con una pequeña urbanización desarrollada alrededor de la estación de tren. Hay una vía cremallera a cada lado del collado y una tercera que parte hacia el macizo del Jungfrau y sube más allá de los 3000 metros. No quiero ni pensarlo.

Kleine Scheidegg estación
A pesar del destrozo que supone tener todo esto aquí arriba, el edificio de la estación y su soportal tienen cierto encanto y me resultan acogedores, especialmente según empieza a llover con cierta fuerza. Tras tantos días de cielo azul, me cuesta un rato mentalizarme para esto y me viene bien una introducción progresiva al tiempo lluvioso y hasta frío así que opto por entrar en el restaurante a por una ronda de café y tarta antes de continuar.

Local acogedor en la estación
Y tengo que salir. El calor riguroso de hace unas horas parece muy lejos, la temperatura ha bajado mucho y, junto con la lluvia, hacen que el ambiente me resulte desapacible. Por otra parte, la ruta no podía tener menos complicación, a lo largo de una pista que ni siquiera me requiere mirar dónde piso así que puedo concentrarme en intentar ver el macizo del Jungfrau a través de la niebla.

El Jungfrau tras la niebla
Al final, será sólo lluvia moderada, nada de aparato tormentoso. Amaina y se aclara un poco justo a tiempo de obtener una buena vista de las paredes de hielo y roca a mi izquierda:

El Jungfrau, con más luz
El valle hacia el que bajo empieza a llamar mi atención al tiempo que el sol hace una breve aparición que parece marcar el final del tiempo revuelto. Puedo ver Wengen, adelante, en una terraza por encima de la erosión glacial del valle principal:

Bajando al valle, un momento de luz
Me gustó esta señal a la entrada de una aldea; fue pasando todos los filtros hasta colarse en la selección final:

Cuando caminar es parte del ambiente
Según dirijo la vista valle arriba, hacia las montañas grandes, no está claro si el tiempo se calma o no. Aún quedan nubes muy negras.

Roca, hielo y nubes
Pasado el súper-turístico Wengen, la ruta llega al borde del escarpe glacial, con espectaculares vistas del fondo de valle, Lauterbrunnen y una cascada vertical:

Lauterbrunnen en su valle glacial perfecto
La Via Alpina salva el paredón vía una pista, amplia pero muy empinada, llena de zigzags. Llego a Lauterbrunnen con poco tiempo de luz restante y la acogedora idea de pasar la noche en el pueblo. Es entonces cuando comienza mi historia de fracaso y éxito del día según me quito la mochila y me doy cuenta de que he perdido el pantalón impermeable.
Lo había «tendido» para que se aireara, después de haberlo usado, y no lo aseguré lo suficiente. Resbaló y se cayó. Esto es una puñalada en mi orgullo de persona ordenada que me suele poner de muy mala leche pero, por lo que sea, esta vez no siento enfado, sólo lástima, eran unos pantalones súper guays, alta costura montañera, hechos en los Pirineos por Marco de astucas.com, a los que tenía mucho cariño. Se lo tengo a todas las cosas que llevo pero algunas son más especiales que otras.
Hago memoria rápida de la última vez que los vi con vida y mi primer pensamiento es que no tiene sentido ir a buscarlos. Es tarde, tengo que buscar alojamiento y, sobre todo, me hace una ilusión terrible haber llegado a final de jornada sin estar empapado de sudor, gracias al tiempo fresco y a que la última parte ha sido cuesta abajo. Esta idea derrotista me dura un momento. Al siguiente, sin llegar a ponerme triunfalista, pienso en otro caminante que llevaba detrás que podría haberse encontrado con mis pantalones perdidos y al que podría intentar interceptar. Inmediatamente, empiezo a desandar camino.
Para cuando llego a la base de la pared, he decidido involuntariamente que voy a seguir retrocediendo a fondo perdido aunque no me cruce con el caminante que busco. En ese momento, estaba muy cansado pero pensé que, en el futuro, no me iba a acordar del rato de relax que perdí y sí de los pantalones que recuperé… si es que los encontraba.
No me crucé con nadie pero, al rato de subir, identifiqué en la distancia un bulto blanco que no podía ser otra cosa:
Os será familiar esa sensación de alegría incondicional, como si nada más importa… puede parecer raro sentirse así por algo tan pequeño y materialista como unos pantalones de lluvia pero es un sentimiento agradable y tampoco me lo voy a discutir. De todas formas, es un instante. Después, tengo que pensar en volver a bajar y buscar cobijo.
Iba a llegar (había llegado) al pueblo a buena hora y en buen estado físico. Ahora, llego por segunda vez cuando es casi de noche y, de nuevo, súper sudado y cansado. En estas condiciones tiene, si cabe, más sentido que nunca quedarme en Lauterbrunnen esta noche. Me sentía especialmente sucio y apestoso y pensé que a mi moral le iba a sentar muy bien una ducha y una colada.
No tuve que buscar mucho: muy cerca de la misma esquina donde me di la vuelta un rato antes, veo el cartel del albergue. No sólo encuentro sitio sino también una señora encargada súper simpática y agradable que me lo hace todo muy fácil. Creo que sólo con ver la pinta que llevaba estaba claro qué me hacía falta con urgencia.
Que no es que necesitara grandes cosas pero encontrarme duchado y con la ropa limpia me hizo sentir muy bien. Tanto sudor acumulado me hacía sentirme incómodo, a pesar de que, en los viajes, mi listón suele ser bajo.
Vuelve a llover durante la primera parte de la noche; a ratos, con fuerza pero el pronóstico para mañana es mayormente seco.
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